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Nacidos en abril: Chaplin

Por Oscar Domínguez Giraldo

Unos van a la ceca. Los musulmanes prefieren La Meca. Un cristiano es capaz de quedarse sin un peso para pagar el bus de regreso a casa con tal de visitar Tierra Santa. Los hindúes añoran un duchazo en el Ganges. A otros les da por tirar piedra. En Londres, quise conocer la casa donde creció Charles Chaplin.

No me inmuté por conocer a ninguno de los 18 herederos a la corona británica; tampoco me desveló poner mi reloj con el Big Ben que está con la hora del Espíritu Santo, que a su vez está con el reloj de arena de la eternidad.

Le quedé mal a más de un té a las cinco en punto de la tarde con la Reina Isabel. Aplacé mi visita al bohemio barrio Soho. Casi me quedo sin ir al exclusivo Harrods, cerca de la embajada de Colombia. Nada de fotos en el 10 de Down Street con los guardias para descrestar ex novias de regreso a la rutina.
Mi ilusión era conocer la buhardilla del 3 Pownall Terrace, o el primer piso del 287 de Kennington Road, donde transcurrió la infancia de Chaplin, nacido hace 128 abriles, el 28, para hilar delgadito. Es artículo de fe que somos la suma de las calles que hemos vivido. El barrio que amamos nos persigue como si fuera una huella digital adicional por si se extravía la del dedo.

Ian, el rollizo y rosado taxista irlandés que nos dio la pésima noticia de que Kennington ya no existía, nos indemnizó con un apunte que “revaluaba” la teoría de otro Carlos británico, el naturalista Darwin: el hombre no desciende del mono, desciende del árbol donde se trepa el mono…
Pero del ahogado el sombrero Derby que formó parte de la indumentaria de Charlie. No conocí la casa donde tomó tetero por primera vez, pero tuve la ocasión de saludar a esa leyenda apellidada Chaplin en su sancta sanctorum del humor en el MOMI, el museo de la imagen que tantas localidades ha agotado en Londres, la ciudad diez como una mujer perfecta.

En el MOMI está todo el abecedario de la imagen desde cuando la mujer inventó el espejo – y su carnal la coquetería- mirándose accidentalmente a un lago donde buscaba lo que no se le había perdido: su eterno femenino.

Y allí, en el MOMI, está Chaplin, tímido como un cartujo, pero demostrando la existencia de Dios a través de su espléndido humor que nada tiene de mudo: lleva el acompañamiento musical del estupor, las lágrimas y las risas que siempre ha producido su arte. Chaplin descubrió que entre la tristeza y la alegría no hay más distancia que una lágrima.
Leyendo “Mis primeros años”, su autobiografía en la que no se da ninguna licencia humorística, es seria como un frac, sorprende saber que el mayor actor de la primera mitad del siglo XX, según la Asamblea Mundial Cinematográfica (1950), vivió en condición de pobreza absoluta.

A él y a su hermano Sidney les tocó sobrevivir de la biografía de Hannah, su madre inmensa, de “expresión suave y ojos azul violeta”, o del recuerdo de su padre, en quien Charlot (para los franceses) reconoció “una excelente voz de barítono”.
Quizá en esa temprana vida de privaciones está la explicación de la universalidad de su genio e ingenio. Esta dualidad la reflejó certeramente Chaplin en cintas como “Luces de la ciudad”.

Cuando vi en el MOMI sus pantalones baggy, sus zapatos grandes de vagabundo, el bastón de caña y “el bigote que no me ocultaba la expresión”, y que luego copiarían millares de hombres en todo el mundo, -incluido mi abuelo Carlos Domínguez- concluí que si el hábito no hace al monje el traje hizo a Carlino, para los italianos.
En su personaje expresó su concepto del “hombre corriente, de cualquier hombre, de mí mismo”.

Sicólogo del mundo, en su autobiografiía revela la receta para ser un virtuoso en su oficio: “Haber tenido los ojos abiertos y la mente dispuesta para captar todos los hechos y sucesos utilizados en mi labor, y al mismo tiempo haber estudiado la naturaleza humana, pues sin su conocimiento habría sido imposible mi trabajo”.
Primero oí hablar de Chaplin; después devoré su autobiografía. Sólo después vi sus películas. Algo así como pasar del ateísmo a todos los dioses. De la anorexia a su antípoda la bulimia. Valió la pena la espera.

Mientras miraba su traje en el MOMI y lo veía actuar con Mabel Normand, o hacer piruetas en El Circo, junto a Merna Kennedy, hice mía, para dedicársela a Chaplin, la frase que le soltó una dama a Groucho Marx, cuando se lo encontró en la calle: “Por favor, señor, no se muera”. (La anécdota la cuenta el cómico en su “Yo, Groucho” que también recomiendo).
Carlitos nace en toda sonrisa. Vive en cada lágrima. Feliz eternidad, señor Chaplin. Usted desplazó al Corazón de Jesús de la sala de mi casa. Y de mi pequeño hábitat vital.

No le quito más tiempo a su espléndida eternidad que empezó a disfrutar un 25 de diciembre cuando murió en Corsier-sur-Vevey, Suiza. El día de su nacimiento (abril 16) también nació otro grande de las tablas, Peter Ustinov. Como los epitafios – como los poemas- no son del muerto sino del que los necesita, ambos podrían compartir el epitafio preferido de Ustinov: “Favor no pisar la yerba”. O, éste, de otro colega de los dos, Groucho Marx, mencionado antes: “Señora, perdone que no me levante”. (Esta nota que ha sido ampliada, fue publicada originalmente en El Colombiano. La foto reproduce una escultura en alambre de Chaplin en Santa Teresa, barrio de Rio).

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