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OTRAPARTE: Elogio de los sastres

Por Oscar Domínguez Giraldo

Jotamario, el poeta. Foto el tiempo.com

Poeta Jotamario, disfruté en cantidades tu columna en El Tiempo del miércoles. Somos de los mismos, o sea, en nuestra hoja debida se mece altanera la Singer. Te comparto lo que escribí en su momento sobre nuestros sastres, incluidas mamá Geno, y Chucho Valencia. od


Elogio de los sastres

 

El hombre de internet debería tener librero, médico, jíbaro, abogado, párroco y sastre propio.

Los párrafos que siguen son un anoréxico homenaje a virtuosos de la aguja que nos visten “para podernos presentar decentes en la escena del mundo”, dicho sea con mi pariente Gustavo Adolfo Domínguez, Bécquer.

El reconocimiento es sobre todo para aquellos nostálgicos sastres sin prestaciones, sin asiento de voyeristas en primera fila de los grandes desfiles, con tijeras arcaicas en lugar de sofisticado láser, y sin anoréxicos centímetros en la prensa.

Los veo en sus garajes, radiantes, locuaces, trabajadores, ganando el pan con el sudor de una melancólica Singer que solloza como si fuera un bandoneón.

Que san Homobono, italiano, patrono del gremio, les mejore el currículo y la cuenta bancaria. Para colmarlos de regalos, el día clásico de los profesionales del dobladillo es el 28 de octubre.

Mamá Geno
Foto archivo particular

Dos sastres he tenido en esta encarnación: Mamá Geno quien en mi niñez confeccionaba mis pantalones bombachos con cargaderas, y Chucho, de quien fui conejillo de indias antes de que se convirtiera en uno de los dedales más diestros de la pasarela criolla.

Con mis bombachos no me cambiaba por Christian Dior ni mano a mano.

A su muerte, nuestra madre nos dejó en herencia su máquina Singer. Los seis hermanos nos turnamos el cachivache convertido en fetiche o ícono familiar.  A mí me toca dentro de dos años. No tengo prisa. Y cuando voy donde mi hermana Lucy, que la tiene por estas calendas, me saludo con la Singer, nos damos los buenos días y el besito de las buenas noches.

La nuera de mamá Geno, mi esposa Gloria, le dedicó óleo, que tengo aquí no más, cerca del computador.

En el campo sartorial  Chucho fue la prolongación de mi madre. A Jesús Valencia, Jeval en sus inicios, lo distingo desde los años setenta en Bogotá cuando éramos ricos sin plata, felices y documentados a medias.

Hoy se da el lujo de seguir a distancia, desde la comodidad de su hamaca caleña, eventos como Colombiamoda que reunió hace poco en Medellín a los grandes egos de la alta costura internacional. Sus herederos que han tomado el relevo están atentos al último berrido. Y le giran a papá.

Como la historia se repite, en mis primeros setenta años han reaparecido los bombachos con otra estética. Al igual que las golondrinas de Bécquer, también volví a las cargaderas o tirantas para que los calzones no sigan “cuesta abajo en su rodada”.

No es por contar plata delante de los pobres pero en mis mejores tiempos de reportero, mi oficio verdadero, Chucho fue mi sastre. Me ascendió a cliente tan pronto aprobé el curso de conejillo.

Con el sol a la espalda, aligerado de vanidades, renuncié a los sastres y simplemente espero que mi ropa vieja se ponga de moda otra vez.

Mi sastre y yo comíamos en la misma casa. La rica sazón corría por cuenta de doña Lucía Reyes una diminuta ráfaga boyacense ducha en el arte culinario.

Le atribuyo a las inspiradoras viandas que preparaba doña Lucía el éxito  de Chucho en su destino de sastre. Ella también tiene  acciones en la prosperidad sin plata de este aplastateclas tercermundista.

Estos ases de la aguja, acostumbrados a dar puntadas con y sin dedal, tienen poeta propio, el poeta Jotamario, cliente de Valencia, quien le cantó así a Chucho Arbeláez, su padre sastre: “Tú me diste las primeras puntadas de mi amor por la poesía”.

 

 

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