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Ni elevado ni troncal

Por Enrique Santos Molano, Diario El Tiempo, Bogotá

Ni lo uno ni lo otro. Solo la arrogancia de un alcalde. Foto olapolitica.com

Peñalosa ha tratado de sostener el proyecto del TransMilenio por la séptima a punta de mentiras.

Es difícil, si no imposible, concebir dos proyectos de destrucción masiva de una ciudad, como la denominada Troncal de TransMilenio por la avenida séptima (TTM7) y el metro elevado (ME) que se levantaría desde Bosa y se desplazaría por sobre la ya aporreada avenida Caracas hasta la calle 72, proyectos en los que está empeñada (y yo diría que enredada) la administración del alcalde Peñalosa.

Lo primero por preguntar respecto a esos dos megaelefantes blancos, que cada día generan más preocupación y oposición en los ciudadanos, es: ¿Son de alguna utilidad? ¿Son indispensables para la capital? ¿Van a mejorar la movilidad o la calidad de vida de los ciudadanos? ¿Harán de Bogotá una ciudad más atractiva, más agradable para vivir? La respuesta, por desgracia, es NO, así con mayúsculas.

En lo que atañe a la TTM7 no tengo necesidad de demostrar su inviabilidad. Ya lo hizo un funcionario insospechable del IDU en memorando, reseñado en esta columna, donde de manera técnica y científica demuestra, a lo largo de cuarenta y tres páginas, por qué no hay manera de hacer esa troncal por la séptima y cómo los proyectos y diseños presentados por la firma consultora Ingetec son papeles carentes de todo sustento técnico, que solo darían lugar a sobrecostos inimaginables. Recordemos que la consultora Ingetec es la misma que participó en el desastre descomunal e irreparable de Hidroituango, y algo similar le preparan a Bogotá. Ingetec también participa en los hasta el momento fantasmales estudios para el ME de Bogotá, primera línea.

¿Estos proyectos harán de Bogotá una ciudad más atractiva, más agradable para vivir? La respuesta, por desgracia, es NO.

La administración Peñalosa ha tratado de sostener el proyecto de la TTM7 a punta de mentiras. Que la obra no costará sino dos billoncitos. Que estará terminada y lista para ponerse al servicio de los afortunados bogotanos, en solo dos añitos. Que movilizará cinco veces más pasajeros que cualquier otro sistema de transporte. Que los buses serán Euro V amigables con el medioambiente y por ello los bogotanos respirarán un diésel amigablemente contaminador.

Todo falso. Un proyecto como la TTM7 no tardará menos de quince años en realizarse (si estamos de buenas) y provocará un desmadre de tal magnitud en el tránsito general de la ciudad (no solo de la séptima) que Bogotá quedará paralizada. El memorando del subsecretario de Infraestructura deja entrever que el costo final de la obra alcanzaría los treinta billones. Mientras que en el mundo se denuncia al diésel como el combustible que más contamina el ambiente, y en Europa se han tomado disposiciones para prescindir de dicho combustible antes del 2022, la administración Peñalosa quiere renovar los antiguos articulados a diésel por una flota de mil cuatrocientos articulados nuevos a diésel. ¡Vaya renovación!

La Alcaldía Mayor no ha explicado, ni jamás lo explicará, por qué motivo busca montar una troncal estoperoluda y absurdamente costosa por la séptima, cuando, bien con el tranvía eléctrico, o bien con los actuales buses que prestan el servicio con eficiencia extraordinaria, inaugurados por el alcalde Petro, la movilidad por la séptima es superior a cualquiera otra vía de la ciudad, incluida la Caracas.

Sobre el ME, el representante Germán Navas Talero y el concejal Hollman Morris han explicado, con sobreabundancia de pruebas legales y argumentos incontrovertibles, que esa obra es ilegal a todas luces. Su costo sería diez billones de pesos más alto que el del metro subterráneo, el cual cuenta con todos los estudios de rigor, aprobados en su momento por el Conpes y el Banco Mundial, y a los que nadie ha podido hacerles la menor objeción de carácter técnico o de inviabilidad. Si no hubiera sido por el capricho, la arrogancia y qué sé yo qué más, del alcalde Peñalosa, Bogotá estaría a punto de estrenar su primera línea de metro subterráneo.

Lanzar un ME por la avenida Caracas es la idea más loca que pueda salir de la cabeza de un sedicente urbanista. Se necesitaría, primero, desbaratar las estaciones de TransMilenio entre Bosa y la calle 72, y por supuesto, eliminar temporalmente ese servicio de transporte mientras dure la construcción del ME. Terminado el ME habría que reconstruir el TransMilenio por la Caracas, y entonces veríamos el espectáculo ridículo e inútil de dos medios de transporte que se estorbarían el uno al otro. El proyecto del ME en su primera línea no tiene pies ni cabeza, ni ojos, ni manos, ni nada.

Si no hubiera sido por el capricho, la arrogancia y qué sé yo qué más, del alcalde Peñalosa, Bogotá estaría a punto de estrenar su primera línea de metro subterráneo.

Volviendo al TTM7, el pasado primero de agosto, el Ministerio de Cultura emitió la resolución 2663 del 2018, por la cual resuelve “autorizar la primera fase de la propuesta (presentada por Ingetec) de intervención del Parque Nacional Olaya Herrera en el borde occidental del andén y la alameda existente del Parque Nacional, y las acciones de intervención en su zona de influencia”. El “proyecto de intervención” del Parque Nacional Olaya Herrera consta de tres fases.

No se sabe cuál de las tres es peor, pero el ministerio aprobó la primera, que es la que les interesa a la alcaldía y a la consultora Ingetec para construir la estación de la calle 36 y abrirles campo a los articulados de la troncal. La exposición del proyecto citada en la resolución 2663 del 2018 contiene tal cantidad de disparates urbanísticos y técnicos, que debería ser objeto de un gran debate público. Este debate podrá darse gracias a que la acción popular en defensa del Parque Nacional Olaya Herrera presentada por las doctoras Karin Irina Kuhfeldt Salazar y Helena Wiesner Tovar, y el doctor Carlos Augusto Lozano Bedoya, fue admitida por el tribunal Administrativo de Cundinamarca con ponencia del magistrado Óscar Armando Dimaté Cárdenas. De darse el debate público y prosperar la acción popular en defensa del Parque Nacional, Bogotá podrá impedir un magniparquicidio.

La licitación de los 1.400 buses para “renovar” la flota de TransMilenio es otra equivocación. Tomo de ‘El Espectador’ (16-08-2018) la siguiente nota: “Se están bajando del bus. Los ciudadanos cada vez migran más a otros medios de transporte. Según la Superintendencia de Transporte en el primer semestre del año bajó el número de pasajeros del sistema masivo. Se dejaron de hacer 82.782 viajes en TransMilenio y 118.824 en el SITP (buses azules)”. Como es muy probable que esta tendencia continúe, embarcarse en 1.400 buses, además de obsoletos, va a resultar de rentabilidad cero y en un deterioro grave de las finanzas de Bogotá. Eso lo ve cualquiera que espere un articulado en las estaciones de TransMilenio.

Por cada articulado que pasa en servicio, pasan cinco o seis con un letrero que dice “En tránsito” y que recorren sin pasajeros de un extremo a otro de la ciudad, de norte a sur y de oriente a occidente, o viceversa. ¿Estamos en el extraño mundo de subuso?

Bogotá no requiere troncal por la séptima, ni metro elevado. Nuestra ciudad está clamando por un sistema masivo multimodal de transporte, no integrado, que tenga como eje el metro subterráneo, con rutas en la superficie recorridas, con acuerdo a un plan, por tranvía eléctrico, TransMilenio, troles, tren de cercanías, etc. De otro modo la movilidad de la capital será más y más lenta y onerosa.

ENRIQUE SANTOS MOLANO

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