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¡Pobrecito Pretelt!, vida mía

Por Cecilia Orozco Tascón (El Espectador)

eluniverso.com

El señor Pretelt, un personaje tenebroso que, por lo que se ha sabido sobre él, debería figurar en los estrados más como reo que como juez, se frota las manos de satisfacción por el éxito que ha logrado cosechar pese a la enorme sombra que cubre su conducta, su entorno, sus bienes, su mentirosa declaración de renta que hasta risa da, su pasado entero.

presidencia.gov.co

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La moral nacional es tan elástica que casi un mes después de que se supiera que un abogado particular lo había denunciado por exigirle una millonaria coima para torcer un fallo de tutela, el tipo todavía ostenta la categoría de magistrado y, peor de males, de presidente de la corte que soporta la juridicidad del Estado. Me gustan las comparaciones porque dejan ver la dimensión de nuestro abismo ético: ¿cuánto tiempo creen que habría conservado su cargo un togado de la Suprema Corte de Estados Unidos, del Tribunal Constitucional de Francia, España, Alemania o, para ponerlo más cerca, del de Chile, si hubiera enfrentado un escándalo similar al del patrón de Córdoba? ¿Cuántos políticos habrían desafiado a sus electores defendiéndolo con la excusa farisea de la “presunción de inocencia”, como si sus deudas se saldaran con el Código Penal y no tuvieran nada que ver con el ejemplo social que se espera de los patriarcas del derecho? ¿Cuántos, entre los denominados “líderes de opinión” extranjeros, habrían feriado su nombre y fama por respaldarlo, con tal de tener una disculpa para darles rienda suelta a sus odios hacia otros magistrados y funcionarios judiciales? ¿Cuántos analistas supuestamente serios se habrían atrevido a escribir bajo su firma la frase “Pretelt, no dimita”? Ninguno.

En contraste, este ejemplar de la sinvergüencería criolla se pavonea todavía dando gritos, con apoyo de los conservadores, que brincaron a soportarlo (¿considerarán ellos que los delitos son asunto de partido o de ideología?); del uribismo y de Uribe, que comparten con él vecindarios rurales plagados de paramilitarismo y vida non sancta; de los medios, que se dejaron enredar y mordieron su anzuelo cuando habló de sus colegas de oficina y sala, sin que viera nada extraño en ellos durante seis años, como los verdaderos corruptos.

Hoy, personas bien intencionadas y otras con planes perversos que no piensan en la dignidad de los tribunales sino en tomárselos, denuestan de los que elevaron las afirmaciones del abogado Pacheco desde la bajeza del chisme de corredor a la altura del pleito público y penal. Esto les parece más grave que los crímenes por los que se indaga al denunciado. Se tienen que ir y Pretelt se queda, presunción de inocencia que no lo cobija sino a él. Los magistrados que prefirieron enfrentar el huracán de la denuncia en lugar de guardar silencio, como miles aquí, resultaron los malos del paseo con argumentos tan superficiales como el de la fecha en que lo supieron, o la validez de una grabación. También son culpables, según el desenfoque nacional, los fiscales que encontraron tardíamente procesos de desalojos de tierras, escondidos en los anaqueles de la justicia de Córdoba, de la que tenemos evidencia que era ejercida por la gente preteliana.

¿Lo correcto hubiera sido, entonces, hacerse los locos eternamente? ¡Qué falla atreverse a llamar a la persona que firmó el traspaso de unas propiedades con un paramilitar! ¡Qué “inoportuno”, dicen, “meterse” con la esposa de Pretelt! Si no la procesaron hace ocho años, adquirió inmunidad vitalicia. Ella, funcionaria con responsabilidades iguales a las de los empleados del Estado, compartía espacios físicos, sociales y digitales con la hermana —cordobesa, cómo no— del confeso masacrador Salvatore Mancuso. Eso sólo bastaría para rechazarlos aquí y en la Cochinchina. Pobre Pretelt, pobre señora. Son víctimas de este país malvado. Sentémonos a llorar por ellos.

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