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Payasos en campaña

Por Ian Buruma, Nueva York, Diario El Tiempo, Bogotá

Donald Trump, candidato republicano (thedailybanter.com)
Ian Buruma

Las democracias se vuelven ingobernables, un riesgo que ahora mismo se cierne sobre Estados Unidos.

Es improbable que el magnate inmobiliario y presentador de reality shows Donald Trump se convierta en el próximo presidente de los Estados Unidos. Es un charlatán, insensible, ignorante en casi todo, y su melena rubia peinada a lo peluquín lo hace lucir ridículo. Hasta los republicanos más ardientes lo tildan de “payaso de rodeo” y dicen que su campaña es un “circo”. El Huffington Post confinó estrictamente las noticias sobre su campaña a la sección de espectáculos.

Pero, por ahora, Trump les está ganando a todos los otros precandidatos presidenciales republicanos. Esto es extraordinario hasta para la política estadounidense, que a veces puede ser muy rara. ¿Cómo se explica la popularidad de Trump? ¿Son todos sus partidarios “locos”, como los denominó (tal vez, imprudentemente) el senador John McCain?

Los críticos de Trump lo acusan de aprovechar los instintos más bajos de los votantes descontentos, que odian a los extranjeros (especialmente a los mexicanos), desconfían de los banqueros (o de cualquiera que tenga educación superior) y que todavía no terminan de aceptar la elección de un presidente cuyo padre era negro. Trump, en palabras del comediante Jon Stewart, es “el Ello de los Estados Unidos”, o al menos el de una gran cantidad de estadounidenses, en su mayoría blancos, mayores y residentes de pueblos chicos.

Todo esto puede ser. Pero Trump es parte de un fenómeno más amplio que se extiende a todo el mundo democrático. Votantes descontentos hay en todas partes, sea en Estados Unidos, Europa o la India. Pero hoy no solo se están alejando de los partidos políticos tradicionales para seguir a populistas que prometen erradicar a las élites corruptas de los centros de poder, sino que también comparten una afición por políticos comediantes (o payasos, si se quiere).

Beppe Grillo (que es, de hecho, un comediante profesional) hoy lidera el segundo partido político más grande de Italia, y se ha propuesto derrocar al establishment político del país y trastocar la Unión Europea sacando a Italia de la zona euro.

Es verdad que los italianos ya votaron tres veces por una figura payasesca para primer ministro. Silvio Berlusconi, otro multimillonario inmobiliario que comenzó su carrera como cantante en un crucero, era incluso más escandaloso que Trump, además de un maestro en el uso de los mass media (literalmente, ya que era dueño de la mayoría de los de su país). Lo mismo que ocurre con Trump, a muchas personas (especialmente hombres) les gustaba no a pesar de sus declaraciones escandalosas, sino debido a ellas.

En México, un cómico televisivo llamado Víctor Trujillo, más conocido como Brozo el Payaso Tenebroso, se convirtió en el comentarista político más influyente. En Holanda (un país que normalmente no se destaca por estas extravagancias), el primer referente del surgimiento del populismo fue Pim Fortuyn, un colorido político gay que solía dar apariciones públicas provocativas y siempre muy entretenidas. También él supo hacer del talento para las declaraciones explosivas un activo más que un impedimento. Pero desde su muerte violenta en el 2002, la principal estrella del firmamento populista holandés ha sido Geert Wilders, un exroquero punk coronado con una profusa cabellera rubia platinada.

Además de peinados peculiares (Berlusconi se pintaba la cabeza para tapar su creciente calvicie), los nuevos populistas comparten otras cosas. Sean multimillonarios o no, todos son furibundamente hostiles a las “élites”, de las que se sienten socialmente excluidos. Wilders y Trump (entre otros desu especie) también apelan a la xenofobia popular. Trump llamó “violadores” a los mexicanos residentes en Estados Unidos. Wilders quiere prohibir el Corán e impedir el ingreso de musulmanes a su país. Pero esto también es parte del mismo resentimiento contra las élites, a las que se acusa de haber dejado entrar a los extranjeros en primer término.

En Europa, la antipatía hacia los inmigrantes o el islam puede convertirse fácilmente en hostilidad hacia la Unión Europea, a la que se ve como otro reducto de élites atrincheradas. En esto coinciden Wilders y Grillo.

Pero creo que el éxito actual de los payasos políticos tiene una razón más básica. Es que mucha gente está harta de la clase política profesional. Antes, lo común era que los políticos de izquierda vinieran de los sindicatos y que los conservadores fueran empresarios o terratenientes acaudalados. Las clases sociales tenían intereses propios, representados por partidos con claras diferencias ideológicas.

Pero ahora los votantes ven a los políticos de uno u otro partido cada vez más iguales, y a todos los meten en una misma bolsa, llámense ‘Washington’, ‘Bruselas’ o ‘Wall Street’.

Es una visión exagerada, especialmente en Estados Unidos, un país que sería muy distinto con un presidente republicano (especialmente con mayoría republicana en ambas cámaras del Congreso).

Pero aun así es indudable que en muchos lugares las diferencias ideológicas prácticamente han desaparecido. Hoy, los socialdemócratas gobiernan en coalición con conservadores del laissez-faire. Predomina el neoliberalismo. Cada vez más, la política se ve como un sistema arreglado, por el cual miembros de una misma clase política compiten por empleos, más que por la victoria de ideas o la defensa de intereses colectivos más amplios.

De modo que el trumpismo o el grilloísmo son revueltas contra los políticos profesionales. Trump no solo busca competir por la presidencia contra un demócrata, sino que también compite contra el establishment de su propio partido. A sus simpatizantes les molestan los acuerdos entre líderes republicanos y demócratas en Washington, y piensan que la cooperación de ambos partidos no es necesaria para la gobernabilidad de un país grande y diverso, sino una forma de corrupción.

Por eso hace cinco años votaron por los políticos del Tea Party, que antes que un acuerdo negociado con los demócratas preferían el cierre de las oficinas públicas. Y ahora aplauden a un charlatán exhibicionista como Trump.

Pero sin acuerdos, las democracias se vuelven ingobernables, un riesgo que ahora mismo se cierne sobre Estados Unidos. Aunque Trump no sea el próximo presidente, el daño populista ya está hecho.

Ian Buruma
Profesor de Democracia, Derechos Humanos y Periodismo en el Bard College y autor del libro Year Zero: A History of 1945 [Año cero. Una historia de 1945].

NUEVA YORK.

Copyright: Project Syndicate, 2015.
Traducción: Esteban Flamini

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