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OTRAPARTE, Wasap: el nuevo peor amigo

Por Oscar Domínguez Giraldo, Diario El Tiempo, Bogotá

Imagen antypps.pl

A pocos días de la visita papal, debo denunciar urbi et orbi que he sido víctima del peor “bullyng”. La gente no respeta mi fidelidad canina al correo electrónico que consideran el Sisbén entre los medios de comunicación digitales.

Me dan la presa más chiquita y el ron más aguado en fiestas convocadas para celebrar la caída de una hoja. O la corrida de un catre. No me bajan de pendejo insigne e insomne.  “De la que te estás perdiendo”, cantaletean.

Casi me dan plata pa’l bus. Me miran como si fuera yo el que le regala las cargaderas al exprocurador Ordóñez… o hubiera sido el proveedor de los libros que quemó en tiempos idos.

En el pasado fui objeto de vejámenes similares porque no aprendí a manejar carro. Ni a cocinar. El cursillo me sirvió para sobrevivir al nuevo hostigamiento.

Todo porque le he dicho no al wasap, el cachivache que se está quedando con lo que nos resta de intimidad, privacidad, ocio, tiempo libre.

No solo acaba con los ojos sino que el cachivache obliga a vivir informados al segundo. No le deja nada al azar que tantas inesperadas y deliciosas sorpresas suele regalarnos.

Veo más gente ocupada borrando mensajes que amando, perdonando, durmiendo, olvidando o leyendo. Con lo creativos que son estos cinco gerundios.

Han tratado de sobornarme diciendo que me llevan con el 20% en equis carnudo chanchullo, o en un embarque de perica, si doy mi brazo a torcer.

Pero soy un hombre de principios y no me arrancarán el sí ni llamando al cuadrante más próximo a su residencia. (Ahora, si no les gustan mis principios, se los cambio por otros, repito con mi tutor ideológico Groucho Marx).

Me niego a integrar grupos de wasap de los que tienen los pies planos, o el de los detractores de traseros hechos en el quirófano. Tampoco me trama integrar el chat de adoradores de los pasos cebra, o el de los que siguen la dieta del espejo: no se miran en él para no engordar. Ni envejecer.

La modernidad nos regaló la nomofobia, aversión que padecen los esclavos del celular que sigue sin inventar, como el hombre. Para no pasar de agache, trabajaré para llevar al diccionario la voz “wasapofobia”.

Sin wasap no me cambio ni por Dios mano a mano. (Dije  lo mismo antes de montar blog, abrir página en Facebook y enviar inofensivos tuits. Para la contradicción siempre estaré listo).

Ñapa

Evolución del arroba

Una buena noche, el signo arroba @  se acostó aliviado y despertó  convertido en rutilante estrella de internet y de su pariente rico el correo electrónico. Practicada la cibercirugíaplástica pertinente, el pacífico arroba que viene del árabe ar-ru’b, con el significado de cuarta parte del quintal, según el diccionario Clave, se ha convertido en certero intermediario que nos permite comunicarnos hasta con el gato.

Sobra decir que la operación ambulatoria de cambio de sexo  del @ fue a sus espaldas.

En  épocas de vacas gordas, en toda  @ cabían cómodamente sentados 11.5 kilos, de pie 25 libras. Hoy por hoy, en la prisión perpetua del neoliberal (¿¡) @ hay un cartero desempleado. Después de haber sido durante décadas el señor buenas o malas noticias, su majestad el viejo cartero ha empezado a salir por la puerta grande de la historia. Misión cumplida.

Muchos carteros de la vieja guardia entraron a formar parte del árbol genealógico de las familias. Se volvieron imprescindibles como el agua. Hasta el perro de la casa los extraña: tienen una persona menos a quien ladrarle. Y un trasero menos para almorzar.

Simultáneamente, el correo electrónico ha convertido los Apartados Aéreos (AA) en otra forma de nostalgia, en tierra de nadie. En ellos  espantan por dentro y por fuera como en ciertas almas dedicadas al negocio de la guerra.

Está más atrás que la semana pasada, el  fugaz ritual consistente en sacar la anoréxica llave, escuchar su monótona y breve sinfonía al momento de introducirla en la cerradura y, después del “ábrete sésamo”, extraer la correspondencia.

Los sitios donde funcionaban – o siguen funcionando- los dichosos apartados (AA que nunca se tomaron un trago) fueron esporádico punto de encuentro, donde los dueños intercambiaban saludos, buenos deseos o  rezaban algún responso por la muerte del vecino propietario de otra mínima caja fuerte.

El correo electrónico y su carnal la @ le han dado jaque mate a la perfumada esquela manuscrita en letra Palmer de la amada, a la carta del pariente cercano o del amigo remoto que llegaba a lomo de polvoriento camión escalera, de parsimonioso barco, o por entre los cumulus nimbus, en veloz jet.

La vieja carta  riñe con la época de la velocidad que nos depara esa revolución sin sangre apodada internet. Ya no nos llamamos como nos bautizó el párroco. Cada vez somos más anónimos, puros números y letras.  Sigo añorando al cartero que llama una, dos veces, las que sean necesarias.

A diferencia de los educados carteros, el correo electrónico no pide permiso: llega por el hilo y se instala en nuestra intimidad. Agradezcan el correo y el @ que el señor Carreño, el ayotala de la urbanidad, no está vivo. La vaciada que les pegaría por metidos pesaría varias arrob@s.

 

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