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¡Miércoles… de ceniza!

Por Oscar Domínguez Giraldo

Miércoles de ceniza, rito católico. Foto ytimg.com

¿Alguien tiene un solo amigo productor de ceniza? In illo témpore, el miércoles de ceniza era el único día del año que dominaban el mercado. Aprovechaban sus quince minutos de fama 40 días antes del inicio de la semana santa. El miércoles era el único día del año en que estos exóticos productores comían distinto, nada de proletario almuerzo ejecutivo.
Pero los tiempos cambian, decía Perogrullo.

Mi tío Google, pariente rico de Wikipedia, jura que “la ceniza es elaborada o extraída de los ramos benditos de la semana santa anterior, es decir, los del domingo de ramos, estos se incineran y de ahí sale la santa ceniza”. Poco romántica la explicación pero sigamos antes de que se acabe el mundo.

El signo de la cruz que nos pone el cura el miércoles de ceniza es un epitafio que nos recuerda que somos fugaces. Apenas un estornudo de eternidad. Pasamos como el extra de radial de hace un minuto.

En el reloj de pared de la eternidad, duramos lo que dura el eco, esa papel periódico breve que no necesita rotativa. Vivimos tan rápido que tenemos amnesia del segundo que acaba de pasar a mejor vida.

Nos recuerda la ceniza que hoy somos y mañana no aparecemos ni en el pasa del periódico. De pronto en la página de obituarios si los costos de las exequias no dejaron exhaustas las arcas para anunciar que no nos esperen más en el bar.

El “memento, homo” (acordáte, pues, hombre) que recita el sacerdote frente a esa pared de carne y hueso llamada frente, es la notificación anual de que la vida se acaba pronto, como los fósforos de palo.

Somos clínex desechables en las manos del tiempo.

“Vivo sin vivir en mí, y tan alta vida espero, que muero porque no muero”, cantó Santa Teresa, en esos boleros sin guitarra que son sus poemas de amor a Dios.
Y las “Coplas a la muerte de mi padre”, de Manrique, tienen la equivalencia del miércoles de ceniza cuando nos recuerdan “cómo se viene la muerte tan callando”.

Los antiguos laureanistas sólo se acuestan después de recitar esta oración: “Somos una brizna en las manos de Dios”. La usan como una especie de conjuro para ahuyentar la pelona, uno de los tantos alias de la muerte.

Antes la gente se aplicaba más la ceniza que nos invita a bajarnos de la nube de nuestra vanidad, a no enfermarnos nunca de importancia.

Hoy por hoy, el miércoles de ceniza sacamos disculpas para escurrirle el bulto a ese momento en que el cura se convierte en Botero de brocha frágil y nos dibuja el famoso y certero epitafio: el signo más. Para uno menos.

Quienes se hacen cremar, “y crece la audiencia”, se están anticipando a aquello de: “Polvo eres y en polvo te has de convertir”.

Del célebre poeta “Caratejo” Vélez, de Titiribí, Antioquia, es la siguiente décima sobre esta efemérides:
Te vi una cruz en la frente
Hoy Miércoles de Ceniza
Y me causó mucha risa,
Pues me acordé de repente
De aquel cura inteligente
Que con ademán sereno
Y un poquito de veneno,
Con una gran alegría
Al ponértela decía:
Eres polvo, ¡pero, ah bueno! (Publicada inicialmente en El Colombiano)

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