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Sacar a Dios de un sombrero

Por Oscar Domínguez Giraldo

José y Valentina Foto archivo particular

El caballero de la foto, José Luis Márquez Jaramillo, a quien acompaña su amor, Valentina, está de mucho cumpleaños hoy. Japiberdi. Es sobrino de este servidor matinal de tintos. Vive en las USAs. No sé cuantos años tiene pero a los cuatro me regaló las primeras historias para una serie que he venido publicado en El Colombiano de Medellín, con el nombre de “Historias de locos bajitos”. Ya he publicado 28 entregas. Muchas de esas historias fueron recogidas por la editorial Luna-Libros en un libro con el título ¿Adónde van los días que pasan? (Cómprenlo antes de que me agote).Con mis felicitaciones para Jóse, como le dicen en casa, reproduzco la que es tal vez la primera columna sobre las mencionadas historias. Sus padres y abuelos me datiaron para estas primeras historias:

SACAR A DIOS DE UN SOMBRERO

Imagen Luna Libros

A unos les da por tirar piedra. Al suscrito que habla le gusta coleccionar avisos funerarios y poesía de pantalón cortico, entendida ésta como esas metáforas en pañales que van soltando los niños cuando le van cogiendo confianza a las vocales y a las consonantes.

Los padres recientes y futuros deberían imponerse la tarea de andar grabadora en mano para dejar en cinta esos poemas infantiles que son best seller inmediatos en el ámbito familiar.

José Luis Márquez Jaramillo, envigadeño puro, de 4 años, suele visitar a su veterana amiga Mery, vendedora de lámparas viejas. “Mery, sabe cuántos años tengo yo? Tengo 4 años (señala con los dedos). ¿Cómo pasa el tiempo, no?”.

Ama los pingüinos desde cuando los vio en la televisión.
– Mami, traigamos un pingüino a vivir con nosotros.
La ecológica y rubia mamita (Cata, la bella) le explica que no pueden hacerlo porque los pingüinos viven en los polos, entre la nieve. Tiene la solución:
– Mami, es que lo metemos en la nevera!

En otra ocasión, se encuentra en el campo. El loco bajito está mirando las estrellas. De pronto dice:
• Me cayó una estrellita aquí (se lleva la mano a un lado de la cabeza) y me pasó por la oreja. Pero la estrellita no me quemó. ( En realidad, era un cocuyo).
• Cualquier día, nuestro “loco bajito” de hoy se queda mirando fijamente el Cristo que está sobre la mesa del altar y pregunta:
– Abuelita: ¿ese es Papá Dios?
En un segundo, a la radiante abuela se le derrumba toda su infraestructura teológica. Finalmente, se le ilumina el bombillo y replica:
– Bueno, esa es la representación de Papá Dios.
El párvulo parece no comer cuento y revira:
– Ahhh… Ese es un muerto ahí.
La interpretación de la exegética abuela es la de que el pequeñín solo acepta a Dios vivo, jamás crucificado.

En otra ocasión, José Luis realiza un viaje a pie con un filósofo aficionado, su peripatético abuelo, por predios del “eucalipto amigo”, vereda San Rafael, La Ceja adentro. Desde allí, se dedican a atisbar el cañón del Río Buey y el municipio de Montebello. (El “eucalipto amigo” está herido de muerte: la gente se ha dedicado a hacer sancochos entre el tronco del árbol. Hay rogativas a la familia dueña del predio, para que haga respetar los derechos humanos del amigo eucalipto que se tomó el trabajo de venir desde Australia para vivir entre nosotros).
En estas y las otras, José Luis escucha que su abuelo le habla bellezas del viento: “Mira cómo se mueve…!”.
Quién dijo miedo. El hombre que desertó de los pañales replica:
“El viento no se ve. El viento se siente, pero no se ve. El viento es como Papá Dios. Papá Dios se siente pero no se ve. Es como los fantasmas que se sienten pero no se ven”.
– ¿Quién te enseñó eso?, pregunta el perplejo abuelo, convertido en alumno de su nieto.
– Me lo enseñó mi papá . Pero Papá Dios se deja ver con magia.
– ¿Qué es magia para ti, José Luis?
– Magia es sacar un conejo de un sombrero. Abuelito: tú puedes sacar a Dios de un sombrero

 

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