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OTRAPARTE: Librerias de viejo

Por Oscar Domínguez Giraldo

Imagen con.tripadvisor.com

Tener librero propio es tan importante como frecuentar al siquiatra o al panadero. Me refiero a los dueños o responsables de las llamadas librerías de viejo que conservan su eterno encanto, con el agregado moderno del wasap o el arcaico (¿¡) correo electrónico para satisfacer mejor la “libido leyendi” de su feligresía.

Imagen Palinuro

No aparecen en las guías turísticas de las ciudades. Pero como Dios, se sabe que están en todas partes esperando clientes con alguna joya.
Si bien no han perdido su nombre, los veteranos son cada vez más jóvenes. El relevo generacional se ha dado. Sin que la vieja guardia haya desaparecido de la escena.
En la fiesta del libro y de la cultura de Medellín que termina el domingo se encuentran nen fogón entrando a mano derecha. O al fondo a la izquierda. Cualquier despistado lo conduce. Se puede guiar por el olor.
Los libreros son necesarios como una puesta de sol. Forman parte del paisaje cultural que ayudan a enriquecer.
Así como terminamos pareciéndonos a nuestro perro, el viejo librero terminará pareciéndose a las carátulas de sus libros. O a algún personaje de Cervantes, Wilde, Borges, García Márquez.
Hay clientes que terminan pareciéndose a sus libreros. Es su forma de dar gracias por los favores recibidos.
Los viejos-jóvenes libreros son el eslabón encontrado entre la cultura y el ciudadano de a pie que no tiene con qué comprar en las grandes librerías.
En algunas partes se les dice “librerías agáchase”, tal vez porque nos tropezamos con ellas en la calle. Si la montaña no viene a mí…
El modus operandi no ha cambiado: el cliente pregunta por equis libro y de una vez se activan las papilas olfativas que llevan al librero al sitio donde espera el ejemplar.
Una de las principales características de los libros es su olor, una ventaja que le llevarán siempre a la Internet. Si por este sentido (olfato) no lo ubica en su disco duro, el librero – o librera, porque ellas llegaron hace rato para quedarse- recurrirá a otros trucos, incluida la memoria visual o gráfica, que le dirá dónde está el ejemplar en su babel de papel.

Ortografía Marroquín

Los viejos libreros, como los nuevos, se siguen pareciendo en que se encargan de satisfacer ese apetito desordenado de libros que llevamos dentro.

Nacemos no solo con los polvos contados, dicho sea con el Nobel de Aracataca. En el ADN que es nuestra cédula en tres letras, llevamos la lista de los libros que algún día despacharemos. Por ley, nadie se debería morir hasta que no despachar las lecturas pendientes.
Muchas de las novelas leídas o por releer a veces solo están disponibles en estos relajados lugares, verdaderas zonas de despeje, de distensión.
Los libreros ven llegar al hambriento cliente y casi podría decirse que de entrada le calculan la vena de sus apetencias literarias. Como los papas, son infalibles.
Y se va creando una complicidad entre las partes, tan estrecha como la que existe entre la playa y la ola, entre el barman y el borrachito que va desgranando sus tusas de amor, el corrupto, su abogado de oficina ametrallada de diplomas, y las argucias para coronar la casa por cárcel.
Los clientes más consentidos, poco a poco, adquieren derecho a un taburete donde pueden acomodar sus dividas posaderas. De pronto hasta tinto, un cachito de maracachafa o trago, le ofrecen en la trastienda. Es un honor que hay que ganarse a pulso. O sea, comprando, comprando y comprando.
Uno mira al librero y le parece leer en sus ojos las historias que se cuentan en los libros que lo acompañan. Mirándolos da la sensación de que cada día reencarnan en un personaje distinto: Don Quijote, Ulises, Aureliano Buendía, Lisístrata, la pacifista que en la comedia de Aristófanes propuso cerrarles las piernas a los guerreros a menos que hicieran la paz.
La modernidad obliga a la globalización del librero que se las tiene que ingeniar para convertirse en autoridad en toda clase de libros. Sin descartar textos escolares, universitarios, jurídicos, ladrillos técnicos, históricos, deportivos, médicos.
Generalmente, cada uno es cada uno y tiene sus cadaunadas, o sea, su propio nicho. En este sentido, no se pisan las mangueras. Se respetan sus espacios, como dicen las parejas de la “internetidad”. Eso sí, con el rabillo del ojo están mirando cómo se mueve la registradora de la competencia.
Sin querer queriendo, se ayudan. Si no tienen determinado libro, sugieren dónde lo puede adquirir. Ya vendrá la reciprocidad. Son otros gajes del oficio.
Los hay que casi derraman una nada furtiva lágrima cuando tienen que desprenderse de alguna joya que por azar cayó en sus manos. Por ejemplo, la ortografía de Marroquín que fuera texto obligado en muchos países. Mientras don José Manuel buscaba rimas para su ortografía, Panamá se nos iba de las manos.
El librero de ley mira en el periódico los avisos clasificados sobre muertos. En los que parten puede haber una futura buena compra de libros. Otros ejemplares les llegan a su refugio. Allí se produce el normal regateo. Son tacaños para comprar, careros para vender.
Tienen mucho de cirujanos plásticos. A los ejemplares deteriorados que compran los someten a delicadas operaciones y los dejan parcialmente nuevos, como para poderlos “presentar decentes en la escena del mundo”.
Hacen fiesta cuando le encuentran a su cliente la traducción más adecuada de la obra: Por decir algo, Orgullo y prejuicio, de la divina Jane Austen, la recomiendan traducida por Armando Lázaro Ros, Las memorias de Adriano, por el cronopio Cortázar…
Libro que no le podamos conseguir no existe, es otra de las inquebrantables normas. Si no tienen ese cuento que le alborota sus nostalgias de lector, lo buscarán por aire, mar o tierra.
Hay librerías que caminan. Son aquellas que hoy están en Bogotá, mañana en una calle de La Habana. Donde menos se piensa salta la liebre del libro que buscaba a un lector. (Esta crónica fue publicada inicialmente en Ciudad Viva, periódico de la Alcaldia de Bogotá, que dirigía el maestro Guillermo Angulo)

 

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