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 Miércoles de las ciudades: Montevideo

Por Oscar Domínguez Giraldo

Montevideo, capital del Uruaguay. Foto Gray Line Tours

 ¿Y ya que estamos tan bueno en Buenos Aires por qué no nos vamos para otra parte?, nos preguntamos, muy a la colombiana, mi señora y yo. Un buque y algo más de 300 dólares nos llevan a Montevideo a través de ese río que presume de mar, según Mario Benedetti. Pena nos da con la capital uruguaya dedicarle menos de 24 horas, pero no nos perdonaríamos ningunearla del todo. El Río de La Plata es tan imponente que da la sensación de que el mar desembocara en él, y no al revés

Dejamos aplazadas visitas a la librería El Ateneo, la Biblioteca Nacional con los libros que no vio Borges, una sala de ajedrez donde se jugó un mundial, el célebre café Tortoni, el teatro y otras ricuras que nos graduarían de intelectuales puros en tierras forasteras.

Optamos por el viaje después de cerciorarnos en diez fuentes distintas que quienes protestan contra el establecimiento de una papelera en la frontera, no tienen ropita como para bloquear el crucero en el río más ancho. (Le decimos así – crucero- porque también lo es, y para sentirnos en la Costa Azul o en el Mediterráneo. En la práctica, el Río de la Plata es otro Mediterráneo. Sólo le falta el Serrat que lo cante. A propósito, el catalán anda por estos pagos bonaerenses. A Serrat los tenemos en sus canciones. Montevideo es mejor en vivo, no virtual. Sería como hacer el amor por correspondencia).

Después de llenar los papeles que manda la burocracia, llegamos a Puerto Madero, como perro de ricos, en el puesto de atrás del inevitable taxi. Otro descreste este puerto de agua dulce. Como Nueva York, Londres o Barcelona, la tierra de los ches  convirtió Puerto Madero en fortín comercial y turístico. ¿Qué tal que gaucholandia tuviera dos mares como Colombia? No le hablarían a nadie. No acaba de sorprendernos esta ciudad.

Una vez, en Washington, este negro cometió la burrada de confundir dos señales de tránsito cruzadas que decían: one way, con el nombre de un barrio. Aquí vuelvo a meter las de caminar: lo que creo que es la sala de espera del barco, es el barco. Lo vi como un campo de fútbol. Tal vez por eso me sentí tan bien. Seis horas largas,  ida y regreso, nos llevará este viaje en el que perderemos la virginidad fluvial.

A bordo, por fin, veo niños. Ya me estaba preocupando por el futuro de un país sin su cuota de bajitos. (Leemos en Clarín que uno de ellos, Joaquín,  3 años, de Belgrado, le preguntó a su abuela: ¿Cuál es el brazo derecho de un zurdo?) Tal vez no hemos visto niños por las vacaciones. Aquí se multiplican y convierten el barco en una guardería bulliciosa.

Al buquebús le caben 610 pasajeros con sus virtudes,  defectos y complejos de Edipo y Electra. También hay espacio para 108 autos con sus placas. Unos y otros se acomodan en  74 metros de largo y 20 de ancho. El cachivache vino a lomo de olas desde Tasmania, Australia. Para la travesía que nos espera, que no le falten uno solo de los 22.000 HP (no son hijueputazos) de fuerza.

Hasta ahora no conocía más nudos que los de mis zapatos. Pues bien, 38 nudos (199 kilómetros) nos separan de la capital del Uruguay, país que ya casi es nuestro con sus 170.000 kilómetros cuadrados y apenas 3.200.000 charrúas. (De paso averiguaremos si es cierto lo que decía un gaucho: “Che, ¿por qué será que siempre que me encuentro con un argentino buena persona, me resulta uruguayyyyyo?”. Además de río y el mate, ambos países comparten sevicia con las pobres letras y y ll).

Para variar,  el  primer anuncio que escuchamos  es el relacionado con la inminente apertura del shopping de a bordo. Aquí encontramos una discreta referencia a la “nacionalidad” uruguaya de Carlos Gardel: en una cuchara para revolver el azúcar está la cara del Zorzal. (El verbo que se inventa Gloria es “chopiniar”. Esperamos que lo acoja el Diccionario de Dudas. A propósito, el nieto de un amigo argentino suele comentar lo siguiente cuando su madre y su abuela salen: van a comprar cosas necesarias que no necesitan). Serán míos un morral para mis trotes de solitario, unas alpargatas y una gorra de pensionado con plata. No sé si me voy pareciendo a la ropa que tengo, o al revés. También los amos que terminan pareciéndose a sus perros. Pero sigamos.

Alegría: nos sentamos al lado de un lector que devora Miguel Strogoff, de Verne, uno de los autores de mi infancia y “jodentud”. Dan ganas de proponerle charla al vecino, pero nos castiga con el policía del desprecio.

En Montevideo, capital de la suiza suramericana, nos esperan dos personas del millón 200 mil habitantes que tiene la ciudad. Se llaman Silvia y Ariel, sin más poesía. Solo sabremos que estudiaron juntos en sus mocedades que empiezan a ser remotas.

Debido a un retardo imprevisto, Silvia, quien admite tener 52 años, debe enfrentar  un incruento motín  a bordo del que pronto sale avante. Será la más eficiente de las guías que nos trastearon durante nuestro periplo.

Desde un principio nos midió el aceite, nos vio cansados, cuasidormidos. Para despertarnos nos cantó tangos, incluido  “Malena”. Me perdí de su melodía  porque estaba roncando. Su interpretación ha debido ser feliz porque como la heroína del tango famoso de Manzi y Demare, la pequeña ráfaga uruguayyya  tiene “voz de alondra”.

Nos tira línea tieso y parejo, incluida esta precisión: los uruguayos son pocos pero brillan en todos las expresiones del espíritu. Y de las patadas: han sido campeones mundiales de fútbol. Esto nos lo recuerda cuando pasamos por el viejo estadio Centenario.

Al lado de la ruidosa Buenos Aires, Montevideo es una apacible ciudad. A diferencia de su vecina, Montevideo no admite edificios altos en su hoja debida. Incluida nuestra locuaz interlocutora, los demás charrúas que nos encontraremos en la ruta, son amables, descomplicados, orgullosos, con el ego en sus justas proporciones. Ni uno solo se ha suicidado arrojándose de su ego, como dicen de sus vecinos.

A los empleados de los centros comerciales se les salta la piedra porque no pagamos en su moneda. Nos late que lo consideran un desplante. Aquí perdimos matemáticas pues fracasamos en la conversión de las distintas monedas. Corríamos el peligro de pagar en pesos argentinos o dólares, y recibir los vueltos en pesos uruguayos y nuestro regreso a Montevideo (y a Baires) puede ser tan remoto como un picnic en el Polo Norte. Para curarnos en salud, pasamos vírgenes por sus shoppings.

En las playas montevideanas, el Río  de la Plata es más mar que otra cosa. Cada vez creo menos el cuento de que este mundo de agua es un río. Media ciudad se ha volcado sobre la playa. Silvia parece tener la explicación reina sobre el porqué a semejante mar le dan estatus de simple río: porque si le decimos mar, se viene todo el mundo a pescar  en sus aguas. Que viva el Río de la Plata que lleva  un mar en su pasado, presente y futuro.

Por supuesto, “nuestro prócer, Artigas”, tiene monumentos en todas partes. También sabemos para toda la vida que Montevideo es la ciudad del mundo con mayor número de monumentos.  Hasta Confucio, con sus ojos rasgados de tanto filosofar y comer arroz, tiene su estatua. Nos quedamos un día más, y clasificamos para estatua.

Mientras ametrallamos la bella ciudad con nuestras cámaras, Silvia se explaya sobre lo divino y lo humano. Los varones domados miramos para otro lado cuando cuenta que su país fue el primero en otorgar el divorcio a la mujer. Con esta variante: para otorgar el divorcio era suficiente el deseo de la mujer. Ahora, si él quería divorcio pero ella no, el hombre tenía que seguir yendo por la leche , el mate y el pan a la tienda de la esquina. De la que nos escapamos…

En realidad, a lo largo de nuestro turismo chatarra como lo llamó un “enemigo íntimo”, nunca tan pocos dependimos tanto de solo dos uruguayos, Ariel y Silvia quien nos acomodó un amable regaño por aparecer en su país solo como fugaces cometas Halley. La frágil Silvia – con aires de Natalie, la guía del canción de Bécaud- dice que nos espera para una larga temporada  en la que tengamos a Buenos Aires de segundona,  tal vez para ir a ver las hermosas jacarandás del verano que me encantaron desde mi óptica de daltónico que confunde el color morado con un policía de tránsito.

Como no somos cuerpos gloriosos, almorzamos opíparamente. En el estómago  desaparecen una merluza y un bife, para comparar. Salen perdiendo con sus vecinos gauchos. Pero no nos metieron gato por liebre. El tiempo se nos agota y Buenos Aires nos reclama a gritos.

Hay lleno hasta las banderas en el barco Sea Cat donde nos entretenemos con las noticias televisivas. Con el rabillo del ojo seguimos la polémica alrededor del viaje a Francia  de Cristina Kirchner, la mujer que duerme con el presidente. Pese a la controversia, la Hillary Clinton de la pampa, hará el costoso viaje. Si todo sale bien para las dos minas, pondrán al servicio de sus países lo que aprendieron de sus maridos bajo las cobijas, cuando no se dedicaban a hacer muchachos.

En par minutos estamos dormidos. Somos una ciudad menos ignorantes: Montevideo. (Enero de 2007)

 

 

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