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Relaciones tóxicas

Por Carlos Alberto Ospina M.

Imagen minteractiv.ro

 

Cada persona tiene la opción de controlar su vida o abdicar a favor del absurdo apego. Algunos no corren el riesgo de finiquitar una relación dañina y prefieren seguir en la zona de confort para que nada perturbe la implícita desidia. Esa permanencia en un ambiente nocivo carece de matices de felicidad y de proyección, puesto que lleva tras de sí a los hijos cerca de la hoguera de los maltratos sicológicos, emocionales y físicos que, a la fecha, en sólo Medellín acabaron con la vida de 32 niños y en lo que va corrido de 2017, Antioquia, presenta el triste panorama de 9.056 episodios de violencia contra los infantes, según la directora regional de ICBF.

Tristeza infantil
Foto blogspot.com

Rehacer la vida afectiva, en algunos casos, es una legítima aspiración personal por fuera de la frivolidad. Mientras tanto, en otras lides, se convierte en el peligroso juego de probabilidades de, acierto o equivocación, apoyado en la necesidad material y el romanticismo de ciegos. La crisis y la rutina afecta cualquier tipo de unión. Nadie puede asegurar que la felicidad supera la perturbación y el eventual desencuentro. Plantearlo así suena infantil, antinatural, deshumanizantes e hipócrita. A pesar de los diferentes niveles de conflicto existen reglas mínimas en cuanto al manejo del diálogo, el respeto y la superación individual. Quedarse en el círculo vicioso de la recriminación, el resentimiento y el señalamiento de culpables, no favorece la evolución de la pareja.

La importancia de la salud emocional va de la mano de las relaciones estables. En el extremo opuesto, cuando uno de los dos, ella o él, llega cargado de miedos, dependencia, sumisión, falta de confianza y autoestima deteriorada, etc., es allí donde comenzamos a percibir un individuo tóxico o malsano. También, lo dañino, se encuentro en los comportamientos de la persona controladora, chantajista, manipuladora e incapaz de aceptar la imperfección. El gesto desgarrador de “priorizar las necesidades del otro” por encima de las propias, corresponde más al vulgar melodrama cotidiano, que a un verdadero acto de responsabilidad particular. Nunca, el crecimiento, la confianza y la identidad puede estar subordinada ni proyectada en la otra persona.

Es normal observar mujeres separadas y felices, madres solteras con compañeros estables y jóvenes jugando a la ruleta rusa de un embarazo no deseado. Nadie tiene que pedir permiso para hacer lo que le venga en gana. El problema radica en que aquella óptica del libre albedrío cambia a partir de la llegada de los hijos. Ellos son sujetos de derechos y de protección hasta la mayoría de edad. Por esto, el mínimo criterio de un padre es cuidarse de la gente tóxica. A esta altura del partido, sin distinción de estrato socioeconómico ni edad o nivel de formación, debemos ser más analíticos a la hora de ingresar otra persona a nuestra vida. Por supuesto, que no hay que perder el encanto, la fascinación, el embrujo, la espontaneidad y todos aquellos adornos iniciales, pero también es imprescindible ser prácticos. El palo no está para cucharas, ni con propios, ni extraños.

En distintas oportunidades los signos de alerta pasan por alto e inadvertidos a los ojos de la gente. Ciertos gestos y las actitudes del potencial agresor se echan de ver cuando es demasiado tarde. ¡Hubo un “antes” del final! En la intimidad las prácticas sexuales no consensuadas, el aislamiento familiar, el malestar constante, la intimidación, el estrés, la violencia, la amenaza, la extorsión emocional y la dominación. A esto se agrega, la patente de corso para que la pareja asuma funciones de madre o padre biológico, sin restricciones precisas ni protocolos mínimos de respeto a la integridad del niño. Los patrones de violencia no se desencadenan de la noche a la mañana, son pan de cada día: el morbo, las actitudes inapropiadas, las formas de represión física o verbal, los episodios de cólera, el encantador de serpientes, la luz de la calle y la oscuridad de la casa; entre otras maneras de actuar, siempre están a cara descubierta y muchas veces, protegidos, en detrimento de los chiquillos muertos, abusados y maltratados.

Pretender suplir las diferentes carencias económicas, la vulnerabilidad afectiva y sicológica a riesgo de exponer la integridad de los hijos, es un acto cobarde y miserable que también amerita drásticas sanciones. Quien por amor parió un niño no permite que nadie, absolutamente nadie, lo golpee o abuse de él hasta causarle la muerte. La sola mención produce repugnancia y ganas de vomitar. El apego, la debilidad de carácter y la dependencia no son excusa para obnubilar la razón. Primero nuestros niños, después la gente no tóxica.

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Enfoque crítico – pie de página. En el informe mundial de “Infancias robadas” elaborado por Save the Children es contundente:

“Sufrir, presenciar o temer la violencia no debería formar parte del crecimiento. Solo en 2015 más de 75.000 niños y niñas menores de 20 años fueron asesinados; el 59 por ciento eran adolescentes de entre 15 y 19.

 

Cualquiera puede utilizar la violencia física contra un niño o niña, aunque suelen citar como perpetradoras a personas adultas en posiciones de confianza y autoridad, como quienes se ocupan de su cuidado o educación. El uso de la fuerza física contra niños y niñas también es común entre pares. La violencia crónica en la comunidad -la exposición frecuente y continua al uso de armas, drogas y violencia aleatoria- es más común donde la protección de los gobiernos a la infancia es más débil.”

 

 

 

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