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Mecánica nacional

Por Rudolf Hommes, Diario El Tiempo, Bogotá

La paz en los territorios que dominaban las FARC. Foto telemundo47.com

El Gobierno dejó pasar inexplicablemente la mejor oportunidad que ha tenido de consolidar la paz.

Laura Gil dijo en su columna de la semana pasada en este diario que la paz contiene todos los elementos de una tragedia griega desarrollada a la colombiana, y tiene mucha razón. Es una buena idea, sobrediscutida, excesivamente regulada, exageradamente combatida, inadecuadamente planeada y muy mal ejecutada. Es un acuerdo de buena fe entre dos bandos, con tramposos en los dos lados tratando de anularlo.

 El Gobierno dejó pasar inexplicablemente la mejor oportunidad que ha tenido de consolidar la paz cuando no tomó posesión o control del vasto territorio de la nación que devolvieron las Farc. En consecuencia, continúa la violencia en esos territorios e impera un desorden mayor que el que existía cuando eran controlados por las Farc, Nadie ha explicado coherentemente por qué dejaron que esto sucediera.

Prevalece una actitud de desencanto y escepticismo frente a la paz que hace que la ciudadanía sea más proclive a dejarse influenciar por las dificultades observadas que por las que no han sido aprovechadas, o se vislumbran como inciertas, y persista en no tener en cuenta las atrocidades de la guerra.

En las últimas semanas se han revelado hechos y noticias que contribuyen a ese malestar. Existen intermediarios que cobran por gestionar con el Gobierno los contratos de ejecución del posconflicto, y los programas no se están adelantando con suficiente diligencia. El número de personas que viven en los campamentos de las Farc ha venido disminuyendo por falta de oportunidades. Administradores de la JEP han intentado conceder contratos de servicios a dedo, comprometiendo vastos recursos. Afortunadamente, la presidenta y una magistrada de esa institución pararon esos contratos. No se espera que la administración de la JEP haga lo mismo que los burócratas de la justicia ordinaria, o que los administradores del posconflicto compartan los defectos de la burocracia tradicional.

En otro país sería probablemente inconcebible que una persona que forma parte de la cúpula de un grupo que estuvo más de 50 años en rebelión, que aspira a que se le suspendan las penas por actos cometidos durante el conflicto y a mantener curules en el Congreso dé la papaya que dio el señor Santrich reuniéndose con topos de la DEA. Si lo hizo antes de que el acuerdo quedara en vigor o, peor aún, si lo hizo después, es una estupidez y una irresponsabilidad inexplicable que genera un alto nivel de desconfianza.

La opinión pública y los medios de comunicación no han reaccionado bien. La responsabilidad legal que tiene la JEP frente a la actuación de Santrich ha sido cuestionada sin razón, aunque su presidenta ha explicado con toda claridad que el papel que le corresponde a esa institución en la investigación de los hechos reportados por la Fiscalía es comprobar cuándo ocurrieron. En los medios domina la opinión de que esto demora la extradición de Santrich, como si ya lo hubieran juzgado y la legitimidad de la JEP estuviera en duda.

Laura Gil, en la columna mencionada, dice que antes de Santos estábamos resignados a la guerra y no creíamos en la paz. Pero que el Presidente cometió “el error de juicio” de cambiar esto cerrando la negociación en La Habana. Con esto selló su destino y se hizo acreedor a todo lo que le ha sucedido después. Como no se esperaba que una persona de su clase llevara a cabo eso, quedó “a merced del odio y la sed de venganza” de los suyos. Y los colombianos “quedamos confrontando nuestra propia mezquindad”. Esta vez, sin embargo, tenemos una oportunidad, todavía concreta, de exorcizar la maldición para evitar ese destino eligiendo un presidente comprometido inequívocamente con la paz, que tome partido por los débiles sin recurrir a ‘mermelada’ o tratar de destruir las instituciones.

RUDOLF HOMMES

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