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Nacidos el 21 de enero: Juanjoséhoyos, cronista mayor de Aranjuez

Por Oscar Domínguez Giraldo

Foto aérea del barrio Aranjuez, Medellín. El Colombiano

Me senté en gallinero, bien atrás, cerca de la puerta de salida para huir despavorido en caso de aburrición extrema. El truco es viejo pero esta vez no lo tuve que utilizar.

En esa feria del libro bogotana permanecí en el pabellón José Eustasio Rivera hasta raspar la olla de la presentación del libro “La pasión de contar”, de Juan José Hoyos, una especie de Sherazada nacido en el barrio Aranjuez. Lo es en la medida en que la columna dominical en El Colombiano lo deja a uno antojado de la que viene.

En primera fila estaban la viuda de Germán Pinzón, la viuda de Arturo Alape y su hija, y otra hija de Felipe González Toledo, todos cronistas de las grandes ligas y protagonistas centrales del libro que más vale tener en la mesita de noche. (En la foto, a partir de la derecha, el che Reynaldo Spitaletta, Juan José García, Juan José Hoyos y Óscar Domínguez, jurado de un premio de periodismo universitario, convocado por El Colombiano, de Medellín).

El libro de Juan José, comprado con sustantiva rebaja en el pabellón de la Universidad de Antioquia en dicha feria, lo presté pero la persona que lo tiene nada que me lo devuelve. “¿Su nombre? Sí lo sé más no lo digo”. Queda notificado. Sólo diré que compartimos el mismo hotel mamá…

Allí estaban esa noche Gonzalo Castellanos y Germán Castro Caycedo, otros duchos en el oficio. Entrevistaron a Hoyos, Mary Luz Vallejo y Alberto Salcedo, dos colegas que se la traen como aplastateclas y maestros del periodismo.
“Ser periodista es como tener que poner un huevo todos los días”, le confesó a JJ, cronista mayor de Aranjuez, barrio que compartimos, el mexicano Jorge Ibargüengoitia. También lo mata Boris Pasternak, autor de El doctor Jivago. Se lo oí en entrevista que le hizo un martes la periodista Ana Cristina Restrepo en la emisora de la Cámara de Comercio de Medellín (95.9 FM).

JJ enseña a poner los huevos más grandes y más redondos. No se guarda nada. Cuenta la receta completa, como esas abuelas que revelaban sus secretos de cocina a la nieta preferida. El que no le deba algo al hombre que vive un reposado sabático en ese Cartagena paisa sin mar que es Cisneros, Antioquia, que avise para graduarlo de pinocho empedernido.
En su oficio, el que ha practicado o enseñado, se guía por la “doctrina” del mejor reportero del mundo, el polaco Ryszard Kapuscinski: “Una mala persona nunca puede ser buen periodista”. Como la caridad entra por casa, JJ es buena persona y un duro de la crónica, la joya de la corona del periodismo.

Ñapa
gonzalo-1Una charla con Gonzalo Castellanos

En el texto anterior decía que entre los que asistieron al lanzamiento del libro de Juan José, estaba Gonzalo Castellanos, a quien sus amigos le decimos dizque Loco. Tremendo cronista el santandereano. Solíamos almorzar con el propósito de evitar que el mundo se acabara. El gran Nacho Ramirez, era de la partida. De la cháchara de esos almuerzos le di en su momento el siguiente parte a Juan José Hoyos, interesado en editar las mejores crónicas del hombre:

Juanjosé, saludos mil.
Almorcé con Castellanos Martínez Gonzalo, casado con Luz Alba Valenzuela.

Gonzalo se mantiene en sus quince: nada de publicar un libro con sus columnas. Dice que lo que escribió no vale la pena de que sea convertido en libro. Agregó que sacan 200 libros, le dan 60 al autor, y ahí está el lío para buscar a quien regalárselos.
Prefirió hablar largo y tendido de su niñez sin agua y sin luz en casa, de su condición de aprendiz de zapatero, uno de los múltiples oficios de su padre. Fue aprendiz de cartero y de notario y de abogado: levantaba a mano los textos que le pedían sus jefes que, a cambio, le daban unos pesos.

Fue asistente de su padre, portero de cine. Luego, padre e hijo, ascendieron a proyectoristas. Veía la misma película quince días seguidos. Se aprendía todos los créditos.

En su casa, no había radio (sin luz no hay radio). El primer radio se los regalo su hermano Alfonso a sus padres, cuando se vinieron de Málaga para Bogotá.

Su padre también era escribidor de textos para enamorados. Dice Gonzalo que su taita no tenía mucha idea de escribir, pero que los campesinos recurrían a él porque sabía escribir.

En su casa tenían la Biblia, Genoveva de Brabante y uno o dos libros más.

El agua la compraban. O iban por ella al río. O a unos chorros, donde también tomaban agua los caballos.
“Éramos pobres, no miserables”, cuenta el Gonzalo, mientras despacha cigarrillos Pielrojas a la lata. (Le gorrié dos o tres, con tinto).

“Estoy viejo, sí, soy un viejo. No tengo dinero. Pero tengo salud”. Y le mira los cuartas traseros a las muchachas que pasan. Me hace participe de las nalgas de fulanita de tal.

Después del almuerzo (espaguetis carbonara él, yo, cordon bleu, en un restaurante de Usaquén (Los gatos), cómodo para bolsillo de pensionados). Luego nos sentamos a tomar café en vaso desechable. Que no falte el Pielroja. No ofrece cigarrillo pero yo me las arreglo para coronar el pucho.

De pronto se nos arrima un joven, cámara en mano. Nos pide permiso para tomarnos una foto. Gonzalo, medio bravo o bravo entero, dice rotundamente que no. El retratero empieza la retirada. Intervengo: No jodás, Gonzalo, dejá que tome la foto de dos viejitos. Somos parte del paisaje.

A regañadientes, Gonzalo accede a la foto. El hombre solo toma una, y se abre del parche.

Hemos, hablado, tieso y parejo. Muy divertido. Recuerda su venida a Bogotá, en el año 44, luego su ingreso a El Siglo, donde conoció a Laureano Gómez. Aclara que no hablaba con él. Lo veía llegar a los talleres a revisar cómo iban las páginas.

Luego fue aprendiendo el oficio de periodista. Antonio Pardo García le dio la alternativa en Caracol. Lo acompañaba a grabar “Cinco reporteros”. Dice que Pardo le enseñó el oficio en buena parte.

Fue compañero de tinto de García Márquez, cuando los dos eran felices y documentados.
Le dice Gabriel, sin mayores ínfulas. Eso sí, le tiene todo el respeto y admiración del mundo. “Qué escritor”, dice con todo el cuerpo.

Y nos remitimos a Estocolmo, donde coincidimos en la entrega del Nobel a Gabo. La pasamos del carajo. Y trabajamos como si se fuera a acabar el mundo. Luego pasamos unos días en París. Gonzalo le hablaba al taxista en pedazos de francés, restos de inglés, minucias de italiano y español de Málaga y de Bogotá.

Con Gonzalo también me tocó cubrir una noticia en la que casi morimos: sobre Managua, los sandinistas, o la guardia de Somoza, le dieron bala al avión Hércules de la FAc en el que habíamos ido a repatriar como a 70 colombianos que estaban asilados en la Embajada. La idea era regresar el mismo día. Solo pudimos hacerlo al día siguiente, cuando remendaron el avión con esparadrapos. Los unos les echaban la culpa a los otros.

Cual mineros chilenos, estamos vivos de milagro, vos, Juanjosé.

Me habló, claro, de su devoción por la música clásica. Se orina a chorritos cuando habla del Mesías de Händel. Lo tararea. Me regala con conciertos de Beethoven, Bach, Mozart, Albéniz. “Eso es monumental, maestro”.

Eso hace, escuchar música y leer. Hace poco compró en una librería de viejo las obras completas de Dostoievsky, en una vieja edición de Aguilar. ¡200 mil pesos! pagó el hombre por el segundazo, tres tomos.

Quedamos de repetir palique. Me prestará el casete de la grabación que le hizo a García Márquez, en México, cuando le dieron el Nobel. Hasta allá viajó.

No sé si fue ese dia u otro, pero recuerdo que me dijo que vive enamorado de los paisas. Que lo atendieron del carajo las dos veces que fue por encargado de Enrique Santos a echar a Jaime González. Gonzalo se declaró incapaz de echar a un periodista de las calidades de Jaime.

“Fue fácil para mí ser buen periodista en Medellín: todos me ayudaron”. Y se dejó venir con una orgía de adjetivos elogiosos del paisanaje.

Todos lo cuidaban, le llevaban cosas al hotel Veracruz. Le prestaban plata. “Este es Gonzalo Castellanos: cuando necesite plata, usted se la presta”, le ordenó el dueño del hotel al que manejaba la caja.
“Qué gente, estoy enamorado de los paisas”, insistió.

En fin, una rica velada con este cronista de alto vuelo que se niega a dejarse meter en un libro, pese a que le reiteré que si él colabora, tú le editabas su menco volumen.

Quedamos de encontrarnos para comer empanadas. “Para empanadear, ¿qué tal el verbo?”, me preguntó. Le dije: “Del carajo el verbo. Te llamo luego para que empanadeemos”.

Nos abrimos del parche después de dos, tres horas de cháchara. Oirlo no da dueño. Leerte a vos, Juan José, tampoco. Felicitaciones en tu cumpleaños.

Od

 

 

 

 

 

 

 

 

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