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Ramiro Dueñas y su narración del alma

Por Guillermo Romero Salamanca

Ramiro Dueñas y los jóvenes futbolistas de barrio. Foto GRS

Eran las seis de la mañana de este sábado y a pesar del resplandor del sol, las nubes lejanas, el cielo azul, el narrador deportivo Ramiro Javier Dueñas estaba nervioso: tenía la narración de su vida.

Aunque está acostumbrado a llevar cada una de las incidencias de partidos de grandes luminarias del fútbol, de diferentes ligas, de competencias de ciclismo, natación, baloncesto, fútbol de salón, halterofilia, béisbol y hasta tejo, su encuentro de este día sería distinto: hablar de esperanza a un grupo de jóvenes que anhelan un mundo mejor.

Como muchos colombianos, Ramiro no conocía la popular Localidad 4 o Cazucá, Soacha, un refugio que han encontrado miles de personas que han huido de la violencia, la persecución, la crisis económica o tantas y tantas historias que encierran estas montañas de polvo de arena y de corazones rotos, pero con energía para cambiar al mundo.

En Cazucá vive la gente que trabaja en Bogotá: son vendedores ambulantes, obreros de construcción, vigilantes, cocineras, empleadas, técnicos y comerciantes en mil cosas en Corabastos.

Don Luis Chito, por ejemplo, vende ameros. Desde las dos de la mañana se dedica a cortar mazorcas y a sacar los preciados empaques con los cuales hacen envueltos. Vende cada bulto a 3 mil pesos y en la tarde regresa a su casa con su producido: tres billetes de diez mil.

Don Argemiro Velandia tiene una casa en tablas, piso en tierra, dispone de un pequeño baño y dos camas para él y su familia. Todas las mañanas sale a las 4 para subirse a un todoterreno que lo acerca a un alimentador de Transmilenio y en él llega al Portal Tunal donde a brazo limpio busca un espacio para llegar a su trabajo: vigilar uno de los bancos de la ciudad, donde a diario pulula el billete.

Don Filemón es fabricante de ventanas, puertas tejados y tiene su taller en El Progreso, Cazucá, pegado a lo que antiguamente fue un lago. Por un costado de su casa atraviesa el caño de aguas negras y el olor a veces no lo deja dormir.

Blanca Ariza cruza la ciudad semanalmente en Transmilenio en busca de ropa, mercados o “lo que haya” para llevar a sus vecinos y familiares.

Hay historias, pero hay un común denominador: son personas con inventiva y con una generosidad inigualable. Siempre habrá un tinto o algo más para el visitante, no hay quien les gane en entregar una sonrisa y sus abrazos son sinceros, son apretones de manos que rompen corazones, pero que impiden salidas de lágrimas.

Don Alberto Camargo recogió en su carro al asustado narrador que miraba cada una de las calles, las paredes llenas de arena y olvido estatal y escuchaba con atención varias historias.

Al llegar a la improvisada cancha, hecha en un rincón de lo que le fue el lago de Tibanica, adornado con llantas de colores que medio impiden que los balones se vayan quebrada abajo, rodeada de casitas de cartón, tablas, pedazos de latas y de cualquier cosa, saludaba de mano a cada uno de los muchachos que ya se alistaban para el entrenamiento.

Don Roberto Camacho, un chocoano más buena gente que el Papa Francisco, es el encargado de animar a unos cien muchachos que van a practicar el deporte que tanto les gusta: el fútbol.

Poco a poco se han ido aperando de uniformes, zapatillas y sobre todo de balones. Son escasos, de verdad, porque de tanto darles patadas para olvidar tantas angustias, se desbaratan a los pocos meses.

Cada ocho días, los sábados, a las siete de la mañana llegan esos muchachos con el entusiasmo a flor de piel y con el deseo de encontrarse en un futuro en las canchas de los grandes estadios. Admiran a Falcao y a James, pero les parece excelente lo que han hecho las nuevas figuras como “el cucho” Hernández.

“TODOS TENEMOS DERECHO A SOÑAR”

Ramiro Dueñas y el derecho a soñar.
Foto GRS

Ramiro hoy les llevaba un detalle: balones nuevos, traídos de Monguí, Boyacá. Los ojos de los muchachos brillaron de alegría. No lo podían creer. Verle los múltiples colores y sobre todo ese olor a cuero les impresionaba. Se tomaron decenas de fotos. Miraban con detenimiento al narrador que han visto u oído en decenas de transmisiones.

“Muchachos, les dijo Ramiro, mil gracias por recibirme. Sólo tengo que decirles, que al igual que ustedes, yo también tuve sueños. Yo quería ser narrador y después de prepararme, buscar aquí y allá, logré esa meta. Yo sé que ustedes ambicionan ser como las grandes estrellas del fútbol y por ello están acá. Deseo expresar mi admiración por esa tarea que adelanta don Roberto de quererlos, de ilustrarlos, de mostrarles una nueva vida y de enseñarles a soñar. Hoy no sabía qué decirles, qué comentarles, pero ustedes con su ejemplo son quienes me han dado una lección de vida. Es un día muy feliz para mí. Sólo les digo una cosa: Todos tenemos derecho a soñar”, les dijo Ramiro con una voz entrecortada.

Don Roberto comentó que él sabía lo que era soñar despierto y que se alegraba con los triunfos de sus muchachos, con verlos en otros estadios como a Marcos Pérez que pasó por allí y le pidió entonces, al pequeño Álex que dijera algo.

El muchacho, sin dudarlo, pasó al frente y comenzó: “Padre Nuestro que estás en los cielos, santificado sea tu nombre, venga a nos tu reino, hágase tu voluntad en la tierra como en el cielo…”

Y todos los asistentes le contestamos al unísono: “Danos hoy nuestro pan de cada día; perdona nuestras ofensas, como también nosotros perdonamos a los que nos ofenden; no nos dejes caer en la tentación, y líbranos del mal. Amén.

“Bueno a lo que vinimos”, dijo después Álex y comenzaron a patear los balones. Estaban felices y comenzaban a proyectar sueños.

Ramiro, por su parte, ya estaba más tranquilo. “Fue una narración con el alma”, concluyó.

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