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¡Que viva la calle! Sectario elogio de la calle

Por Oscar Domínguez Giraldo

Esquina del barrio Aranjuez de Medellín. Foto ODG

En la infancia, esa época en la que somos inmortales, empezó nuestro romance con la calle donde siempre era diciembre y domingo.

De lejos, la calle  era el mejor cuarto de la casa. Aprendimos que uno se puede enamorar de una calle como si se tratara de Nefertiti, reina del Nilo.

La esquina, su carnal la barra,  eran la patria chica y grande de la muchachada.  En la esquina se completaba la educación iniciada en casa y en la escuela.

Frecuentar la esquina, en compañía de la aristocracia de gallinero que iba al cinema paradiso del barrio, era pegar el grito de independencia doméstico. La vida tenía sentido por la existencia de la esquina.

En la cuadra, otro de los nombres de la calle, practicábamos la religión que nos interesaba: el fútbol (en la foto, la carrera 50A con calle 92, de Aranjuez).

Con razón Fidel Castro le confesó a García Márquez que su sueño era pararse de  nuevo en una esquina. Muchas revoluciones empezaron o recibieron el aval de la calle.  Hacía – hace-  las veces de rotativa de los que no tienen voz ni voto ni nada. Su periódico es el grafito.

Allí celebramos la caída de Rojas. Y antes, su llegada al poder. Con tal de capar clase, de chiquitines éramos capaces de todo.

En la niñez teníamos la calle por deliciosa cárcel. Con razó, en La Candelaria, en Bogotá, hay una calle dedicada a los amigos. 

Nos gustaba más callejear que “la segunda trinidad bendita” gastronómica diaria: frisoles, mazamorra, arepa.

Calle de Los Amigos en La Candelaria.
Foto ODG

La “cultura” de la calle incluía quebrar bombillos, tocar el timbre de las casas y salir corriendo, perniciar, juntarnos con aleccionadoras malas compañías, pelear. No en vano en Brasil a los chinches les dicen “anticristos de la calle”.

Los juegos callejeros eran hechizos, fabricados en casa por nuestras manos de creadores de felicidad: zancos, pistolas de madera que harían sonreír a los pistoleros del oeste, nuestros inspiradores, carros de balineras. Todo tenía la calle por pasarela.

Hacíamos yoyos con tapas de gaseosas, nos colgábamos de una nostalgia llamada tranvía. Corríamos la vuelta a la manzana o jugábamos a las escondidas. En este caso, nosotros éramos la materia prima: nos perdíamos, una forma de jugar a no existir.

En plena calle, los carros de la Biblioteca Pública Piloto nos prestaban libros. Volvían por ellos.

Oíamos radio en un viejo Zenith transoceánico. Yo miraba por todas partes para tratar de “ver” la gente que hablaba desde esa caja mágica.

No éramos pobres, éramos ricos sin plata. Y éramos felices pero tampoco lo sabíamos. La calle nos devuelve el casete a esa prisión y nostalgia perpetua que es la infancia que es un alzhéimer al revés: no recuerda nada del futuro.

No hay día en el que no me regale mi dosis personal de calle. Como diría Rulfo, sigo viendo envejecer mi infancia.

  (www.oscardominguezgiraldo.com)


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