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OTRAPARTE: Plebiscito del 57

POR Oscar Domínguez Giraldo, Diario El Tiempo, Bogotá

La mujer votó por primera vez en Colombia en el plebiscito de 1957. Foto El Espectador

Al mal tiempo que nos dejó la derrota del sí, pongámosle la buena cara del Nobel de Paz para el presidente Santos que servirá de abono a la reconciliación.

Proclamo “Uribe et orbi” que me fue mejor en el plebiscito de 1957 que en el del no al acuerdo con las FARC que gerenció el decapitado Juan Carlos Vélez.

Dicho sea en arcaica letra de bolero, “parece que fue ayer…”. Mientras ejercíamos el oficio de chinches y teníamos la calle por “ágora o garito”, los mayores le daban piso en las urnas a la mermelada frentenacionalista.

Las mujeres que producían hijos para el cielo gracias al precario método del ritmo, votaban por primera vez.

La gente era buena como el pan de un centavo. Nada de enriquecerse primero y “honradecerse” después.

Exigíamos a nuestros taitas que pagaran pasaje por nosotros en el bus o el tranvía, y que no nos obligaran a pasar por debajo de la registradora. Eso nos ofendía, limitaba “el libre desarrollo de nuestra personalidad”. ´

Más que la votación, nos interesaba juntar monedas para el matinal en los cinemas paradisos del barrio Aranjuez, en Medellín. A lo mejor, ese día vimos “Shane, el desconocido”, con el monito Alan Ladd y “La marca del Zorro” con Tyrone Power y Linda Darnell.

Conocíamos a los vecinos por sus nombres. Nos fiaban en la tienda. El amor nos deparaba las primeras escaramuzas. Nos enamorábamos de audacias infantiles que nunca supieron que sus trenzas y sus pecas nos quitaban el sueño y el insomnio. Nos curábamos de las tusas de amor cuando nos íbamos a vivir a años luz de su desdén.

El estrés estaba sin inventar. La lúdica venía en camino. Mientras tanto, fabricábamos casi todos nuestros juguetes. Nos mirábamos a los ojos, no a una pantalla.

La vida transcurría en blanco y negro como las películas que empezaban a teñirse de color. No nos daba piquiña, sino carranchil. Nos bañaban y nos ponían a secar al sol como una bandera del sí derrotada.

La Alegría de leer, de Evangelista Quintana, y el catecismo de Astete eran los obligados best sellers. De la mano del padre Gaspar, quien sería el gran tuitero de la era digital, teníamos claro qué era la envidia: “Pesar del bien ajeno”.

Nos importaba un carajo lo que estaba en juego políticamente. Más que la democracia que nos era ajena, nos interesaba “tecniquiar”. Inventamos ese infinitivo para describir las piruetas que hacíamos con el balón que tenía cirujano plástico propio cuando se descosía: el zapatero remendón de la cuadra.
Ojalá después del segundo plebiscito y gracias al segundo Nobel, podamos decir, torciéndole el pescuezo a la lógica, que todo tiempo futuro “fue” mejor. Y que “habremus” paz.
Carta al presidente Santos con la respectiva reculada a lo Juan Carlos Vélez:

Presidente Santos, saludos.

Le doy un consejo de amigo (amigo en lo del sí al acuerdo con las FARC): no acepte el tal Nobel de paz. No se encarte. Primero lo primero: la paz. Pídales a los noruegos que le guarden el premio y las coronas para mejores días. La vanidad que espere. Haberlo ganado ya es ganancia. Da las gracias, como buen chapineruno, dice no como las bellas esquivas, queda como un príncipe. Yo les había enviado mensaje a los noruegos pidiéndoles que ni se les ocurriera. Veo que le paran más bolas a Roy Barreras los partidarios del sí que a mí en Oslo. Además, en diciembre, cuando entregan el premio, hace un frio del carajo en esos lugares. Ya conoce lo que es un fiordo. Usted verá: pero premios de paz sin paz es como ajiaco de pollo sin pollo, soneto sin los dos tercetos, bandeja paisa sin la segunda trinidad bendita: frisoles, mazamorra, arepa. Que el premio se lo den en reconciliación. No le quito más tiempo.

Ñapa
Reculada mayor

Sí al Nobel
Como ni los noruegos que adjudican el Nobel ni el presidente Santos me pararon bolas, debo confesar, con toda la vehemencia y alegría de que soy capaz, que me encanta el premio Nobel de paz que le otorgaron y que haré toda la fuerza del mundo para que se traduzca en una verdadera “reconcilia”.
Eso sí, no cuenten conmigo en la entrega del Nobel en Oslo porque ese frío del diciembre nórdico no se lo aguanta nadie por más de tierra fría (Montebello, Antioquia) que uno sea.

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