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Reforma política: Muerto el bolígrafo, viva el bolígrafo

GES (Grupo Editorial El Satélite) Director: Octavio Quintero

Elecciones en Colombia Imagen calendario-colombina.com

 

La siempre cacareada reforma política anunciada por el gobierno viene con una polémica propuesta: la abolición del voto preferente.

(¿?)… Nada más restrictivo de la poca democracia que existe en Colombia que la eventual abolición del voto preferente… Nada más favorable a los políticos corruptos que la eliminación del voto preferente y el consiguiente regreso a las listas cerradas y al llamado bolígrafo, gracias al cual, una ya vieja y corrupta clientela política retiene en buena parte el poder legislativo del Congreso Nacional.

Tanto que se critica desde una sedicente orilla decente de la política la actitud del expresidente Uribe y su séquito de congresistas, para venir a ver que lo que se propone como depuración de las costumbres políticas en Colombia es el regreso a la posibilidad de que haya unos cuantos Uribes más en la política, amos del bolígrafo, rodeados de otros cuantos centros democráticos como guardias pretorianas de sus caprichos, berrinches y rabietas.

En el pasado, la clave de la democracia eran las elecciones: en todo país que había elecciones se decía que era democrático. Hoy en día este concepto no es tan universal, no al menos en los llamados regímenes presidenciales en donde se acusan remedos de sistemas electorales corrompidos “lo que nos permitiría afirmar que aunque haya elecciones no hay verdadera democracia”, dice en su más reciente artículo divulgado en este mismo medio el exmagistrado, Jaime Araujo Rentería.

Si democracia se identifica con elecciones; elecciones con votos y el voto con el derecho de libre elección, entonces el voto preferente viene a ser una garantía más auténtica de la libre elección del elector que la lista cerrada en la que, con mi voto, pueden resultar elegidos candidatos que no son de mi predilección.

Vea usted: se propone la eliminación del voto preferente porque, según el ministro del Interior, se convirtió en una especie de canibalismo entre los candidatos que se lanzan a la conquista del elector en una lucha de todos contra todos en donde el árbitro es el elector, y se propone, en cambio, el regreso a la lista cerrada en donde el canibalismo es dentro del mismo partido y el árbitro es el bolígrafo en poder de los directores y camarillas de los partidos políticos.

Entre dos males, el menor, dice la norma. Si el candidato tiene que luchar directamente por el elector, incluyendo la compra de su voto, pues, resulta preferible esto a que tenga que comprarle el escaño a las camarillas que dominan los partidos políticos.

Pero esto es el caso extremo porque lo que se descubre en la propuesta es que el Estado renuncia a su autoridad de imponer disciplina y transparencia en el poder electoral. Y, fuera de eso, se contradice en su también cacareada lucha contra la corrupción porque resulta incontrastable que retornar a las listas cerradas es, ni más ni menos, que “perpetuar el caciquismo y el gamonalismo político e impedir que las nuevas generaciones accedan a la representación política; mantener en el poder a una clase política corrupta y a los contratistas que los financian y, favorecer y estimular la corrupción”, considera también el exmagistrado Araujo Rentería.

Nadie con razón discutiría que el voto preferente se ha degenerado en su aplicación, no en su concepción. Si el Estado no renuncia a meter en cintura a los defraudadores electorales, bien puede elevarse el voto preferente como un elemento efectivo de democratización de los partidos, pues mejora la relación votante-elegido; obliga a los partidos a confeccionar sus listas tomando en cuenta el mayor consenso y representatividad de los postulantes antes que su pertenencia o cercanía a los círculos de poder dentro del partido, o a quienes los financian económicamente.

La responsabilidad de definir quiénes llegarán al Congreso es compartida entre los ciudadanos y el partido, teniendo, en todo caso, el ciudadano la última palabra y, finalmente, corrige el favoritismo partidista ya que, finalmente los ciudadanos, al marcar sus preferencias al momento de votar, son los que deciden el orden de la lista.

Fin de folio.- Renunciar al voto preferente es un acto de cobardía propia de un Estado que no hace cumplir la ley porque, precisamente quienes más la infringen, son precisamente sus propios dirigentes.

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