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Piedra Falsa

Por Carlos Alberto Ospina M.

Imagen blogspot.com

 

“Nunca olvidaré la expresión de su mirada. Casi, suplicando, le dije no vayas. Y nunca volvió”. Con golpe de pecho, ella, lamentaba su incapacidad para retenerlo. “No puedo decir que se trataba del sexto sentido, más bien, era evidente su incontrolable ambición y deseo de acumular dinero. Ah, no sólo él, me encantan los lujos, la buena vida y corregir los defectos de mi cuerpo”. Esta mezcla de dolor insondable y doble moral enmascaran la narración de María, la mujer que durante más de 30 años estuvo bajo el frágil amparo del narcotráfico.

“Estudié hasta sexto de bachillerato, lo que ahora es once. Viajé a los Estados Unidos, porque no tenía idea qué quería. Viví en varias casas rodantes o trailers y en más de una oportunidad, la única comida era un bombón con agua”. Al principio del relato, María, hace el esfuerzo de encubrir las razones que la llevaron a ser complacientes con el negocio sórdido de la droga. “Llamar a Colombia era imposible por el costo. Mi prima conocía a un ‘man’ que sabía montar la maraña de línea directa a través de los teléfonos públicos. Así, supe de Daniel, un joven del barrio La Floresta de Medellín”. A partir del pretexto de contactar a sus padres, María, se enganchó con Daniel en una especie de relación de mutuo beneficio. Él era siete años mayor, independiente y mantenía la billetera llena de dólares. Del vaso de agua y la golosina con sabor a cereza saltó a Burger King, McDonald´s y Hooters. De vez en cuando, retribuía con sexo y sumisión la generosidad de aquel hombre.

A finales de la década de los ochenta la llamada bonanza marimbera y el auge del contrabando entraron a formar parte de la comercialización y distribución de la cocaína. Traficantes menores abrieron las puertas del mercado norteamericano y centenares de “mulas”, después coronados los distintos cargamentos, supervisaban u observaban el modus operandi de la cadena delictiva en las calles estadounidenses. Algunos se consideraban hábiles emprendedores y gestores de sinergias con delincuentes locales. Para lograr esa cercanía, una vez vencida la visa de turista, optaban por el estatus de ilegales sin temer a los operativos de la “migra” ni el riesgo inminente de deportación. “Ser novia de un traqueto no daba estatus, pero sí poder económico, cirugías, intimidación y muchos lujos. Mientras él me mantuviera, no me importaba de dónde salía la plata. Daniel fue un hombre controlador, simple, celoso, de carácter duro y machista. El típico antiromántico.  Cualquier día a gritos me advirtió: ‘Usted deje la maricada de estudiar y buscar la residencia en este país de mierda. El día que me cojan, pues se devuelve conmigo a Colombia, le guste o no le guste’. En ese momento no supe distinguir entre una orden o una amenaza. Con el tiempo comprendí que se trataba de ambas”, confeso María, dejando caer otras confusas lágrimas.

Ella obtuvo la nacionalidad americana y al poco tiempo, Daniel, cayó en un operativo realizado en el Downtown de Miami y fue deportado. Éste se unió con varios pillos de la comuna 12 a fin de seguir enviando drogas al país del norte. En un abrir y cerrar de ojos aceptó que entre bandidos no existe la palabra lealtad. “Voy a tener que viajar a Buenaventura, porque creo que Jaimito y el Mono Liso me van a sacar del negocio o se van a torcer. La vaina está complicada. Con esta nota le dejo los datos de la caleta de lo que he ahorrado. Pilas, la mitad para usted y la otra, ya sabe para quién”. Las instrucciones de Daniel se transformarían en su última voluntad. Ninguno de los bienes, salvo el vehículo último modelo, estaban a nombre de ella. A las 4:30 a.m. de aquel jueves de 2009, María, recibió el gélido beso en la mejilla y el trueno inolvidable de las puertas del elevador cerrándose. “Le digo, mis ojos se nublaron de tal forma que parecía que él se sumergía en la parte más profunda de un túnel, en lugar del ascensor. Corrí a la habitación de mi hija, abrazándola, lloré hasta quedarme dormida”.

Al parecer, el comandante del Frente 30 de Farc ordeno la muerte, el desmembramiento y la desaparición de los restos de Daniel en medio del desacuerdo con el precio de abastecimiento, los mecanismos de control en la zona y la compra de la pasta de coca.

Un fiscal corrupto que trabajaba al servicio de diferentes organizaciones criminales, le sugirió a María formular la denuncia con el objetivo de que saliera en el Registro Nacional de Desaparecidos (georreferenciados) y a reglón seguido beneficiarse del Programa de Reparación de Víctimas. Otra modalidad de colados amparados en la astucia, la ilegalidad y el tráfico de estupefacientes. Formas repugnantes de usurpación del erario público.

Enfoque crítico – pie de página. “…Al principio, durante el periodo paramilitar (2000 a 2004), la violencia se expresó principalmente por medio de masacres, homicidios, asesinatos selectivos, secuestros y desplazamientos forzados masivos e individuales; después, durante el periodo posnegociación (2005 a 2014), las modalidades de violencia que más se implementaron fueron la desaparición forzada, las oleadas de asesinatos y el desplazamiento forzado, sobre todo el de carácter individual. Además durante el último periodo la sevicia y la tortura se consolidaron como prácticas regulares del conflicto, dando lugar a la perpetración de desmembramientos humanos y al surgimiento de lugares de horror como los cementerios clandestinos y las casas de pique. Los grupos armados ilegales responsables de la violencia en la ciudad fueron, entre 2000 y 2004, las FARC y los paramilitares, y después de la desmovilización parcial de estos últimos, en diciembre de 2004, las FARC y grupos posnegociación como Los Rastrojos, La Empresa y Los Urabeños. Los grupos armados ilegales han desatado una intensa disputa territorial en Buenaventura con el fin de controlar y apropiarse de zonas estratégicas para el desarrollo de un extenso portafolio de negocios legales e ilegales, la cual ha afectado principalmente a los habitantes de Bajamar, la Comuna 12 y otras zonas de impacto de los negocios ligados al puerto y al turismo urbano”. (Centro Nacional de Memoria Histórica. Buenaventura: un puerto sin comunidad.  Páginas 213 – 214. Bogotá, CNMH, 2015).

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