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Pecados capitales

Por Oscar Domínguez Giraldo

Imagen gadu.org

Cualquier tiempo es un buen pretexto para reflexionar sobre estos lapsus que solemos cometer.

Soberbia: La soberbia mide el aceite del ego que nos acompaña desde la sombra. Es ese bicho que nos hace creer que a nuestro lado, el prójimo es un pintado en la pared. El soberbio ningunea al otro, lo ignora. Lo cataratea. Es una caranga resucitada. Un trepango. Nadie le da la talla a su emergente importancia.

Avaricia: El avaro acapara, guarda para sí. Practica el yo con yo en el campo económico. Primero yo, segundo yo… Entiende que la caridad entra por casa. Lo que tampoco está mal. No disfruta ni gasta porque siente pavor de que se le acabe. Convierte en el colchón en su propio Banco de la República. Tiene al Emisor por almohada. O por cárcel. No se presta plata ni a sí mismo. Sospecha de él. No se considera amarrado sino práctico. Teme depender de alguien.

Lujuria: El lujurioso come a la carta. Le tira a todo lo que se mueva. El lujurioso modelo 2016 desea la mujer del prójimo. Y a su prójimo. Come a dos carrillos. Siempre está de cacería. Llega a una fiesta y de una vez activa sus papilas gustativas. Es un Bill Gates que desea redistribuir su ingreso sexual (=espermatozoides) con la que diga pago. Ve unos cucos en una vitrina y asume que le están coqueteando. A lo que más le teme es a un ataque súbito de disfunción eréctil. Anda con un puré de viagra en el bolsillo para atender cualquier contingencia que le depare el azar. Y su sexapil.

Ira: Tres letras distintas y un propósito verdadero: coger impulso para enojarse. Un pecado inútil. Nadie paga arriendo con la “piedra”. Si nos mostraran la foto de cuando estamos borrachos o bravos, seríamos abstemios y pacíficos de por vida. ¿Qué tal poner la foto del sujeto salido de quicios en la cédula?

Gula: Incurre en ella quien se sobregira en comida o bebida. Con el culto a la comida se han disparado los “gulosos”. Exigen que los llamen gourmets. Son tragones sin remedio. El varón domado decidió tomarse la cocina por asalto. Levanta un cenicero y allí encontrará una hipótesis de chef. Cada vez somos menos los que ejercemos el furioso derecho a no cocinar. Sin renunciar al pecado del paladar, claro. Tampoco es para tanto.

Envidia: El más inútil de los pecados que Dios en su extraña bondad nos dio. El envidioso no se contenta con lo que tiene, sino con lo que le hace falta. Llámese talento, plata, pinta. El envidioso chorrea la baba cuando aparece la lista Forbes de los más ricos. ¿Y yo por qué no tuve más plata, ni me gané un Nobel de química, o un Ivonne Bolívar de periodismo? De pequeño, yo envidiaba a Tony Curtis. O al monito Alan Ladd. O John Wayne en su papel de menso en La Diligencia. Quería crecer para parecerme a ellos. No llegué a ningún Pereira. Por eso sigo cañando con foto de mi primera comunión que acompaña algunos textos míos. Es el truco que patenté para no envejecer. Otro truco es ahorrar en espejo.

Pereza: Lástima llegar a este creativo pecado cuando ya se me agotó la pólvora. Y el espacio. (Tengo la sensación de que otra vez se me fue la mano en autobiografía…).

Ñapa
Las nuevas penitencias

Roma no duerme. La burocracia vaticana tampoco. En sus ratos de ocio los teólogos a sueldo del papa se dedican a clasificar los nuevos pecados del Bobo sapiens de la era de internet.

Cada época se da sus propios pecados. O más bien: pecamos igual a lo largo de los tiempos. Cambia la semántica. Pero Roma nada que agarra el toro por los cachos.
El Papa Francisco con todo y lo piloso que es anda poniendo orden en la sala. Pero se ha olvidado de poner la penitencia a tono con los tiempos. Con el ánimo de darle una mano, propongo una nueva penitencia a ver si mejoramos. Al hombre le tienen que dar donde le duela. O no aprende.

Empecemos por los corruptos. No se contentan con lo mucho que tienen. Les gusta más la plata ajena que la mujer del prójimo. Roban para después del canazo. Y para redistribuir sus tramposos ingresos con los mejores abogados.

En penitencia, a los corruptos se les debe obligar a un menú diario copiado del que las Farc les dan a sus secuestrados. Nada de celular, BlackBerry, ni internet. Se merecen la operación Lisístrata, vale decir, que las mujeres les cierren las piernas. Todos los días deben llenar planas de cien con este texto: “No debo ser corrupto, eso es muy feo. Mamá no me mima por tumbador”.

Si usted es de los que arregla las diferencias dándole en la jeta al adversario y ha ocupado las más altas posiciones, la penitencia es esta: un semestre de ocio, ocio, ocio. Y silencio en twitter por el mismo tiempo.

A los guerrilleros se impone esconderles todos los cilindros con los que masacran a la población civil. Para ellos sí que es válida la operación Lisístrata. A los que agarren se les debe someter a ocho diarias en los trancones bogotanos. Se sugiere a Roma ordenar que se les retire el saludo y la mirada en reciprocidad por el horror que producen. Planas de cien a Timochenko y a sus cacofónicos muchachos con el discurso que pronunció alguna vez el senador Gerlein contra la población LGBT.

Está claro que los senadores que reeligieron al exprocurador Ordóñez estando impedidos, no merecen la compañía del Black Berry. Que ellos mismos compren la gasolina, se paguen los blindados; ni un peso en rebajas en los pasajes aéreos ni en tarifas de hotel. No depositar por ellos ni el voto de castidad en próximas elecciones.

Al exprocurador Ordóñez se le esconderá el Rosario hasta nueva orden. Ni pepitoria, ni mute santandereanos, ni un primer viernes de mes más por aplicar la constitución desde su órbita religiosa. Debe almorzar con un ateo distinto todos los días. Empezar con Humberto de la Calle, seguir con Héctor Joaquín Abad. Serpa y Gardeazábal para lo último.

Responsables del fallo de la Corte Internacional de Justicia deben volver a primer semestre de derecho en cualquier universidad de garaje. Estricta dieta de novelas, mujeres, periódicos e internet hasta no recuperar los 70 mil kilómetros que se dejaron quitar.

En mínima represalia por su facilidad para hacer nuevos mejores amigos, el presidente Santos comerá con la derecha. Se le decreta dieta de póquer. No más pantalones amarrillo pollito en sus desplazamietos de fin de semana. No lo cobija la operación Lisístrata.

“Roybarrerizar” es el nuevo verbo con el que el expresidente del senado y negociador con las Farc enriqueció el diccionario de la pequeña política. La penitencia es obvia: Queda inhabilitado para voltearse una vez más. Tendrá que ser fiel a algo. ¿A qué? No se sabe. Esa será le nueva mejor-peor penitencia para alguien que se despierta y no sabe si es el Roy de ayer, de hoy, o de la semana entrante. Operación Lisístrata perpetua para Roy Leonardo. Todo complementado con una estricta dieta de silencio. Seguiremos informando.

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