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Perros del ajedrez

Por Oscar Domínguez Giraldo

Foto archivo particular ODG

Entran a las salas donde se practica el rito del ajedrez con la nariz en alto, como olfateando dónde está la presa. Caminan “serena la mirada, firme la voz” hasta ubicar con su ojo de águila donde vegeta el marrano de turno. En ese cuadrúpedo de dos pies que es el principiante está su “modus vivendi”.

Para los perros todos los días es festivo en la medida en que le pueden cortar oreja, rabo y pata a cualquier chambón, entendido como ese aspirante a bucear en los misterios que hay detrás de toda partida, tan diferente una de otra como una gota de lluvia  de un policía acostado.

Hace tanto tiempo que los perros hacen su agosto que exigen ir por el mundo sin comillas, no importa que el diccionario los ningunée en la acepción que tienen en el mundillo de los escaques.

Sicólogos sin tarjeta, adalides del sentido común, manejan la adulación como herramienta para hacer caer al otro en la tentación de jugar. A nadie bajan de maestro, voz que  en ese deporte se utiliza para darse coba, elevar egos, mientras empieza a engordar el elo que es el ajedrez medido en puntos.

Una vez han convencido al advenedizo de las bondades de sentarse al tablero, cometen errores deliberados. Se hacen los sorprendidos cuando sacrifican una pieza a cambio de nada… Pero no hay almuerzo ni sacrificio gratuito de piezas.

Cuando los perros recuperan material y se aprestan a barrer con todo, piden perdón por cometer la indecencia de alzarse con el triunfo. Y con la bolsa, porque estos profesionales del ocio no trabajan gratis. Sus hijos van al colegio, ellos se dan sus licencias etílicas, se dejan acariciar el pescuezo de alguna dama ajena, tiene bocas qué alimentar, la EPS no la regalan. No sólo de mates vive el hombre.

Cuando las circunstancias lo aconsejan son capaces de perder. Así le suben la moral al otro. Para luego doblar la apuesta. No hay que espantar al contrincante. Marranos no aparecen todos los días. Nadie quiere matar la gallinita de los huevos de oro.

Con solo mirar la presa, adivinan qué pieza le pueden regalar.  Generalmente se reservan el derecho a arrancar con las blancas para lanzar la ofensiva desde el vamos e ir acortando distancias. Aunque a veces a los bobos se les aparece la Virgen también en el ajedrez y acaban hasta con el nido de la perra.

No juegan por amor al arte, sino por devoción a la bolsa del futuro perdedor. Su “flaca bolsa de irónica aritmética” así lo exige. Viven de, para, por, sobre, tras el ajedrez.

En cualquier análisis posterior, terminada la confrontación, se las ingeniarán para comentar la partida de tal forma que dan a entender que ganaron por deferencia del azar y que el mundo asiste al nacimiento de un nuevo Fischer. Eso se llama engordar el marrano que entonces se cree más sabio de lo que es y se hace desplumar.

Hay una no declarada hermandad entre ese colectivo de amables y sonrientes avivatos del ajedrez. Entre perros no se pisan las mangueras, ni los mates; se reparten los rivales. Es la ética y estética del oficio. De pronto juegan entre ellos, fingiéndose principiantes, para despertar el apetito de competir.

El garitero del lugar, quien muchas veces va en el negocio, finge estar del lado del nuevón a quien le aconsejan caer en la tentación. Le enciman consejos para evitarle mates vergonzosos en la apertura.

Loa perros forman parte del folclor, del paisaje del ajedrez. Si no existieran habría que inventarlos. Como al sueño.

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