Al instante

¡Qué solo estaba Silva!

Por Oscar Domínguez Giraldo

José Asunción Silva Imagen akifrases.com

 

Para no hacer quedar mal un verso de su colega Gustavo Adolfo Bécquer (“… qué solos se quedan los muertos…”), apenas una veintena de fans nos dimos cita aquella tarde en el Cementerio Central de Bogotá para evocar otro aniversario del nacimiento – el 26 de noviembre- de José Asunción Silva.

Fuimos convocados por la Fundación Palabrería, proyecto cultural que circuló la invitación a través de internet, mujer fatal de la cibernética, uno de los inventos que se ahorró el poeta evocado.

Como siempre, allí estaban Silva y su hermana Elvira a quien, curiosamente, no se mencionó durante la velada. Su pequeño y a la vez imponente mausoleo se encuentra estratégicamente localizado en la zona histórica del Cementerio Central, entrando a mano izquierda, muy cerca de muertos de dedo parado como los presidentes Barco -tiene el mausoleo más espectacular de todos-, López Pumarejo, Laureano Gómez…

Silva y su hermana – “bella solo de perfile”, según el expresidente López Michelsen- se tutean de cerca con ilustres sacrificados como Carlos Pizarro, del M-19, cuya tumba, siempre florecida, tiene 48 placas en las que se agradecen favores recibidos, Luis Carlos Galán -que no falten claveles rojos- y el líder sindical José Raquel Mercado, sacrificado por cuenta de la ideología del Eme, antes de que decidieran rectificar el rumbo.

A escasos pasos, el alemán Leo Kopp, fundador de la fábrica de cerveza Bavaria, el muerto más taquillero de todo el Cementerio, vio amenazado por unos minutos su protagonismo por cuenta de los hermanos Silva.

Don José Asunción también había descrito con anterioridad el estado del tiempo para esta ocasión: “La luz vaga… opaco el día… la lloviza cae y moja”. Sí, la tarde, estaba opaca. Una prosaica llovizna amenazó todo el rato pero al final se “abstuvo” de desgajarse del todo.

Fue un detalle de fina coquetería de San Pedro, quien poco tenía de poeta. O sí: era un poeta consumado porque mintió tres veces en el episodio de la Pasión de Cristo y los poetas son mentirosos que siempre dicen la verdad, según Cocteau. Además, hasta para la llovizna tímida se inventaron los paraguas que salieron a relucir.

Aquella tarde quedó claro que lo más importante en un concierto de guitarra no es el compositor, en este caso Heitor Villa- Lobos (1887-1.959) quien aportó los Preludios 1, 3 y 4 y el estudio número 11. Ni Leo Brouwer (1939) quien regaló su Canción de cuna, sobre un tema de Grenet, de acuerdo con el programa fijado. En un concierto tampoco lo más importante es el guitarrista, para la ocasión el maestro Carlos Rocca. No, lo más importante es la silla en la que debía sentarse el virtuoso del instrumento que sacó de un desvencijado estuche que evidenciaba su constante uso. Al final, un espontáneo, enviado especial de la Fundación, se inventó una silla por fuera del cementerio y Rocca se dejó venir con su arte digital.

Un paraguas diestramente manejado por el anfitrión, Gustavo Adolfo Ramírez, director de la Fundación, permitió que se agotara la parte musical del acto entre “un si es no es” lluvia como suele decir con su voz arzobispal un poeta de media petaca, Belisario Betancur.

Foto-estampilla media.cervantesvirtual.com

Foto-estampilla media.cervantesvirtual.com

Ramírez aprovechó la ocasión para recordar que estas reuniones ante el monumento a Silva se realizan desde 1996. Y convocó para la próxima a la misma hora, en el mismo lugar, ojalá con la misma gente.

Dio otra noticia: por motivos religiosos, Silva sólo pudo llegar a su morada final en el Cementerio 33 años después de haberse disparado uno de sus versos en mitad del corazón. Tal vez ese verso que empieza así: “Doctor, un desaliento de la vida que en lo íntimo de mí se arraiga y nace…”.

(Desde las Europas, un silvólogo de cuyo nombre no debo acordarme, muy “cementeriólogo” él, contó que alguna vez encontró en el cementerio de Polloe, en San Sebastián, España, una tumba que le provocó fotografiar “porque era la de un doctor que debajo de su nombre había pedido que se inscribiese entre paréntesis su nacionalidad: (“Colombiano”). Me pareció sumamente curioso porque no es costumbre que en las losas sepulcrales se encuentren gentilicios: por mejor decir, ésta debía ser la excepción”.

Andando el tiempo, nuestro ilustre frecuentador de cementerios le contó el episodio al poeta Álvaro Mutis quien le preguntó si había apuntado en un papelito el nombre del colombiano: “Juan E. Manrique”, respondió, al rompe, su interlocutor.

Mutis, silvólogo consumado, le informó entonces que se trataba del médico que le dibujó a Silva el sitio donde suele quedar el corazón. Allí se disparó el poeta de La Candelaria para no marrar el tiro. Manrique, después del suicidio de su paciente, prefirió abrir el paraguas y emigrar a España donde llegó a ser médico de cabecera del rey. Después fallecería en San Sebastián porque también los médicos suelen tener “la sana costumbre de morir”).

Aquella tarde bogotana en memoria de Silva, redondeó el homenaje el gigantesco poeta Harold Alvarado Tenorio, quien, mientras llegaba la gente que finalmente no vendría, despachó algunos asuntos personales a través de otro chéchere que habría descrestado ( o no) a Silva: un celular. El colega de Silva (don Harold), huérfano de paraguas, trató de escampar bajo un sauce (¿o sería una baobab o un ciprés?).

Nadie lo siguió y así, bajo las estrellas, se dejó venir con el poema “Leyendo a Silva”, del maestro Guillermo Valencia. Aprovechó para destacar las bondades de ese poema del ilustre payanés e invitó a las presentes y venideras generaciones a leerlo y disfrutarlo.

El ilustre profesor Harold, de traje entero y cómodos tenis, sacó pecho más de lo normal cuando llegó a la parte del poema en la que se habla de “sacrificar un mundo para pulir un verso”.

Un anciano de ojos azules y piel del color de la tarde ambiente, posiblemente alemán y tal vez descendiente de don Leo Kopp, paraguas en mano, no se perdió detalle de la velada. Antes había pasado de tumba en tumba, colocando su diestra mano sobre las distintas losas funerarias.

Finalmente, abrimos el paraguas de nuestras vidas y evacuamos el lugar, recordando algunas de las coplas de Manrique: “Partimos cuando nacemos, andamos mientras vivimos, y llegamos al tiempo que fenecemos: así que cuando morimos descansamos”.

Sólo que si hemos de creerle a don Julio Flórez, “todo nos llega tarde hasta la muerte…”. Así que tocará esperar. Mientras tanto, hagamos el cursillo asistiendo a veladas como la que convocó la Fundación Palabrerá en memoria de Silva y su nocturno de carne y alma: su hermana Elvira.

Ir a la barra de herramientas