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Nacidos en agosto: Sir Bernardino, el exquisito

Por Oscar Dominguez Giraldo

Barba Jacob
  • Barba Jacob, por Bernardo Hoyos

Radialmente hablando, Bernardo Hoyos, el único londinense nacido en la fría y obispal Santa Rosa de Osos, Antioquia, murió en su ley cuando dirigía la Emisora de la Tadeo, 106.9 FM. Había nacido en esa ley oyendo emisoras de onda corta en radios de tubo que transmitían en idiomas extraños. Perplejos, los niños de entonces nos preguntábamos por donde se metía la gente para hablar desde esa cajita.

Profesionalmente, Hoyos, el exquisito, que cumpliría hoy 25 de agosto 83 años, se inició en una emisora de pedal en los sorprendentes años cincuenta: la de la Universidad Pontificia Bolivariana del famoso “Moncho” Félix Henao Botero. Asistido por el Espíritu Santo, Henao Botero lo había descubierto y fichado para su causa radial después de escuchar su voz que no daba sueño.

A veces los purpurados pecan y empatan. Henao Botero se encargaría de poner de patitas en la calle al hombre que caminaba, sonreía, se hacía el nudo de la corbata, se amarraba los cordones, y a partir de esos actos subalternos irradiaba cultura.

Lo hacía de una forma espontánea, a la manera de los cultos de verdad: sin que se le notara, sin dárselas. Por eso lo perseguían los premios de periodismo culturales que coleccionaba como las divas coleccionan amantes desechables.

Monseñor lo destituyó porque lo encontró “culpable” de que en una escasez de material, hubiera autorizado que se pasara por su emisora un programa de la BBC de Londres en el que se hacía la defensa de método de control natal en la India.

Eso iba contra el mandato bíblico de crecer y multiplicarse, que en Antioquia se aplicaba a rajatabla. Era demasiado para un Monseñor godito de amarrar en el dedo gordo.

Fue tal vez la única vez que Bernardino, como dice su cédula que se llama, fue separado de su cargo. Todos pujaban por tenerlo en su nómina. O en una informal  tertulia de café, en un restaurante, haciendo cola para entrar a cine, en una primera comunión, en el más encopetado club, en la corrida de un catre.

Cuando ingresó a la Academia Colombiana de la Lengua, lo hizo de la mano de Woody Allen a quien citó en su improvisación – feliz como todas las suyas- para evocar sus primeros  “días de radio”.

En el caso de este gentleman de todo el maíz,  en el principio fue la palabra. Era un conversador de profesión, de los que sabía escuchar, y hablar cuando le tocaba. Sus interlocutores salían enriquecidos lícitamente de su ámbito. Provocaba dictarle auto de detención para exprimirle información y escucharlo.

Me tocó ser testigo de excepción la vez que un poeta de la calle, lo abordó para entregarle unos poemas. “¿Cómo le parecieron los  que le entregué en otra ocasión?”, le preguntó el desdentado bardo, seguramente con muchos almuerzos embolatados. “Todo poema es importante”, fue la respuesta de Hoyos quien prometió leer la producción de su interlocutor que se esfumó, feliz, con la respuesta.

Contaba que tenía un amigo taxista que lo transportaba a veces. No tenía inconveniente en regalarle entradas para los conciertos.

O sea, tenía empatía con los de arriba, el centro y los de abajo. Como también le gustaba toda clase de música, de cine, de literatura. Era su forma de vivir desmesuradamente. Coqueteó largo y tendido con la publicidad.

En Londres, una ciudad que rimaba con su elegancia, y donde le servía la ropa de la gélida Santa Rosa, creó un parche de amigos paisas que se reunían solo para hacer croché en antioqueño.

Podría haber cobrado para que lo escucharan. Además, convirtió en aliada una cuasiceguera que lo hermanaba con Borges, quien recordaba la magnífica ironía de Dios que le dio al mismo tiempo los libros y la noche. Una certera lupa le ayudaba a combatir esa anticipada noche.

En su terruño santarrosano madrugó a pulirse en la lectura de Don Quijote, Proust, y en otros clásicos que había en la biblioteca de su padre notario.

Don Luis y la costurera doña Olivia Pérez, sus padres,  le inculcaron el amor por los libros.

Casi por accidente, más bien por pragmati$$$mo paisa, estudió leyes en la Bolivariana donde escribió una tesis de la que nadie se acuerda: “El derecho en la España visigótica y la obra jurídica de san Isidoro de Sevilla”. (De san Isidoro es esta perla que le oío al maestro Bernarndino: “El hombre que no ríe es capaz de mater a la madre”).

Su gusto musical, escribió José Daniel Ramírez Combariza, “era tan grande como su espíritu. Música gregoriana, el mundo del barroco encabezado por Juan Sebastián Bach (su hijo lleva ese nombre), los grandes románticos, Claude Debussy, la canción napolitana, el lied, la música sacra de todos los tiempos….”.

Ese repertorio formó parte del concierto de despedida que le brindaron en el auditorio de la Universidad Jorge Tadeo Lozano, el último escenario de su andadura. Lleno a reventar, por supuesto. Los asistentes lucimos un botón en la solapa con su efigie.

Todos los temas que abordaba, por más profanos que fueran, se valorizaban bajo su batuta. Con el caldense Iván Amaya, su amigo de bohemia intelectual y etílica en el Medellín de los años cincuenta habló en una ocasión en los 106.9  sobre las múltiples versiones del tango “Triste Domingo”.

 O se explayaba con el envigadeño Mario Rivero – una tractomula llena de poesía urbana-  en “sesudas” controversias para tratar de dilucidar si tal gato de un cuadro de Botero “vivía” en los prostíbulos de las mellizas Arias o en la casa de Marta Pintuco, con quien se encontró una vez en el aeropuerto de Londres. Quedamos en que si la encontraba alguna vez, la entrevistaríamos entre los dos. (¿Dónde andas, Marta?)

Como los caballeros de la Edad Media, el maestro Bernardo trató de servir a su dama, doña Constanza Montes, la niña de sus ojos que veían más allá de la luz.  Su gran aspiración era ser recordado como buen padre de Juan Sebastián.

En el nombre de su único vástago  prolongó su devoción por Bach,  el cantor de Leipzig. En la  bella oración que leyó en las exequias, Juan Sebastián le hizo el reconocimiento que quería: lo graduó como un padre de excepción. De Sir Bernardino,  como de muy pocos, se puede decir que no lloramos su muerte, celebramos su vida.

 Entrevista con Bernardo HOyos.

Alguna vez entrevisté al maestro  Bernardino  para la revista Carrusel, de El Tiempo:

Y LA TIERRA TEMBLÓ

 

  • ¿Cuál es su primer recuerdo de niño, ese despertar que le notifica que usted hace parte del planeta tierra?
  • Un temblor de tierra hacia las once de la noche.  Todo el mundo salió de la casa y volvieron por mí cuando había pasado el temblor.  Nunca supe qué pasó, pero me pareció la larga hilera de la calle real, llena de gente, muy curiosa para la hora.
  • ¿Qué tiene del Hoyos y qué del Pérez?
  • Todo.
  • ¿Cómo recuerda su memoria el Santa Rosa de Osos de sus primeros años?
  • Apacible, atardeceres como los de Nápoles. Frío y transparente.
  • ¿De qué tipo son las primeras influencias que recibe?
  • Lecturas de mi padre.
  • Papá y mamá ¿qué clase de línea le tiraban?
  • Línea discreta y tolerante.
  • ¿Es de suponer que de niño, los primeros versos que se le quedan grabados en el disco duro son los de Barba Jacob, su paisano?
  • No necesariamente, porque era un poeta medio maldito.  El primer verso que recuerdo es: “Patria, te adoro en mi silencio mudo”.
  • ¿Qué ventaja tienen los nacidos en Santa Rosa sobre los demás mortales a la hora de disfrutar poetas como Barba, Rogelio Echavarría, Darío Jaramillo Agudelo?
  • Ninguna, porque poetas buenos hay en todas partes.
  • ¿O dejaron más huella en usted las homilías de Monseñor Miguel Ángel Builes?
  • Cuando uno conoce a Barba, y es de Santa Rosa, ya es el poeta que se queda
  • ¿Qué características le ve a su terruño sobre los demás pueblos de Antioquia?
  • Todos los pueblos son iguales para el cultivo de la imaginación infantil.
  • En que momento el joven Bernardo se dice: ¿Ya está bien de Santa Rosa: vamonós… y arranca para Medellín?
  • En 1949
  • En alguna forma es traumático o mágico ese tránsito del campo a la ciudad?
  • Es normal porque no se trataba de campo, campo, sino de ciudad a ciudad más grande.
  • ¿Pertenece a la cofradía de quienes fueron sacados con espejito de su tierra natal?
  • No.
  • ¿Ese Medellín que le tocó vivir de estudiante cómo lo describe?
  • Vital, movido, con buen cine, con buenos conciertos, con muchachas muy bellas y cafés para tertuliar.
  • Comparando la primaria, el bachillerato y la universidad con los de su hijo Juan Sebastián ¿quién sale ganando?
  • Cada quien gana según aprovecha lo que se le da para estudiar.  No veo cómo el bachillerato que hice en la Bolivariana podría ser inferior al mejor que se haga hoy. 
  • ¿Por qué opta por la Bolivariana?
  • Porque un cuñado había estudiado en ella y me recomendó entrar allí.  No me pesa.
  • ¿Qué le llama la atención de la carrera de derecho que tan poco ejercería con el correr del tiempo?
  • Su visión humanística, y la ocasión que da de entrar a muchas cosas de la cultura.
  • ¿El derecho para qué, maestro Bernardo?
  • El derecho para tratar de tener una visión de la justicia y practicarla.
  • Pero la Bolivariana de “Nos” Félix Henao lo enrutó por los caminos de la cultura, la radio… ¿Cómo es ese cuento?
  • Sí. El rector me dio la oportunidad de entrar a radio Bolivariana.
  • Primero Santa Rosa, luego Medellín. ¿Qué circunstancias lo llevan a liar bártulos y arrancar para Bogotá?
  • Este era el centro de la publicidad y por eso me orienté. Medellín ha sido siempre un terreno difícil para quien entra a una empresa y demuestra alguna inquietud intelectual. Eso lo miran como idealismo poco práctico y poco aterrizado.  Con excepción de Carlos J. Echavarría, quien fue mi jefe en Diriventas y después en Bavaria. 
  • ¿Se considera un auténtico bogoteño: mitad bogotano, mitad antioqueño?
  • No.
  • ¿Comparte esa definición de cultura: “Cultura es lo que queda después de haberlo olvidado todo”?
  • No de olvidarlo todo, sino lo que resta después de haber leído.
  • Desde su óptica ¿qué es una persona culta?
  • Quien mejora la condición humana.
  • Sus primeros días de radio fueron a bordo de un Zenith Transoceánico, un RCA Victor, un Telefunken o un General Electric?
  • Un Philco
  • ¿Se preguntó alguna vez, de niño, por dónde se mete la gente que habla por la radio?
  • No.
  • ¿Fue fácil para usted hacer el tránsito del radio a la televisión que llegaba en la década del cincuenta?
  • Fue fácil, porque seguí haciendo algo que creo lo sabía: preguntarle a la gente.
  • ¿Cuáles de esos viejos programas de radio y televisión le alborotan las nostalgias?
  • Teatro del aire, de Coltabaco.
  • ¿Se dijo por esas calendas: algún día hablaré a través de esos dos chécheres?
  • ¿Por qué no?
  • ¿Se ha sentido más cómodo haciendo radio o televisión?
  • La radio es menos convencional que la televisión.
  • ¿Estos dos medios no le han dejado tiempo para escribir?
  • Yo he sabido siempre que no soy escritor.  Apenas un cronista sin intención literaria.
  • ¿Cómo han sido sus relaciones con esas mujer fatal de la cibernética que es la Internet?
  • Muy malas.  No la utilizo. Sé para qué sirve y quienes me ayudan la utilizan muy bien.
  • Uno se lo imagina siempre a usted en compañía de su amante, la cultura. ¿En qué tiempo sacó espacio para enamorarse, casarse, tener un hijo?
  • Todo eso también es cultura: cultura de la vida.
  • ¿Enamoró a su esposa (Constanza) con su pinta o con su prosa?
  • Nunca supe, pero no fue con la prosa, ni tampoco con la pinta.
  • ¿Fue de los de serenata debajo de una ventana y tal?
  • No.
  • ¿Su esposa y usted siguen siendo alfiles del mismo color?
  • Ella es una dama y yo trato de servir a mi dama, como en la edad media.
  • De pronto Bogotá también le queda chiquito. ¿En qué momento decide salirse del cuero y arrancar para Londres?
  • Fue ocasión única, en 1971, y la aproveché muy bien, nueve años.
  • ¿Sus mejores y peores recuerdos de la City londinense?
  • Todos son buenos.
  • ¿No lo calumnio si digo que es usted el único londinense nacido en Santa Rosa de Osos?
  • Londres me sirvió mucho, pero no cambió mi forma de ser.  No podría definirla, ojalá fuera auténtica.
  • Un cliché define a Londres como una ciudad siempre lluviosa, de habitantes jartos. ¿qué hay de cierto en todo eso?
  • Quien se cansa de Londres se cansa de la vida, decía el Dr. Johnson
  • ¿En qué forma la BBC, para la cual usted trabajó, le mejora el currículo cultural?
  • Yo habría pagado por trabajar en la BBC, para aprender.  Me pagaban bien, aprendí mucho y siempre decir en la vida: “Estuve en la BBC”, sirve y se aprecia.
  • Hablar de Bernardo Hoyos es hablar también de música. ¿Hay un recetario especial para encaminarse por los lados de la música clásica para hablar solo de esta modalidad?
  • No, oírla siempre con atención y explorar cada día nueva música.
  • El cine ha sido otra de sus debilidades. ¿Ese matrimonio con la pantalla grande cómo se da?
  • Mi primera película fue “El gran vals”.  Por asuntos visuales no lo disfruto tanto como antes, pero me interesa mucho y es parte de mi vida profesional porque veo cine con ayuda de un asistente, para verlo mejor, y poderlo comentar.
  • Precisamente en una película que seguramente ha visto muchas veces (Casablanca) Humphrey Bogardt dice que el mundo lleva dos whiskies de retraso. Podríamos decir que lleva dos Dry Martinis de retraso. ¿Nos puede revelar su fórmula para preparar este trago?
  • Hay muchas fórmulas, cada quien tiene la suya. Es cuestión de intuición y de prueba, al final cada quien da con la suya.
  • ¿Qué libros no ha leído?
  • Todos con excepción de unos cuantos  que son indispensables para la experiencia de mi vida.  No importa el número que se lea.  Importa sí leer bien y leer lo mejor.
  • ¿Reencarnaría en una radio, un televisor, un libro o una película?
  • No creo en la reencarnación.
  • Borges bendijo la ironía de Dios que le dio al mismo tiempo los libros y la luz.

    ¿Cómo ha manejado el tema de la mala visión que le ha deparado el destino?

          –     Lo importante es leer así sea con lupa y con dificultad.

  • Lo oye uno a usted muy a gusto en la Emisora de la Tadeo, de la cual es director. ¿Motivos para escuchar su emisora?
  • Tiene buena música, buenos colaboradores, variedad, trata de estar actualizada, tiene buena radio internacional por satélite.  Y ojalá buen gusto e interés continuo para oyentes que se interesan en este tipo de radio.
  • Me decía alguna vez que pocas ciudades como algunas colombianas se dan el lujo de tener hasta cinco emisoras culturales. ¿Cómo se da este fenómeno?
  • Hace cinco años estamos en Internet. Colombia carece de muchas cosas pero es muy rica en buena radio cultural.  Las universidades se han interesado.  La radio Nacional fue muy buena y podría volver a ser muy buena y claro está, vino un caso único en América Latina, armar una emisora privada y comercial como la HJCK.
  • No lo imagino dedicado al ocio pero ¿qué hace cuando no hace nada?
  • Leo.
  • ¿Por qué desea que lo recuerden?
  • Como recomendaba don Jorge Manrique a su hijo: por ser un buen padre de familia y no dejarse dominar jamás por la ira.
  • ¿Qué se le ha quedado entre el tintero?
  • Todo.

    MENSAJE A BERNARDO HOYOS

    Maestro Bernardo, salud.

    Que lucida tan titina se pegaron su señoría y la emisora de la Tadeo con el CD en honor de su paisano Barba-Jacob. El matemático Isaza, el rector, debe estar que brinca en una raíz cuadrada. O en un logaritmo. O en alguna fórmula de Einstein.

    Mejor celebración de su premio Simón Bolívar – se estaban demorando en otorgárselo- no se pudo haber inventado con ocasión de los 25 años de la HJUT 106.9. Ni que hubiera sabido lo que le venía pierna arriba en materia de premios.

    Solo le faltaron las voces del Papa, el maestro Angulo, el dueño de una pirámide y  García Márquez para “decir” (el verbo que decidió escoger en la presentación) algunos de los poemas de don Ricardo Arenales.

    Hasta el maestro Fernando Botero, acosado estos días por los alcabaleros italianos, aportó su cuota: un dibujo a lápiz del atormentado Barba, biografiado por el terrible Fernando Vallejo quien con su voz de montañero perpetuo nos “dijo” su Lamentación de octubre.

    Un colega de Barba, don Belisario Betancur, el marido de Dalita, prestó no sólo su voz arzobispal para recitar (para no reincidir en el decir) La canción de la vida profunda. También aportó un pequeño ensayo para enriquecer el CD que sigue la tradición creada por el productor Howard Sackler, según nos recuerda en su presentación.

    Estuvo más bien parco a la hora de su protagonismo, en el CD, maestro Bernardino, como le dice su cédula: con su voz de locutor estrella de la BBC, nos deleitó tacaños treinta segundos –ni uno menos-  con la Cancionilla.

    Hay hallazgos felices en ese popurrí de voces: Octavio Arizmendi (La tristeza del camino) todavía no había pulido su voz de monseñor del Opus Dei en el asfalto.

    Que no falten otros ilustres paisanos y colegas suyos y de Porfirio a la hora de lucirse: el transeúnte Rogelio Echavarría y Darío Jaramillo Agudelo.

    Muy buenos los 4’42 segundos del maestro Álvaro Mutis con su Balada de la loca alegría.

    Al poeta santarrosano le habría gustado la interpretación que nos brinda el poeta William Ospina de fragmentos de Acuarimántima.

    Y quién se iba a imaginar que el académico de la luenga lengua, don Daniel Samper Pizano, tenía vena de “decidor” de versos. No se petaquió la Lamentación de Octubre, justo es reconocerlo.

    Sorpresa grata, la de doña Martha Senn, la de ojos miel, contándonos el Árbol Viejo.

    Claro que para mí gusto, el sobresaliente entre todas esas voces es la bogotanísima de Gonzalo Mallarino Botero.

    Fue una nota, como decimos los jóvenes que marcamos con el seis adelante, volver a escuchar al maestro Abelardo Forero Benavides en su Canción de la soledad.

    El sonido del CD muy bueno, para qué. “Confieso que he vivido” pero confieso que no me habría chocado ni cinco alguna buena música de fondo.

    Espero que se vendan hartos cedés para que se nutra el Centro Cultural Porfirio Barba-Jacob de Santa Rosa de Osos.

 

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