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Nostalgia de la guerra

De la guerra a la política, la más positiva transformación de las FARC. Foto amazonaws.com

Mucha gente en Colombia sufre hoy una potente e irracional nostalgia de la guerra. Esta afecta sobre todo a los situados a la derecha del espectro, aunque no faltan los del otro cuadrante. Ninguno de ellos puede concebir un país sin amenazas armadas, específicamente la de las Farc. Sienten nostalgia de los tiempos en que la película venía en blanco y negro, en que unos tipos armados secuestraban, extorsionaban y arrasaban pueblos, mientras que los del bando opuesto masacraban y compraban políticos, y uno podía señalar el mal con el dedo.

Hoy las Farc están desarmadas (y el Eln va para allá). Eso no tiene vuelta de hoja. Piénsese en la lógica absurda que propone la derecha afiebrada. Dicen que las Farc entregaron 7.000 armas de gran calidad (fotografiadas hasta la saciedad y certificadas por la ONU), pero dejaron una cantidad mucho menor, digamos 1.000, para regresar a la violencia pronto. Esto sería una idiotez, y por poco que a uno le gusten los señores del Secretariado no los puede considerar idiotas. Porque si hacer la guerra con 8.000 fusiles y otros tantos guerrilleros era cuesta arriba y los condujo a la sin salida militar, ¿no lo será mucho más hacerla con los supuestos 1.000 fusiles que habrían enterrado por ahí?

Ah, sí, pero están los peligrosos disidentes, dicen no ya los voceros de la derecha, sino incluso miembros de redacciones radiales que uno esperaría sensatos. Los disidentes de las Farc son 326 para ser exactos, según la cifra que le oí a un general del Ejército en Blu Radio. Pues bien, así suene a que 326 son bastantes, en realidad son muy pocos. Suman algo así como el 4,6 % del total previo, si partimos de los 7.000 desmovilizados de las Farc, y eso que no estoy contando a los milicianos.

¿Y qué tal el miedo a que las Farc se fueran a tomar el poder por la vía electoral arrojando al país por el despeñadero del castrochavismo? Pues no será a través de la “Fuerza Alternativa Revolucionaria del Común”, o sea “la” Farc, el partido que fundaron. Aún no conocemos el programa, pero por lo visto no son ni siquiera comunistas a estas alturas. A juzgar por el congreso fundador, es un grupo que, como dijo en Twitter el quisquilloso Víctor de Correa Lugo, “se queda con el pecado y sin las armas”. Antes se mantenían unidos por una férrea estructura militar, en la que la deslealtad conducía al fusilamiento; ahora los une la inercia. La torpeza de preservar un nombre odiado por la gran mayoría de los colombianos habla en últimas de una unión precaria.

En fin, puede que hayan guardado bienes que por ley no les pertenecen. No es imposible que caigan en la tentación de usarlos en el futuro, perdiendo así los beneficios que obtuvieron en la negociación. Las Farc a la larga, y si no cambian, van a ser un peligro sobre todo para sí mismas. Lo único que en su imaginario las aislaba de la legalidad eran las armas. Sin ellas, son personas justamente del común a quienes se les puede aplicar la ley. Será una ley más benévola si se trata de hechos sucedidos en tiempos del conflicto, confesados y demás. De resto, será la ley ordinaria de ahora en adelante.

La mente humana muchas veces se rige por la inercia y, aunque parezca paradójico, uno puede sentir nostalgia del sufrimiento y de las calamidades, sobre todo si han durado décadas. Igual, habrá que irse acostumbrando a la paz, así los clichés se mueran de rabia.

andreshoyos@elmalpensante.com, @andrewholes

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