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Nacidos en noviembre: Gonzalo Castellanos, profesión cronista

Por Oscar Domínguez Giraldo

Tercero de izquierda a derecha, Gonzalo Castellanos en una tertulia del Café Automático. Foto directobogota.co

El santandereano Gonzalo Castellanos Martínez, es el único que ha cubierto su propia muerte… con la variante de que está vivo: el 6 de noviembre cumplió 89 años, de ellos 70 dedicados al periodismo que inició en El Siglo como linotipista. Como el azar ha estado de su lado, también en noviembre (el 11) los linotipistas – alquimistas del plomo- celebran su fiesta anual.

Su destino de reportero lo sorprendió el 15 de junio de 1979 a bordo del avión FAC 001 que fue ametrallado desde tierra cuando estaba próximo a aterrizar en el aeropuerto de Managua, en los estertores de la guerra entre sandinistas y somocistas. El aparato que llevaba 25 personas entre tripulantes y periodistas, tenía la misión de repatriar a 83 colombianos asilados en la embajada en la capital nica.

Mientras los periodistas de a bordo nos despedíamos de la vida, Castellanos y su camarógrafo Dagoberto Moreno, hoy productor periodístico de El Tiempo TV., activaron cámara y micrófono, y el Loco más cuerdo empezó a transmitir dentro del avión para nadie, para el olvido. Esa reacción solo la tiene un reportero purasangre.

Terminó narrando un trozo de historia porque tuvimos una segunda oportunidad: el aparato, con más de 20 impactos de ametralladoras calibre 20 y 50 aterrizó chorreando gasolina. Castellanos, de Málaga, Santander, se apuntó una gran chiva para su noticiero TV Mundo recordó su director, Manuel Prado, quien lamentó la pérdida de ese y otros archivos.

Se conserva la famosa entrevista de Castellanos a su amigo de tinto en el centro de Bogotá, un tal García Márquez, después del Nobel, noticia que cubrió en Estocolmo para el mismo noticiero.

Al día siguiente de la pesadilla en Managua regresamos salvos a casa. Nos recibieron con besos, no con gladiolos. Mejor estar vivos que ser héroes.

En su espléndido retiro, notifica que no escribirá más. Mientras estuvo en servicio activo se lució en radio, televisión y prensa. “No redacto un vale, no tengo computador, ni máquina de escribir, ni celular, no escribo ni a mano, se me olvidó escribir; sé hablar, medianamente”, insiste.

Practica la gimnasia de leer, leer, leer, su pasión de siempre. La última vez que hablamos acababa de comprar las obras completas de Dostoievski, en la edición de Aguilar.

Escuchar música clásica es otra de sus pasiones. Porque todo es pasión en el extrovertido aplastateclas. Levita cuando habla del Mesías de Haendel. Lo tararea. Regala a su interlocutor conciertos silbados de Beethoven, Bach, Mozart, Albéniz. “Eso es monumental” dice con todo su cuerpo.

Porque Castellanos habla hasta con la silla turca, no solo con las manos que en sus mocedades de cronista taurino utilizaba para torear a su perro que murió en un lance. Se estrelló contra la pared.

EL OFICIO DE CRONISTA

Laboró 16 años en El Tiempo. Su editor, Enrique Santos, le dio la clave: no escriba sobre economía, fuente que tenía asignada: lo suyo es la crónica. Y el abuelo Castellanos, dejó su huella de cronista en Cromos, Vea, El Espectador, Hit, Antena.

Viudo inconsolable de doña Luz Alba Valenzuela con quien vivió – y discrepó- durante 63 años, es mimado a morir por un matriarcado integrado por sus hijas Esther, Nubia, Pilar y Jimena. Les hace la segunda el único varón, su tocayo, también columnista de El Tiempo, otra feliz coincidencia. Gonzalo Júnior se ha convertido en el guardián y recopilador de su legado periodístico. De niño lo seguía a todos los cubrimientos.

“Fui un peón de brega; un reportero a sueldo. Nos le entregamos desnudos al periodismo”, me comentó Gonzalo viejo en una de las charlas en las que solemos “empanadear”, un verbo sobre el cual reclama paternidad absoluta.

El periodista-antologista Juan José Hoyos incluyó una de sus crónicas en su obra La Pasión de contar-El periodismo narrativo en Colombia 1638-2000 (Universidad de Antioquia), al lado de los grandes cronistas de todos los tiempos.

Sobre Castellanos comentó Hoyos para este perfil : “Me parece importante como cronista porque siempre fue un reportero de la calle”. En un bar (Serenata, cerca de la Catedral) consiguió la chiva de la visita de Pablo Sexto a Colombia.

También sabía conseguir chivas en los altos cenáculos. Tenía el palito para entrarle a los personajes, aunque Alfonso López Michelsen no le perdonó que lo llamara temprano a su refugio del edificio Antares, cuando Castellanos trabajaba en Caracol.

El compañero jefe se quejó ante el presidente Fernando Londoño quien lo destituyó. Los colegas caracoleros intercedieron por el defenestrado, y Gonzalo fue reintegrado pero no quiso regresar. Consideró chuleado el período Caracol. También laboró en Todelar.

Antonio Pardo García le dio la alternativa en 1962 en Caracol. Causaba furor su programa Cinco reporteros y el personaje de la Semana. El santandereano le cargaba la maleta. Pardo, reconoce Castellanos, le enseñó el ABC del oficio. Completó su exquisita educación consumiendo teletipos de AP, France Press y UPI, atento a la campanilla que alertaba sobre las grandes noticias. Y leyendo siempre. No concibe el periodismo sin lecturas intensas, estudio y dedicación absoluta.

“Pocos reporteros como él conocen el alma de los colombianos de manera tan honda: desde el campesino de Nariño hasta el indio guajiro, desde el cachaco santafereño hasta el llanero del Orinoco o el costeño de las sabanas de la costa Atlántica”, redondeó Hoyos quien ha está empeñado en volver libro el talento del cronista Castellanos.

EN EL PRINCIPIO FUE LA PALABRA

Gonzalo Castellanos, ahora lejos de la reportería y de las salas de redacción. Foto directobogota.co

Gonzalo Castellanos, ahora lejos de la reportería y de las salas de redacción.
Foto directobogota.co

Castellanos, un campesino más los fines de semana en Sesquilé (foto), donde “se reencaucha” espiritualmente con el aire muisca, en palabras de su hijo, siempre trabajó como si se fuera a acabar el mundo diez minutos después. En cada párrafo se jugó el pellejo. Vivió en eterno período de prueba.

Pero ahora, como no escribe, habla. Convirtió la conversación en una de las bellas artes. Una charla suya no solo es una lección magistral de periodismo, sino una crónica hablada tal vez porque piensa que “irse del periodismo es como irse de uno mismo”. Es periodista sin ejercer. Oírlo no da sueño. Abre la boca y está dando cartilla, sin ínfulas, como quien no quiere la cosa.

“No todo lo importante es lo importante”, suelta un tanto enigmáticamente quien escribía en El Tiempo sobre cosas comunes, simples, pequeñas, agradables. “Mal genio porque…”, era uno de sus secciones. Eduardo Mendoza Varela le publicaba cuentos en el Dominical.

“El periodismo es un oficio que nunca se acaba de aprender”, pontifica el hombre que alguna vez lució corbatín, como su hermano menor, Alfonso, otro gran heliotropo del periodismo.

Aprendió los rudimentos de la escritura en su terruño santandereano. En casa, (“éramos pobres, no miserables”, aclara), leían la Biblia, Genoveva de Brabante, y uno que otro libro más.

Su padre, todero, sabía escribir a máquina. Los campesinos lo visitaban para pedirle que les escribiera cartas de amor. El virus de la escritura se le fue pegando al pequeño Gonzalo, quien también levantaba textos en oficinas de abogados y en notarías. Se estaban activando los dedos y la imaginación del cronista.

En sus ratos de ocio, le hacía la segunda a su taita en la zapatería. Como veloz mensajero, entregaba telegramas. Claro que prefería ser portero del cinema paradiso de Málaga. Veía la misma película hasta quince veces. Se aprendía todos los créditos.

Con su cuarto de bachillerato en Málaga, emigró en busca del insomnio bogotano. Llegó a la capital en 1944. Lo acogió El Siglo de Laureano Gómez a quien veía en los talleres donde hizo los primeros pinitos en armada y en el linotipo. Luis Segura le enseñó los intríngulis de su destino.

También trabajó como linotipista en El Liberal que dirigió el viejo López Pumarejo.

“Él y yo trabajamos allí. Gonzalo hacía los titulares del periódico en la máquina lulow. Tuvimos una compañía de teatro. Él declamaba y yo hacía magia. Una vez terminó su presentación nadie lo aplaudió… porque yo le había desaparecido el publicó”, contó el mago-linotipista Guillermo El Mago Dávila. Aprovecho para desaparecer a partir del próximo punto. (Publicado originalmente en El Nuevo Siglo)

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