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Refrendación, el cabo suelto de la paz

Por Hernando Gómez Buendía* (razonpublica.com)

Jóvenes de Cartagena muestran su apoyo a la paz del país al Presidente Juan Manuel Santos, quien sancionó la muy importante Ley Bicentenario del sitio de la ciudad.

Todo indica que hubo un acuerdo secreto entre las FARC, el gobierno y la Corte Constitucional. De otra manera corremos el peligro de que fracase el proceso de La Habana y se eternice esta guerra criminal.

La verdadera noticia
El párrafo que sigue puede ser el más importante –y ciertamente es el más desconcertante- de los que ha difundido la mesa de La Habana:

“III. Acuerdo sobre refrendación. El gobierno de Colombia y las FARC-EP…hemos convenido acoger como fórmula de convergencia la decisión que profiera la Corte Constitucional sobre los alcances del Proyecto de Ley Estatutaria (sobre el plebiscito), en el espíritu hasta ahora anunciado y en esa medida aceptamos el mecanismo de participación popular que la Corte indique y en los términos que ese alto tribunal señale.”

El párrafo es sorprendente porque de un solo golpe pone en entredicho los acuerdos de La Habana:

¿Qué pasaría si la Corte no acepta la rebaja del umbral que propone aquella Ley Estatutaria y en su lugar reitera que “el plebiscito requiere la mayoría del censo electoral” -como en efecto dispone la ley vigente (134 de 1994, articulo 79)- o por lo menos “la cuarta parte del censo electoral” que el artículo 198 de la Constitución exige para una consulta popular que implique reformas de la Carta?
¿Qué pasaría si el pueblo soberano vota mayoritariamente por el “no”?
Ora por falta de votos (como ha ocurrido hasta ahora con las consultas populares en Colombia), ora porque triunfe el “no”, las consecuencias serían, de verdad, dramáticas:

La única manera de tener esta certeza es saber que no habrá consulta popular.
Se perderían los 44 meses trascurridos desde que se instaló la mesa de negociación, con sus 37 rondas, sus 76 comunicados conjuntos y, sobre todo, sus más de 20 acuerdos temáticos y operacionales.
Con lo cual volveríamos (y no lo digo yo, lo viene reiterado en estos días el presidente Santos) “a las grandes masacres y actos terroristas del pasado”, con la adición de una “carnicería urbana” y de una cascada de impuestos para pagar el gasto militar.
El párrafo que cito se dio a conocer el mismo día del acuerdo sobre cese bilateral y definitivo al fuego y las hostilidades, y es comprensible que el “final de la guerra” hubiese capturado los titulares y las emociones en Colombia y en el mundo entero. Pero esta sin duda “histórica” noticia fue más que todo simbólica porque ya la esperábamos, porque la violencia del conflicto se había reducido casi a cero, y porque en realidad se trata de un acuerdo técnico sobre concentración de tropas y entrega de sus armas.

Pero según los dos parámetros del periodismo –la novedad y la importancia del suceso- la verdadera noticia no habría sido el cese al fuego sino el acuerdo sorpresivo sobre la refrendación de todo lo pactado.

La verdad de la noticia

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Magistrados de la corte Constitucional.
Foto: Corte Constitucional de Colombia

La sorpresa consiste en que las FARC habrían decidido correr el riesgo de que el pueblo diga no, es decir que a estas alturas apostarían todo a una carta sin la necesidad de hacerlo.

En efecto y en vez de preguntarle al pueblo “si” o “no”, el gobierno y las FARC habrían podido optar por fórmulas que iban desde la constituyente (que fue la eterna petición de la guerrilla) hasta no someter el Acuerdo al voto popular (la opción que defendía el fiscal Montealegre), pasando por el “acuerdo nacional” (por ejemplo en versión Carlos Holmes) o por alguna de las jugadas a tres bandas que eran (y son) posibles bajo el barroco mecanismo del “blindaje” de la paz.

La explicación más sencilla de aquella decisión de las FARC sería por supuesto que sus comandantes estén convencidos de que va a ganar el “si”:

Por una parte porque se “filtró” la ponencia del magistrado Vargas favorable al umbral reducido del 13 por ciento (y a esto aludiría la extraña frase del párrafo citado: “en el espíritu hasta ahora anunciado y en esa medida aceptamos…”).
Por otra parte porque las encuestas indican que la mayoría de los colombianos votará “sí” a la paz.
Pero por baja que sea la probabilidad de equivocarse en este punto, el costo del error para las FARC sería simplemente prohibitivo. Y tanto así que esta no puede ser la explicación del sorpresivo anuncio. De modo que la lógica me fuerza a concluir que si las FARC aceptaron la consulta popular es porque tienen la certeza de que no ganará el no. Y la única manera de tener esta certeza es saber que no habrá consulta popular. O sea en plata blanca que la Corte va a tumbar el plebiscito y que así le aseguraron a las FARC.

Me apresuro a advertir que no tengo ninguna evidencia sobre el cuándo, el dónde o el cómo de esa conversación, pero es la menos inverosímil de las explicaciones de un hecho inverosímil. Y añadiré, eso sí, que en los países serios los magistrados no filtran sus ponencias, que con los años he aprendido que nuestras altas cortes no son apolíticas, y que la paz -la guerra- es un asunto demasiado serio para que tantas personas poderosas la deleguen al criterio errático de un grupo de abogados.

Y todo lo anterior sin añadir que el primer interesado en que la Corte tumbe el plebiscito es nada menos que el presidente Santos

porque elimina el riesgo de la derrota histórica que para él también sería un “no”, y
porque lo libera de un compromiso que tuvo que adquirir para ganar las elecciones (“yo prometí que el pueblo tendría la última palabra pero la Corte Constitucional me lo impidió”).
El golazo

hernando_llano_acuerdos_paz_santos_timochenko                             Foto: Presidencia de la República

Paso a la hipótesis contraria. Santos sí quiere preguntarle al pueblo, y hay cuando menos tres razones para creerlo así:

Es lo que dice a cada rato el presidente y es lo que ha buscado con asiduidad (primero con la ley que autorizó el referendo y ahora con la del plebiscito).
Es un seguro histórico para él (“fue el pueblo quien tomó la decisión sobre el Acuerdo”) y en la negociación sirvió como argumento para inducir a las FARC a no pedir más de lo que el pueblo aceptaría.
Es el “inamovible” de Santos, su “tate-quieto” final contra Uribe, la promesa solemne sin la cual no habría sido reelegido.
De modo pues que -por convicción o por necesidad-, Santos habría acabado por obligar a Timochenko a aceptar el riesgo de una consulta popular. Hubiera sido un golazo de su parte. Pero esta hipótesis ignora la mitad de la ecuación: que un “no” del pueblo sería también la derrota de Santos, es decir que sería un autogol.

La idea del golazo tampoco encaja con la relación de fuerzas que hoy parece existir entre las partes. Aunque las FARC necesitan la paz, a Santos se le está acabando el tiempo y por eso les ha hecho cada vez más concesiones. El punto de inflexión se dio después de muchos meses de estancamiento de la mesa, cuando el presidente se saltó a de la Calle y envió a su hermano a desatar el nudo de la justicia penal para los guerrilleros (“tranquilos, no habrá cárcel”, le dijo Enrique a Timochenko), a cambio de que las FARC aceptaran a regañadientes el famoso (y frustrado) plazo de seis meses.

Acosado por el tiempo y ante el riesgo de que su sucesor (¿Vargas Lleras? ¿Ordóñez?) deshaga su obra histórica, el presidente tuvo que “acelerar”, y por eso en los dos últimos acuerdos (el de “justicia transicional” y el de “blindaje”) el ganador evidente ha sido la guerrilla. Y bajo estas circunstancias es aún menos fácil creer en un golazo de Santos sobre la refrendación.

Pero, así y todo, podría ser que las FARC se resignaran al gol porque se sienten plenamente derrotadas en el plano militar o -más creíble- porque sus comandantes o sus tropas ya pasaron el punto de no retorno hacia la lucha armada. Sólo que esta hipótesis no explica el autogol.

Dos preguntas
-¿Pero qué pasa si la Corte tumba el plebiscito?

Con el Acuerdo como tal no pasa nada. La pregunta al pueblo es jurídicamente innecesaria porque pactar la paz es una atribución del Presidente. Pero por si la moscas -y no por coincidencia- poco antes del acuerdo sobre refrendación se había pactado el de “blindaje”, que a falta de uno incluye cuatro mecanismos para darle obligatoriedad jurídica a los pactos de La Habana. No hay problema jurídico.

El primer interesado en que la Corte tumbe el plebiscito es nada menos que el presidente Santos.
El problema es político y comienza por imaginar la reacción de Uribe y el procurador si el presidente tuviera la entereza de anunciar que no habrá plebiscito porque sería jugar la paz a cara y sello. Y aquí entra la belleza del acuerdo discreto entre el gobierno y la Corte: Santos pide públicamente que el tribunal apruebe su Ley Estatutaria pero la Corte “se rebela” contra él y se la tumba. El costo político para la Corte (si lo hay) sería mucho menor que el que tendría Santos- nada más que un pequeño sacrificio de los magistrados en aras de la paz-.

-¿Pero cómo votaría la gente?

Dije ya que las encuestas apuntan hacia el sí. Para citar apenas un par de cifras recientes: “el 75 por ciento de los colombianos afirman que les interesa que se firmen los acuerdos”, y el 49 por ciento votaría “sí” contra apenas un 15 por ciento por el “no”.

Del otro lado sin embargo hay que tener en cuenta que todas las encuestas son falibles (y que en Colombia han venido fallando), que la opinión popular es muy cambiante (el apoyo al proceso de La Habana ha tenido sus altas y sus bajas), y – sobre todo- que el voto individual depende por entero del referente que adopte cada quien: verdad que la mayoría de los encuestados dicen sí a la “paz”, pero también verdad que la gran mayoría de los colombianos dicen no a la “impunidad” o a las “curules para criminales”.

De esta manera la campaña para el plebiscito sería en efecto una batalla semántica (‘paz” vs. “impunidad”, “castro-chavismo” vs. “reconciliación”…) donde las asociaciones, emociones y justificaciones son tan complejas y poco predecibles como los resultados. O en todo caso lo bastante inciertas como para que Timochenko y Santos vayan de veras a correr el riesgo.

Y un consuelo
Después de escrito todo lo anterior recuerdo que Colombia es el país de la Virgen y que de pronto ella nos ayuda a que la Corte le diga sí el plebiscito y el pueblo le diga sí al Acuerdo para que todos quedemos bien contentos. Menos Uribe.

O si la Virgen quiere darle a Uribe su gustico podría hacer que el pueblo vote no y que los guerrilleros de las FARC dejen las armas sin las reformas y sin las garantías (como ya “anticipó” uno de sus voceros en La Habana)

Por venir de la Virgen me alegraría haberme equivocado en este escrito y ofrecer mis excusas respetuosas a la H. Corte Constitucional, al señor Presidente y al Comandante Jiménez por haberlos creído capaces de pactar en secreto. Más todavía, de esconder ese pacto bajo una maniobra de distracción donde incluyeron

los discursos y proyectos de ley del presidente,
la “filtración” o el preaviso de que la Corte dirá sí al plebiscito,
el acuerdo de refrendación que transcribí al comienzo y que se basa en ese guiño de la Corte,
y hasta el anuncio “autorizado” de que “las FARC no volverán a la guerra” aunque el pueblo le diga no al Acuerdo.

* Director y editor general de Razón Pública.

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