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OTRAPARTE: First Class

Por Oscar Domínguez Giraldo, Diario El Tiempo, Bogotá

Foto excite.es

 

Los habituales de la primera clase de los aviones tiene un reinado fugaz: minutos después del decolaje quedan nivelados con quienes andamos por el mundo arriando firt class. Lejos del suelo todos somos iguales. La burbuja aparte en la que viaja esta inmensa minoría marca la diferencia.

La tripulación se encargará de evitar que posibles titulares del Sisben o de la EPS violen su intimidad de oro. Bastará correr una cortina para dejarlos a solas con sus egos.

La aristocracia de adelante se sienta y a vaciar el bar y acabar con las existencias de caviar. La clase sánduche podrá aspirar a tinto clarito, o a ron aguado. Si quiere hielo, tendrá que llevarlo.

La primera clase ha perfeccionado una mirada periférica para eludir el saludo de miembros del proletariado que pasan rumbo al frío anonimato de las sillas de atrás.

De allí la trascendencia “histórica” del gesto del ministro de hacienda, Mauricio Cárdenas, de mostrar en las redes sociales copia del tiquete en clase económica a Europa.

Ministro en clase económica. Foto publimetro.com

Ministro en clase económica.
Foto publimetro.com

Ya tomará las precauciones para evitar que le toque viajar a Australia al lado de Paloma Valencia, José Obdulio Gaviria, José Félix Lafaurie, u otros activistas de malas pulgas del Centro Democrático.

Poco a poco, el país irá asimilando el magnífico gesto de un funcionario que tendrá que acomodar, apretaíto, su descomunal anatomía, lejos de su hábitat, la primera clase. Con tal de ahorrar, el egresado de Harvard renuncia a oler Chanel No. 5 y soportará el pachulí de la bella durmiente que el azar le siente al lado.

Sus interlocutores no serán presidentes de bancos, copartidarios goditos que le endulcen la oreja con una candidatura presidencial, empresarios estresados, con los ojos en la trastienda, que le digan Mauricio, sino exhaustos, malhumorados contribuyentes y constituyentes primarios que le reclamarán airados por ahorcarlos con sus medidas económicas. De pronto le preguntarán por sus coqueteos dragacolescos, los contratos de su hermano, y adiós .

Si el alto heliotropo de clase económica es su colega de Minas, lo exprimirán con preguntas sobre los contratos de su mujer con el Estado.

Ojalá el azar me depare algún día en clase económica la cercanía de la canciller o la ministra de Educación, quienes a lo mejor se inventen algún truco para no imitar a Cárdenas. Como pagar el excedente. Cualquier cosa menos la derrota social de viajar arriando first class.

No saben los aristócratas de adelante lo rico que la pasamos los gamines de gallinero.

Y aquí donde me ven he viajado en primera. Lo conté en este correo enviado hace tiempos al exvicepresidente De la Calle.

Ñapa

Orinada en first class

Doctor Humberto De la Calle, que los dioses lo protejan y le conserve su ateísmo:

Aquí donde me ve con mi nadaito de perro pero la vida me dio la oportunidad de orinar en first class. Ya puedo desocupar el amarradero. Confieso que he vivido. Y meado.

Ese privilegio no lo han tenido Madame Camila, su mascota bull dog francesa, ni el actor francés Gérard Depardieu, a los que su persona les dedicó en una ocasión buena parte de una dominical columna en El Espectador, para descansar de arideces leguleyescas.

Aclaro: no pagué esa primera clase en Lufthansa. No hubo superávit de ricos en ese vuelo entre Francfurt y Bogotá, y como andábamos con el gerente, Herr Uli de los Andes, y éramos chicos de la prensa, el piloto nos ordenó pasar a primera. Eso de estar arriando first class a toda hora es una jartera.

Usted que no se baja de esa primera clase, sabe bien que uno se sienta y de una las azafatas le están embutiendo trago. Ese día me decidí por un trago de cuyo nombre no puedo acordarme (¿Americano?).

Era algo así como gasolina para aviones en el buche de un montañero nacido en un pueblo feo faldudo y frío. Y como Manizales, construido en la montaña, “contra la expresa voluntad de Dios”.

En par minutos este ateo de fin de semana que se desasnó algo con los Agustinos Recoletos de la Linda, a una jaculatoria de Manizales, estaba “volando”.

No me tocó hacer pipí como el “ruso” Depardieu, en pleno avión camino del baño, mejor dicho, donde lo agarraron las ganas. Tampoco hice pipí como su perra Camila: sobre algún tapete comprado por usted en Harrods, o en El Corte Inglés, de Madrid, adonde lo mandó el presidente Samper para calmarle sus ganas de defenestrarlo. (Es lo que dicen los samperistas, incluido Daniel, en una columna dominical en el santoral, donde le clavó par banderillas en todo el morrillo, mientras usted hablaba del mear, como derecho constitucional).

Ese día de mi debut en first class, me dieron ganas de hacer pipí y tranquilo agarré el camino del baño. Aproveché para mirar despectivamente a los pobretones de clase económica, mis hermanos de clase. (Quien los manda a no tener gerentes aéreos amigos. Los arribistas somos así).

Pero no contaba con que era la primera vez que entraba a un baño de clase de dedo parado y me demoré más de la cuenta en descubrir cómo abrir la puerta. Finalmente lo logré pero ya estaba como Depardieu. O como Camila. O como los dos. El riñón acosaba.

Entré y me encontré con una dificultad adicional. Nada que encontraba el aparatico ese para prender la luz. Y aquello (la meada) acose que da miedo.

Como no soy tan brutico –eso pensaba- al final logré dar a tientas con lo que creí era la taza del inodoro. Y empecé la evacuación de la gasolina para aviones que me había servido la valquiria de Lufthansa.

Solo que a veces sucede lo que no se espera. Lo que creí que era la tasa del inodoro era la pared. Lo sentí en los pies: claro, el producto de la meada empezó a regarse por todo el piso. En segundos tenía las medias mojadas.

Doctor De la Calle: creo que sentí el bochorno que experimentó usted cuando Samper le dijo que la embajada en España tenía otro dueño. O dueña: la Monita María Emma. La meada me pareció eterna, como la desfachatez de los corruptos.

No quiero alargar el chico porque usted tiene muchos clientes qué defender: pero salí del baño, con las medias empapadas y dejando marcados mis pasos que me llevaron a mi silla en first class cerca del chiquito Luis Alberto Moreno, presidente del BID, quien en ese entonces era un simple vendedor de comerciales de televisión. Quién iba a pensar que el menudo personaje alguna vez llamaría por teléfono a Patricia López, la bella, para pedirle que desocupara el clóset de la casa que compartían porque lo necesitaba para su sucesora… (Lo contó Patricia en la revista Cromos).

La travesía desde Alemania apenas empezaba. Como pude, me deshice de mis medias, me puse las que regalan a bordo y traté de desaparecer como ese oscuro personaje de Dostoviesky en “Pobres gentes” al que se le cae un botón y le gustaría morir. Ni siquiera el caviar que despaché acompañado de queso pornográfico y delicado vinillo blanco, muerto del frío, calmaron mi bochorno.

Muy desafortunado mi debut en first class. Desde entonces, me dejé de arribismos y no salgo de clase económica ni de fundas. Es más fácil que usted vuelva a acompañar a Samper en alguna fórmula.

Cordialmente, od

(www.oscardominguezgiraldo.com)

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