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Mi vida a los 67 años

Por Gonzalo Mejía García, MD de Manizales

Foto revistacorrientes.com

 

Algunas personas tenemos la costumbre de ir acomodando en el plato pequeñas porciones de los distintos ingredientes de la comida, dejamos un último bocado para cerrar con la máxima fruición esa fiesta cotidiana de comer que implica disponer del recurso pecuniario para obtener esos alimentos, del recurso biológico para oler, degustar, masticar, digerir, y del recurso espiritual para celebrar, agradecer, sentir todas las esencias y compartir con personas amadas o en su defecto disfrutar de la magia de la soledad.

 

El comentario viene al caso porque en asuntos de vitalidad, de salud, a mis 67 años, que alcanzo hoy, muchas reservas biológicas se están agotando, así:

La piel, ese manto protector de casi dos metros cuadrados de superficie se adelgaza, se repone con más lentitud de las agresiones y traumas, se lastima más fácil con el sol y los oficios rudos, y debemos actuar en consecuencia, para conservarla.

Imagen minglano.es

La visión se dificulta para cerca por la pérdida de elasticidad del cristalino, ese gota gelatinosa transparente que en la juventud de acomoda para ajustar la visión de acuerdo a la distancia y que con el paso de los años, además de perder la elasticidad que le permite hacer la acomodación, va siendo infiltrada por proteínas, colesterol, y otras sustancias que la van esclerosando y enturbiando llevando a la presbicia y a las cataratas, eso lo corregimos con gafas de fórmula positiva, milagrosas lupas que aproximan las imágenes pequeñas a nuestra necesidad y si la opacidad es mucha con cambio de cristalino natural por una lente intraocular. Las lágrimas, ese hidratante maravilloso se empiezan a escasear y viene con el transcurso del día la sensación de resequedad y ni qué decir de la retina que se torna más frágil y proclive a desprendimientos y desgarros.

La audición también se debilita, la exquisita oxigenación que requiere el oído interno para mantener la audición y el

equilibrio empieza a escasear y lleva a la presbiacusia y los vértigos, esto no es constante pero sí muy común, y además de acuerdo a la contaminación acústica ambiental o laboral, el oído medio también pasa su cuenta de cobro.

El cabello se hace más delgado, frágil y pierda hidratación, la densidad de cabello por superficie disminuye, los folículos pilosos se aflojan y la pérdida del mismo es más acelerada y fácil.

Las articulaciones se van estrechando por deterioro de los cartílagos, el líquido sinovial intra articular se escasea y la movilidad se lentifica y se torna por momentos dolorosa, como al momento de la incorporación.

Los huesos se van adelgazando y perdiendo densidad, las fracturas se producen con más facilidad, las vértebras se deshidratan y pierden altura y los discos intervertebrales se van adelgazando y la estatura corporal disminuye y disminuye.

La mucosa gástrica se va atrofiando y esa maravillosa licuadora que es el estómago va perdiendo potencia, la digestión es más lenta y por consiguiente la ingesta debe ser cada vez más moderada en porciones y tipo de alimentos.

El intestino al igual se va cansando y su naturaleza se debilita facilitando la formación de divertículos.

La dentadura se va debilitando en su sistema de sostén gingival que no resiste la escasez de hormonas sexuales.

La producción de insulina por la cabeza del páncreas también se escasea y por consiguiente es fundamental economizar ese recurso evitando los alimentos de alto índice glicémico como el azúcar, la panela y la miel.

Se agotan todas las hormonas y con respecto a ese último bocado que mencionaba al comienzo, a los hombres por estas alturas de mi vida nos quedan las últimas gotas de testosterona y simultáneamente la próstata se empieza a manifestar con los síntomas de su hipertrofia natural, entonces vienen los medicamentos que inhiben esa hipertrofia como la tamsulosina pero también el finasteride que de algún modo frena la actividad androgénica, entonces cuando se usa

ese medicamento, es como cuando en la mesa otro comensal nos asalta y se nos come el último bocado.

Y llegamos a esta edad prevecta, con todos esas pérdidas, incluida la degeneración del sistema nervioso central en especial expresado en fallas mnémicas.

Y así, con todas esas huellas y cicatrices del recorrido existencial es cuando mejor sabe la vida, podrá fallar la memoria pero crece la consciencia, es cuando el amor se puede expresar en todas sus dimensiones, es cuando se agradece de veraz por todo lo que llega y sucede incluidas las frustraciones y pérdidas, es cuando más se valora el silencio, más se disfruta el sueño, más se respeta al otro y se le acepta, es en mi opinión el mejor momento, el último bocado.

Todo lo anterior también es para decir que 67 años si son mucho tiempo y también mucha fortuna alcanzarlos, que llegan así, de pronto, que por curiosidad los observo desde afuera, pero que en general no me importan, no me pesan, ellos van marcando el paso y sí los oímos y aceptamos con gratitud solo queda sentir y vivir hasta que la llama se apague y amar/servir hasta que el corazón se reviente.

Y la vida se acaba, esa es la mayor maravilla, y si eso lo tenemos siempre presente, cada instante será una fiesta.

 

 

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