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Rescatarán trabajos de Gabriel García Márquez

Por Lisbeth Mejía, Publicado por MEMORABILIA GGM en Cali - Colombia

Con el Proyecto Centro Gabo, la FNPI busca poner a disposición las entrevistas del escritor y usar el periodismo en otros sectores de la sociedad

Jaime Abello, director general y cofundador de la Fundación Gabriel García Márquez para el Nuevo Periodismo Iberoamericano (FNPI), señaló que como parte del Proyecto Centro Gabo, el organismo pretende recuperar todas las entrevistas realizadas por el autor de Cien años de soledad y compartirlas a través de un sitio web.

El periodista, quien se encuentra en la ciudad de Oaxaca debido a la 36 Feria Internacional del Libro, dice que como fundación tienen una ventaja, que aunque parezca muy extraña, es algo que ha ocupado sus pensamientos en los últimos días: la inspiración de Gabriel García Márquez.

“Reescuchándolo, releyéndolo, se da uno cuenta que en ese espíritu hay una serie de ideas y de actuar que valen la pena mantener, y dentro de eso, la imposición a aceptar la realidad como bien, y a cambiar. Gabo decía: lo mejor es lo que pasa”, expresó Abello.

Asimismo, dijo que parte del trabajo de la fundación se ha enfocado en talleres con los que busca apostarle a otros sectores de la sociedad, mediante el periodismo, para servir en un momento en el que todos están contando historias y para estimular el pensamiento.

Vale la pena el periodismo de autor

En otros temas, Jaime Abello señaló que los medios están buscando cómo adaptarse a un entorno en el que impera la tecnología y las redes sociales, pero agregó, “estamos viendo que hay una diversificación de las prácticas periodísticas, de las cuales el libro es una de las centrales, pero también al lado de eso un periodismo muy identificado con los autores.

El nombre y la marca personal de los periodistas, cada vez importa más y cada vez hace que, justamente por el ecosistema digital, muchos de los periodistas tengan la posibilidad de compartir sus trabajos y dialogar con sus públicos sin necesariamente, estar en el contexto tradicional de pertenencia a una redacción o un medio”, indicó.

Como parte de la Feria Internacional del Libro de Oaxaca, la FNPI ha estado en tres ediciones. En este año, la fundación realiza un taller de Libros Periodísticos.

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Mercedes Barcha:
no fueron 100 años de soledad
Desde que paseaban el manuscrito ‘Cien años de soledad’ en busca de editor, Mercedes Barcha fue la compañera incondicional de Gabriel García Márquez.

por Mujerhoy .

Mercedes Barcha junto al escritor García Márquez. d. r.

“Sin Mercedes Barcha, Gabriel García Márquez no habría llegado a donde llegó”, aseguran sus más cercanos. Desde que vivían con estrecheces y paseaban el manuscrito de ‘Cien años de soledad’ en busca de editor, la Gaba –como la llaman cariñosamente sus amigos– fue la compañera incondicional del gran novelista. “Mercedes nunca se deslumbró por nada. Incluso después de que Gabito recibiera el Nobel, llegabas a su casa de México y te la encontrabas cosiéndole dobladillos, doblando calcetines. Sin ínfulas”, recuerda Margarita Munive, casada con el hermano menor del escritor, Jaime, y la cuñada que ha mantenido una relación más estrecha con ambos.

“Ella era el polo a tierra que permitía a Gabito volar con su imaginación, la que se ocupaba de la realidad que él no manejaba” decía en una entrevista otro de sus amigos, el escritor Plinio Apuleyo Mendoza. Yo misma he conocido al matrimonio en casa de sus cuñados o en encuentros en Cartagena de Indias, y desde el principio me sorprendió su seriedad un tanto majestuosa, que podía convertirse en risa cómplice a la menor ocasión. Pero sobre todo, sus gustos sencillos, su disfrute de la comida de la costa colombiana, sus batas mexicanas floreadas con las que se ha paseado por los salones VIP, donde otras afectan stilettos.
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¿Quién es?

Mercedes Barcha Pardo nació en 1932 en Malangué (Colombia).
Era la primogénita de los seis hijos de un descendiente de inmigrantes de Oriente Medio.
Conoció a los hermanos García Márquez en la farmacia de su familia.
El 21 de marzo de 1958 se casó con Gabriel en Barranquilla.
En 1959 tuvieron a su primer hijo, Rodrigo, que es cineasta.
En 1961 se instalaron en Nueva York y
tres años después en México, donde nació su segundo hijo.
Este año ha llevado las cenizas del escritor a Cartagena de Indias,
para que reposen en el Claustro de la Merced.

“No es a ella a la que le ha tocado la lotería por casarse con Gabo, si no a él por casarse con Mercedes”, aseguran que dijo Fidel Castro cuando la conoció en Cuba, donde los esposos vivieron un tiempo. Mercedes Barcha, nacida hace 84 años en Magangué, conoció a García Márquez en 1940, cuando los dos eran niños. Desde muy pronto, Gabo supo que quería hacer de ella su esposa, y así se lo dijo poco antes de dejar el pueblo para irse a estudiar, cuando él tenía 15 años y ella apenas nueve.

A su regreso, se empeñó en conquistarla hasta que en 1958 contrajeron matrimonio en Barranquilla. El amor de su vida, la madre de sus dos hijos, es la mujer en la que se inspira para crear el personaje de Mercedes,la boticaria de Cien años de soledad, a la que describe como una “mujer silenciosa, de cuello esbelto y ojos adormecidos”. Estuvo 56 años al lado del escritor, hasta su muerte el 17 de abril de 2014. Nunca una musa fue tan real.

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Cultura Caracol
Bogotá – Colombia
17 de noviembre de 2016

Gabo, la Magia de lo Real
nominado a los
Emmy Internacional
El documental, dirigido por Justin Webster y coproducido por Caracol Televisión y Discovery Channel Latinoamérica, fue postulado en la categoría ‘Arts Programming’.
‘Gabo, la Magia de lo Real’, nominado a los Emmy Internacional

Luego del éxito rotundo de ‘Gabo, la Magia de lo Real’, Caracol Televisión ha recibido una nominación a los Premios Emmy Internacional por segundo año consecutivo en la edición 2016 de estos galardones.

El documental, dirigido por Justin Webster y coproducido por Caracol Televisión y Discovery Channel Latinoamérica, fue postulado en la categoría ‘Arts Programming’. Se trata de la misma categoría a la que fue nominado el documental ‘Buenaventura no me dejes más’ en 2015.

El documental cuenta la historia de Gabriel García Márquez: sus textos, su vida personal y la influencia que tuvo en la política internacional: todo contado desde la narración del escritor bogotano Juan Gabriel Vásquez.

‘Gabo, la Magia de lo Real’, homenaje póstumo el nobel colombiano, también estuvo nominado a los Premios Goya en seis categorías: ‘Mejor Película’, ‘Mejor Dirección’, ‘Mejor Música Original’, ‘Mejor Dirección de Fotografía, ‘Mejor Montaje’ y ‘Mejor Película Documental’.

La versión de los Premios Emmy Internacional 2016 se llevará a cabo el próximo 21 de noviembre en el Hotel Hilton de Nueva York.

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EL ESPECTADOR
Bogotá – Colombia
13 de noviembre de 2016

Columna del lector

Gabo, detrás del Nobel
de Bob Dylan

No sé hasta dónde pudo incidir en la determinación de esos “doce buenos señores de la Academia Sueca”, como los llama Manuel Drezner, la relectura del artículo que Gabriel García Márquez escribió el 11 de noviembre de 1981 sobre Georges Brassens.

El maestro Isaías Peña, en su doble condición de experto profesor de literatura y escritor, aduce que Dylan ya había ganado el Cervantes y otros premios literarios teniendo en cuenta su profesión musical, pero, sobre todo, su condición de compositor y creador de letras superiores a las de poetas famosos. Y agrega: “…haber pertenecido a los movimientos sociales de los años sesentas –nunca estuvo de acuerdo con la invasión a Vietnam, por ejemplo–, le dio a sus letras una fuerza especial, que él enriqueció con sus personales virtudes musicales y, por tanto, doblemente poéticas.

En una de las tantas discusiones literarias, alguien preguntó cuál era el mejor poeta de Francia y Gabo dijo que era Georges Brassens. Algunos de los presentes nunca habían escuchado ese nombre. “Sólo mis compañeros de generación, los que gozaron y padecieron a París en los años ingratos de la guerra de Argelia, sabían no sólo que yo hablaba en serio, sino que además tenía razón”.

Georges Brassens, hijo de un albañil, cantautor maltratado en la escuela, germinó en su corazón la semilla de la anarquía. Ese odio a la autoridad y a las normas establecidas sustentó sus canciones, sus frases y sus versos más hermosos. “Morir por las ideas, de acuerdo; pero de muerte lenta”. “El tiempo es un bárbaro de la misma calaña de Atila, y por donde su caballo pasa no vuelve a crecer jamás el amor”.

Escuchar a Brassens, es recordar la música protesta que inspiró movilizaciones, liberaciones y fuego sagrado a la que tanto debemos las generaciones posteriores a los hippies, al rock and roll, a la rebeldía y a la ciencia esa que nos libera y que al alcalde de Cartagena no le sirve. Reconocer a Dylan como premio nobel de literatura es extenderles a Brassens, a Piero, a Pablus, a León Gieco, a Silvio, a Alberto Cortés, a Chabuca, a Mercedes, a Jara y a todos esos poetas enormes que desde siempre entendieron que los versos con música elevan la poesía a la doble condición de último escalón hacia la eternidad y al lobby del placer celestial.

“Siento como si estuviera golpeando en las puertas del cielo”.

Esta es la columna a que hace referencia la nota anterior

Georges Brassens·

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“Gabo” Foto archivo unimedios.unal.edu.co

Por Gabriel García Márquez

Hace algunos años, en el curso de una discusión literaria, alguien preguntó cuál era el mejor poeta actual de Francia, y yo contesté sin vacilación: Georges Brassens. No todos los que estaban allí habían oído antes ese nombre –unos por demasiado viejos y otros por demasiado jóvenes–, y algunos que menos preciaban porque era autor de discos y no de libros dieron por hecho que yo lo decía por desconcertar. Sólo mis compañeros de generación, los que gozaron y padecieron a París en los años ingratos de la guerra de Argelia, sabían no sólo que yo hablaba en serio, sino que además tenía razón.

Para ellos, más que para el resto del mundo, Georges Brassens ha muerto la semana pasada a los sesenta años, frente al voluble mar de Sète que tanto amaba, y donde tenía su casa llena de flores y de gatos que se paseaban sin romperse entre la vida real y sus canciones. Sólo que no murió en ella; su discreción legendaria era tan cierta, que se fue a morir en la casa de un amigo para que nadie lo supiera. Y la mala noticia no se conoció hasta 72 horas después por una llamada anónima, cuando ya un reducido grupo de parientes y amigos íntimos lo habían enterrado en el cementerio local. No podía ser de otro modo: para un hombre como él, la muerte era el acto personal más secreto de la vida privada.

Así fue siempre. Había nacido en 1921, en la casa de pobres de un albañil que deseaba para su hijo el mismo oficio. Como todos los niños con vocación vital, el pequeño Georges detestaba la escuela por lo que ésta tenía de cuartel. Una maestra desesperada acabó de rematarlo: lo encerró con llave en un ropero durante varias horas, y cuando por fin lo liberaron habían germinado en su corazón, para siempre, las semillas de la anarquía. Su odio a la autoridad y a toda norma establecida fueron el sustento de sus canciones más hermosas. Para él no había más luz en aquellas tinieblas que la independencia personal y el amor. Una vez cantó: “Morir por las ideas, de acuerdo; pero de muerte lenta”. El Partido Comunista francés puso el grito en el cielo en nombre de tantos compatriotas muertos de muerte rápida durante la resistencia.

En realidad, Georges Brassens carecía por completo de instinto gregario. Llevaba una vida tan reservada, que todo lo que tenía que ver con él andaba confundido con la leyenda, y uno se preguntaba a veces si de veras existía. Aun en su época de mayor esplendor, hacia la mitad de los años cincuenta, era un hombre invisible. Nadie sabe cómo lo convenció René Clair de que actuara en una película, y él lo hizo muy mal, abrumado por la vergüenza de ser el centro de la atención; pero en cambio cantó una ristra de canciones originales que se quedaban resonando en el corazón. El tiempo –decía en una de ellas– era un bárbaro de la misma calaña de Atila, y por donde su caballo pasaba no volvía a crecer jamás el amor.

Fuerza lírica

Lo vi en persona una sola vez cuando su primera presentación en el Olympia, y ese es uno de mis recuerdos irremediables. Apareció por entre las bambalinas como si no fuera la estrella de la noche, sino un tramoyista extraviado, con sus enormes bigotes de turco, su pelo alborotado y unos zapatos deplorables, como los que usaba su padre para pegar ladrillos. Era un oso tierno, con los ojos más tristes que he visto nunca y un instinto poético que no se detenía ante nada. “Lo único que no me gustan son sus malas palabras”, decía su madre. En realidad, era capaz de decir todo y mucho más de lo que era permisible, pero lo decía con una fuerza lírica que arrastraba cualquier cosa hasta la otra orilla del bien y del mal. Aquella noche inolvidable en el Olympia cantó como nunca, agonizando por su miedo congénito al espectáculo público, y era imposible saber si llorábamos por la belleza de sus canciones o por la compasión que nos suscitaba la soledad de aquel hombre hecho para otros mundos y otro tiempo. Era como estar oyendo a François Villon en persona, o a un Rabelais desamparado y feroz. Nunca más tuve oportunidad de verlo, y aun amigos más cercanos lo perdían de vista. Poco antes de morir, alguien le preguntó qué estaba haciendo durante las jornadas de mayo de 1968, y él contestó: “Tenía cólico nefrítico”.

La respuesta se interpretó como una irreverencia más de las tantas que soltó en la vida. Pero ahora se sabe que era cierto. Sin que casi nadie lo supiera, había empezado a morirse en silencio desde hace más de veinte años. En 1955, cuando era imposible vivir sin las canciones de Brassens, París era distinto. Los parques públicos se llenaban por las tardes de ancianos solitarios, los más viejos del mundo; pero las parejas de enamorados eran dueñas de la ciudad. Se besaban en todas partes con besos interminables, en los cafés y en los trenes subterráneos, en el cine y en plena calle, y hasta paraban el tránsito para seguirse besando, como si tuvieran conciencia de que la vida no les iba a alcanzar para tanto amor. El existencialismo había quedado atrás; sepultado en las cuevas para turistas de Saint-Germain-des-Prés,y lo único que quedaba de él era lo mejor que tenía: las ansias irreprimibles de vivir.

Una noche, a la salida de un cine, una patrulla de policías me atropelló en la calle, me escupieron la cara y me metieron a golpes dentro de una camioneta blindada. Estaba llena de argelinos taciturnos, recogidos a golpes y también escupidos en los cafetines del barrio. También ellos, como los agentes que nos habían arrestado, creyeron que yo era argelino. De modo que pasamos la noche juntos, embutidos como sardinas en una jaula de la comisaría más cercana, mientras los policías, en mangas de camisa, hablaban de sus hijos y comían barras de pan ensopadas en vino. Los argelinos y yo, para amargarles la fiesta, estuvimos toda la noche en vela, cantando las canciones de Brassens contra los desmanes y la imbecilidad de la fuerza pública.

Ya para entonces, Georges Brassens había hecho su testamento cantado, que es uno de sus poemas más hermosos. Lo aprendí de memoria sin saber lo que significaban las palabras, y a medida que pasaba el tiempo y aprendía el francés iba descifrando poco a poco su sentido y su belleza, con el mismo asombro con que hubiera ido descubriendo, una tras otra, las estrellas del universo. Ahora, transcurridos veinticinco años, ya nadie se besa en las calles de París, y uno se pregunta asustado qué fue de tantos que se amaban tanto y que ahora no se ven en el mundo. Georges Brassens ha muerto, y alguien tendrá que poner en la puerta de su casa, como él lo pedía en su testamento, un letrero simple: “Cerrado por causa de entierro”.

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