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Nuestra justicia maltratadora

Por Cecilia Orozco Tascón, Diario El Espectador, Bogotá

El escándalo del defensor y la exreina. Imagen las2orillas.co

Después del escándalo de acoso laboral y sexual protagonizado por el exdefensor del Pueblo Jorge Armando Otálora, las quejas por este tipo de violencia semioculta se dispararon en los medios.

Probablemente, las víctimas se animaron a rebelarse y a revelarles a los periodistas lo que han padecido durante su vida de trabajo, por el ejemplo que les dieron las personas que cayeron en las garras abusivas del abogado Otálora quien todavía y pese a todo, goza del apoyo de algunos de sus mentores y colegas de la carrera de Derecho. Vivir para ver.

Uno de los reclamos más sorprendentes es el que llegó a la Comisión de Acusación de la Cámara debido al fuero de la involucrada, y en donde no ha pasado nada desde cuando se recibió el caso año pasado, como suele ocurrir con el 99% de los procesos que reposan allí. Que no se mueva un expediente en el organismo que investiga a los altos dignatarios del país, no es noticia. Con todo y eso, parece insólito que los investigadores, en esta ocasión el representante Carlos Edward Osorio, no haya actuado rápidamente ante la delicada denuncia contra la que en ese momento ejercía como presidenta de la Sala Laboral de la Corte Suprema, vocera máxima del máximo tribunal que conoce los problemas entre trabajadores y empleadores o entre subalternos y jefes. La magistrada Clara Cecilia Dueñas fue señalada por la secretaria general de la misma sección, Dinora Durán, de tratarla con extrema crueldad verbal y psicológica; de desautorizarla delante de los subalternos de ambas funcionarias; de obligarla a permanecer de pie para acentuar su superioridad y de suprimirle funciones hasta el extremo de aprovechar la ausencias transitorias de Durán para firmar por ella documentos legales, sin su conocimiento. “La doctora (Dueñas) grita y manda a callar a la secretaria de la Sala Laboral de la Corte Suprema de Justicia, en público y por teléfono”, se lee en un aparte de la queja.

Cuando supimos que el defensor de nuestros derechos, de los derechos de las mujeres, de los de niños y de las minorías, tenía las características propias de un abusador de todos los anteriores, creímos que habíamos llegado al fondo. Estábamos equivocados pues un proceso por violar, no solo las leyes laborales, sino las de una simple relación entre humanos civilizados en el templo sagrado de la defensa de los derechos de los trabajadores, es mucho más de lo que esperábamos encontrar en la macondiana Colombia. Los meses pasan y el representante Osorio anda perorando sus intereses políticos, pero no le dedica un minuto a este, que sería un tema prioritario en cualquier lugar del mundo. Y falta revisar la conducta de otros togados de las altas cortes. Me informan quienes tienen por qué saberlo, que el maltrato en el palacio de Justicia (palacio y de Justicia, sí señor) y en otros tribunales superiores es casi un común denominador. No es extraño el magistrado que vocifera, “madrea”, amenaza y desprecia a los demás, empezando con sus empleados y terminando con sus homólogos.

Esta es la calidad de los hombres y mujeres que hemos permitido que asciendan a los altos estrados, postulados por los políticos de las coaliciones gubernamentales, unos, y otros por sus mismos compañeros a quienes solo les importa si los que van a sucederlos les guardarán la espalda y les serán fieles en causas inconfesables. La Corte Suprema dispone de varios ejemplares; el Consejo de Estado ya salió de unos (¡uf!), pero quedan otros. Del nivel del agonizante Consejo Superior de la Judicatura, no se diga nada. Y la Corte Constitucional… bueno, ya ustedes han oído hablar de Jorge Pretelt y sus andanzas. Si se comporta como sabemos, imagínense cómo les contesta a sus contradictores. Que Dios nos tenga de su mano si este es el retrato de nuestra Justicia.

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