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Rubén Darío Salcedo, El cantor de “Fiesta en Corraleja”, un porro universal

Por Jorge Martínez Paternina, (Especial para revistacorrientes.com)

Rubén Darío Salcedo "Fiesta en Corraleja" Foto lachachara.org

 

En una polvorienta calle Sincelejana, por donde llegaban los toros, arreados en manadas al sitio donde se construían rústicamente los toriles de la corraleja, en la legendaria plaza de majagual, allí en un fresco caserón antiguo de bahareque y palma, donde en sus tiempos mozos fue sitio de negocios y festines de la princesa del fandango POLA BECTE, hoy transformado por el cemento, han transcurrido los 55 años de vida de este epopéyico juglar de las sabanas, conocido para algunos como Rubén Darío, para otros como Rubencho o simplemente Rubén, para los comunes amigos de cofradía y parrandas, conservando también como es dado en este gremio, su clásico remoquete.

Este hombre sentimental por excelencia, dueño de un exquisito humor y cultor de un rancio romanticismo, manifiesto en la mayoría de sus líricos poemas musicalizados, tiene en el haber de su hoja de vida, como reconocido músico y compositor, un haren aproximado de 450 canciones, esparcidas a lo largo y ancho del universo, magistralmente interpretadas por los mas connotados exponentes de la música Colombiana, registrándose como un record mundial las 100 versiones de su inmortal creación, convertida en himno folclórico: ‘Fiesta en Corraleja,” porro alegórico a las corralejas Sincelejanas inmortalizadas con la musa de Rubén Darío Salcedo, que en esta tonada alegre personificó y dignificó la figura juglaresca de su padre, el decimero Esteban Salcedo y su caballo piquetero, cabalgando el día de don Chano Romero en la cuadrilonga Plaza de Majagual, anunciando la llegada del 20 de Enero, la fiesta grande de la costa la más alegre de Colombia.

De su inspiración son otros porros, como el de Las Fritangueras, Se Prendió La Fiesta, Vamos Pa La Corraleja, Abarca Y Corraleja, 20 de Enero, El Porro Amigo, Manizaleña y El Rey Porro. Destacándose más su repertorio de creaciones por la tendencia hacia los temas románticos, atribuyéndosele ser pionero del pasebol, mezcla rítmica.

Del paseo con el bolero, aire musical que definió el estilo propio y único de este insigne compositor, que le permitió al monstruo del acordeón, Alfredo Gutiérrez, alcanzar su posicionamiento musical y bañarse de fama con las canciones de Rubén Darío, como Corazón de Acero, Ojos Verdes, Adolescente Doncella, Capullito de Rosa, Paraíso, Princesita, Ay Elena, Ojos Indios, Cabellos Largos, y tantos éxitos más, que reseña acertadamente Fausto ‘Pérez en su obra, Alfredo Gutiérrez, “La Leyenda Viva”, editada recientemente por la Universidad de) Atlántico.

De este espécimen, bajetón, sencillo, de mirada triste, que no siempre pare la tierra, se pueden narrar tantas cosas trascendentales para el folclor colombiano, como el haber descubierto una de las mejores voces y artista del caribe, el inigualable Joe Arroyo, quien en el inicio de su exitosa carrera, integró la nómina de cantantes de uno de los grupos musicales que conformó Rubén Darío Salcedo en los años 70, como fue el Supercombo Los Diamantes, grupo de música tropical que irrumpió con fuerza en toda la región costeña. Memorable fue también su papel al lado de Alfredo Gutiérrez, participando en Los corraleros de Majagual, después en el grupo de Alfredo y sus estrellas, luego conformo con su hermano menor Emiro Salcedo, buen acordeonista también, el grupo DINASTIA, y finalmente en la creación del grupo musical Los Caporales del Magdalena, que aún mantiene vivo este paladín de la música sabanera, quien durante el curso de su vida artística, ha sido pilar fundamental para las organizaciones de los festivales y encuentros folclóricos de la región sabanera, considerándose un fiel ¡intérprete y defensor a ultranza del Sabanerismo musical, ejemplarizado en los ritmos del porro, el paseo, la cumbia y el merengue, donde se enmarcan la mayoría de sus composiciones.

El Rey del “Pasebol”, como rotula el cronista Alfonso Hamburguer a este retoño de Esteban Salcedo y Juana Ruiz, octavo hijo entre 10 hermanos, nació un 9 de mayo de 1945, entre hamacas y pitos traveseros en la hidalga población de Morroa, tempranamente, y no sabemos por qué razones, lo aposentaron en esa esquina alegre y bulliciosa de la plaza majagualera de Sincelejo. Este ídolo popular, viviente ejemplar de la leyenda sabanera supervive en su humilde hogar, con los pocos ingresos de las regalías disqueras, rodeado de su mujer y sus 6 hijos, formados profesionalmente algunos, siendo 3 de ellos fieles herederos de la vena musical, de este valuarte de la creación. Hoy, de la fuente inagotable de inspiración de este talentoso ser, siguen brotando melodías que enaltecen ese don de divinidad que el supremo Dios le prodigó, para que alegrara el mundo haciendo que sus páginas musicales de todas las épocas, como La Colegiala, tema este que popularizara el extinto rey vallenato oriundo de Chochó Julio de la Ossa; La Cuñada, Apartamento 3, Cabaretera, El Puentecito, Los Cañaverales, Manizalita y muchas más, llegaran a los confines de este mundo, sembrando con sus mensajes, las formas de amar, enamorándose plenamente y valorando de la mujer sus atributos físicos y espirituales que las hacen ser merecedores de la ternura y la pasión, todo esto reflejado en la temática de la mayoría de las canciones de este compositor sincelejano de todos los tiempos.

Foto l.ytimg.com

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A pesar de todo lo que se ha dicho en este relato, sobre la vida y obra de Rubén Darío Salcedo, personaje de grandes merecimientos, su fama de músico y compositor de muchos quilates, no ha sido benévola con su estatus socioeconómico, las liquidaciones que por regalías de derechos de autor de los 15 trabajos discográficos realizados por el, con sus propias agrupaciones, además de la cantidad de canciones grabadas por Alfredo Gutiérrez y otras agrupaciones colombianas y las tantas versiones de fiesta en corraleja, no corresponden con la grandeza y creatividad de este gigante de la música folclórica, de nuestro caribe, pedazo de tierra y mar, que ha visto padecer y morir indignamente a tantas figuras del arte y la cultura, como su tío Cresencio Salcedo, siendo desconocidos por el Estado, devorados y explotados por las casas disqueras y poco correspondidos por las entidades encargadas de velar por sus derechos autorales, solo alimentado algunas veces, espiritualmente, con el aplauso y la voz lisonjera del “que bien lo hace ¡muy bien! ”‘te felicito”. Y de lo fundamental. Naranja!.

Rubén, en medio de la pobreza y humildad, se siente muy feliz y satisfecho de todo lo que ha producido para enriquecer el patrimonio musical del universo. Se muestra complacido con los amigos que sinceramente valoran su obra creadora y que lo estimulan en las parrandas y festivales a seguir ejercitando su musa providencial, para divertir públicos; con su guitarra o el acordeón y su melodiosa voz, que no la ha apagado ni los huracanes de San Bartolo.

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