Al instante

Me encontré en la vida con el Nobel

Por Oscar Domínguez Giraldo

Foto archivo particular ODG

No me aguanto las ganas de recordar de nuevo mi encuentro en diciembre hace 35 años con el Nobel García Márquez en las Europas.

 Lo malo de encontrarse uno con figuras como Gabito, como le dice su entorno caribe, es que ellas no se encuentran con uno. Si le hubieran preguntado al aracataquense si conoce a este garrapateador de cuartillas habría respondido: “Jamás he visto a semejante lagarto”.

En Madrid, donde lo vi por primera vez en esta encarnación, descubrí que tenía algo en común con el Nobel: el fabulista tenía los ojos en la trastienda, fruto del jet lag y de un prolongado viaje desde México. Yo también los tenía empiyamados después de volar Bogotá-Madrid, en gallinero, arriando first class en un avión lechero de Avianca que finalmente descargó su mercancía humana en París y Estocolmo.

Creí que esa coincidencia sería útil para mejorar mis habilidades de “palabrotraficante”. Falso.

Nos “volvimos” a encontrar en Estocolmo. Mientras firmaba autógrafos le tomé fotos con una cámara del paleolítico que después de esa faena se negó a retratar más.


Foto archivo particular ODG

En la gráfica aparece don Gabriel con el maestro Escalona y con dos paisas montaraces: Nacho Martínez, de Santa Rosa de Osos, quien terminó haciendo de intérprete del Nobel y bailando con La Gaba, su esposa, y el coronel ®Nolasco Espinal, de San Pedro, acusado de ser espía de la CIA.

Nacho quería hacer relaciones públicas entre los rostros de madera de la Academia para que le otorgaran el segundo Nobel para Colombia con un libro sobre Monseñor Miguel Angel Builes… que nunca escribió.

El coronel Nolasco todo lo que quería era posar al lado de Gabo y no morir después. Pero ya no nos acompaña el coronel.

Defendí a mi coronel del cargo de espía pues compartimos habitación en el Amaranteen Hotel. Lo único insólito que le vi era que todas las noches dejaba lista su maleta por si estallaba la tercera guerra mundial y había que salir corriendo.

Nobel aparte, lo que más impresionó de la entrega del premio fue la nieve, el metro y unas bailarinas de estriptís del cabaret Le chat noir, tan bellas e inverosímiles que sería inelegante pedirles un beso, o un desdén. Más obsceno habría sido pedirles “aquellito”.

Los de Macondo regresamos sin bajar bandera, sexualmente hablando. Las liberadas suecas nos ignoraron. No se nos tiraron en plancha. Yo estaba aceptablemente preparado para una violación. Regresamos a casa sin internacionalizar la libido.

También conocí en Estocolmo el frío reencarnado en copitos de algodón. Le dicen nieve. Valió la pena vivir solo por conocerla. “Hola, nieve, fulano de tal, un amigo más”, me le presenté, a la usanza antigua.

Pero cuando conocí el metro me olvidé por completo de García Márquez. Bueno, no del todo porque tenía que justificar los viáticos. Espero que esta columna no la vayan a leer en Estocolmo, porque se enterarían de la tremenda colombianada (avivatada) que hice.

Ayudado por mi traductor y cómplice bogotano, tomé en calidad de préstamo un sofisticado equipo de comunicaciones con el que transmití completa para Radio Súper la ceremonia de entrega del Nobel desde mi habitación. Después lo devolví: “No me sirvió”, les hice saber a los vikingos. Quedaron perplejos como un queso pornográfico.

Ni para qué contar que transmití en directo el que presenté como un nuevo cuento de Gabo, dizque escrito para la ocasión ¿¡): “El ahogado más bello del mundo”. Brutico que es uno. (Estuve en la fiesta en la Casa del  Pueblo con Gabo a bordo, al día siguiente de la entrega del  Nobel. De ese viaje solo queda la foto que adjunto, tomada de un video en dicho lugar. Hay un cuadro en el que aparezco con el Nobel, pero lo perdí. Si alguien lo tiene, por favor…).

  • Hurgando entre mis desordenados papeles encontré la traducción que hice para Colprensa, donde devengaba,  de una entrevista de García Márquez  a Paris-Match. Olvidé poner la fecha de la entrevista en el texto que conservo. Por el contexto que llaman, el Gabo tenía 66 años y su última novela era “Del amor y otros demonios”. El imposible Sherlock Holmes “que me habita” me dice que la entrevista habría sido hecha en 1993.   

    García Márquez en Alemania

    El mundo se acaba con uno

    Hamburgo, mayo 21 (Colprensa-vía DPA) El premio Nobel de Literatura, Gabriel García Márquez, afirmó que “el amor es mi única ideología” al hablar en una inusual entrevista de 40 minutos para la televisión alemana.

    París-Match entrevista a García Márquez:

    “El amor es mi única ideología”

    (Entrevista de Olivier Royant)

  • ¿Qué siente cuando termina un libro?
  • En general, una gran satisfacción. Pero para esa “nueva” novela –nunca digo “la última”- no sé por qué, sentí un terrible desconcierto, como el de un actor de teatro. No tuve el valor de mostrarle el manuscrito a mis amigos. La respuesta del público me tranquilizó.
  • ¿La adoración que siente por usted una parte del público vuelve más difícil la tarea de escribir?
  • El fenómeno comenzó con “Cien años de soledad”. Era un peso muy grande. Todo el mundo esperaba una segunda parte que no vino jamás.
  • ¿Por qué escogió Cartagena como sitio para construir su primera verdadera casa?
  • El clima allí es perfecto. Es muy ecológico. No me gusta el frío. Me demoré treinta años para encontrar el sitio para la casa ideal. La quería en la ciudad vieja con vista al mar. No quería conservar nada.
  • ¿Dormirá en medio de sus personajes?
  • La casa se construirá sobre el viejo cementerio del convento de Santa Clara, donde transcurre la intriga de mi última novela “Del amor y otros demonios”. Yo crecí aquí y cuando escribo sobre Cartagena, es como si escarbara en mi memoria y en mis recuerdos de infancia para ver qué puedo encontrar.Gabo periodista
  • ¿En Cartagena debutó usted como periodista?
  • Sí, a los 20 años, de regreso de Bogotá, me presenté al periódico local, El Universal. Les dije que había escrito algunos cuentos y que quería ser periodista. El Jefe de Redacción me hizo sentar a la máquina de escribir y me pidió que elaborara un despacho. Leyó la primera línea. La tachó toda. Me hizo recomenzar. De nuevo corrigió casi todo, pero al final lo publicó. Al cabo de los días, tachaba menos y menos, hasta que no me corrigió más. Así me volví periodista.
  • Para usted, ¿el periodismo es siempre “el oficio más hermoso del mundo”?
  • Trabajo actualmente en un libro que llevará ese título. Los periodistas se niegan a aceptarlo, pero el periodismo es un género literario completo, como el teatro, la novela o la poesía.
  • ¿El escritor consagrado suele hacer reportajes?
  • Hace poco quise ejecutar un proyecto que había acariciado durante mucho tiempo: irme a una pequeña localidad donde el pan envenenado intoxicó a toda la población para escribir la historia de esas gentes. Pero pronto entendí que al tercer día toda la prensa colombiana estaría allí y que yo me convertiría en el centro del reportaje.UNA NECESIDAD VITAL
  • Sus amigos dicen que para usted “escribir es como respirar”, una necesidad vital…
  • Es cierto, es lo que más me gusta en el mundo. Nada me puede impedir que escriba. La escritura ocupa todos mis pensamientos.
  • ¿Cuánto tiempo puede pasar sin escribir?
  • Nunca más de un día. No hago pausa entre dos libros. Una vez termino, se impone que me ocupe de nuevo, porque tengo las manos calientes en ese momento. Si las dejo enfriar, está mal. Tendría que volver a empezar a escribir de nuevo.
  • ¿Es un escritor matinal?
  • Sí, me levanto todos los días a las cinco de la mañana y leo durante dos horas. Lo hago en ese momento porque durante el resto del día no tendré tiempo de hacerlo. Generalmente, corrijo lo que he escrito la víspera. No me releo la misma tarde porque no dormiría tranquilo. Continúo pensando durante mi sueño.CERRAR LA TIENDA
  • ¿Y después de las dos horas de lectura matinal?
  • Hago una hora de tenis y luego tomo un ligero desayuno. Trabajo entre las nueve y las dos de la tarde. Conservo los horarios español y mexicano. Almuerzo a las tres de la tarde y, para mí, la jornada terminó. ¡Cierro la tienda!
  • Olvida mencionar la importancia de la ducha en su creación artística…
  • Ah, sí, la ducha (risas). Bajo el agua se me vienen las ideas, es el lugar donde encuentro la inspiración. Hace poco, cuando el “Washington Post” me preguntó sobre la duración máxima de mi ducha, respondí que “diez minutos”. El periodista americano pareció decepcionado
  • A sus 66 años jamás había sido tan prolífico: novelas, memorias, ensayos en preparación…
  • Porque escribo en computador. Antes, necesitaba siete años para escribir un libro. Perdía mucho tiempo con mi máquina de escribir. En la actualidad, tres años son suficientes.
  • ¿La edad tiene algo que ver?
  • No sé. De todas formas, si viviera cien años más, no serían suficientes para escribir todo lo que tengo para escribir.LA ÚNICA IDEOLOGÍA
  • El amor es el tema central de su obra. ¿Qué sitio ocupa en su vida?
  • Es la cosa más importante del mundo, la cosa más importante de la vida. Lo he repetido con frecuencia: el amor es mi única ideología.
  • ¿Cómo percibe la vejez?
  • Es curioso: cuando leo mis primeros libros que tratan de un “viejo”, a menudo se trata de un viejo más joven que yo. Ahora aumento la edad de los “viejos” en mis novelas.
  • ¿Cómo reaccionó hace dos años cuando los médicos le encontraron un tumor canceroso?
  • Siempre creí que en una situación así habría sentido mucho miedo y que reservaría la noticia a mi familia para continuar viviendo de manera sencilla. Cuando los médicos descubrieron esa pequeña lenteja en mi pulmón y me aseguraron que aquello no crecería, quise saberlo todo. Tomé la decisión de afrontar la operación, lo que me tranquilizó mucho. Dominé mi propia vida.
  • ¿Dejó de trabajar?
  • Poco tiempo. Acababa de entregar el manuscrito de los “Doce cuentos peregrinos” a mi editor. Quince días después de mi salida del hospital volví a escribir.
  • ¿La enfermedad tuvo alguna influencia en su vida y en su inspiración?
  • Estoy más acosado que antes. Solía decir: “Puedo hacer esto en 20 o 30 años”. Ahora sé que si viviera 100 años más, no tendría tiempo de hacer lo que quiero. Pero trato de zafarme de ese sentimiento. En toda expresión creativa la precipitación se capta fácilmente.TRABAJO EN EQUIPO
  • En el campo de tenis, frente al computador, o de cara a los estudiantes, usted desborda energía…
  • Descubrí hace poco el trabajo en equipo. En lo que concierne a mis proyectos cinematográficos, la escuela de periodismo que fundé en Cartagena, la escuela de cine en la que doy clases en Cuba, así como el grupo de trabajo del cual hago parte (en Colombia) y que ha sido encargado por el presidente de la República de estudiar una reforma al sistema educativo, me han llevado a organizarme sin sacrificar el tiempo que dedico a mis amigos. Es un signo de madurez.
  • Me han dicho que usted es un padre de familia feliz…
  • Es cierto. Mantengo excelentes relaciones con mis dos hijos. Ellos son lo que han querido, y lo que yo quería que fueran. (Versión de Óscar Domínguez G.)El siguiente despacho lo escribí para Colprensa desde Hamburgo, Alemania,  hace apenas 25 años, en mayo de 1987.

    El autor de la columna observa el tumulto de admiradores que rodeaba a Gabo después del otorgamiento del Nobel de Literatura.
    Foto archivo ODG

    García Márquez en Alemania

    El mundo se acaba con uno

    Hamburgo, mayo 21 (Colprensa-vía DPA) El premio Nobel de Literatura, Gabriel García Márquez, afirmó que “el amor es mi única ideología” al hablar en una inusual entrevista de 40 minutos para la televisión alemana.

    El fabulista sostuvo que “el amor se acaba con uno” y se declaró “revolucionario en la medida en que interpreto de buena fe la realidad de nuestros países”.

    Hablando sobre su última novela “El amor en los tiempos del cólera”, García Márquez sostuvo que el libro “es autobiográfico en el sentido de que el amor es mi única ideología”.

    Admitió que el amor es una peste pero hizo votos porque “Dios nos mande muchas pestes como esa”.

    Bromeó sobre el matrimonio y comento que “es una costumbre que acaba de parecerse a la muerte”.

    Su novela continúa encabezando  la lista de best sellers que publica el semanario hamburgués “Der Spiegel” (El Espejo). La novela, traducida del “español-colombiano” –aclaración de la editorial- por la alemana Dagmar Ploetz, se vende a 40 marcos (unos $5.000).

    En segundo y tercer lugares en la lista aparecen dos novelas del alemán Patrick Suskind:  “La paloma” y “El perfume”.

    Entrevista en tres lenguas

    La entrevista a García Márquez fue hecha en La Habana donde el escritor dirige una escuela de cine.

    Una periodista vestida de amarillo, el color preferido del escritor, lee sus preguntas en francés, Gabo responde en español, mientras un hombre y una mujer hacen la traducción al alemán.

    Reiteradamente anota que sus libros son autobiográficos. “Para un escritor, uno mismo es el único modelo de todos sus personajes”, confiesa García Márquez cuyo bigote siempre bien cortado está completamente blanco. Su cabello es cenizo.

    Reconoció que en la vida le habría gustado ser una mujer, Amaranta Úrsula, la última de los Buendía de su novela “Cien años de soledad”.

    Admitió que es curioso que su personaje favorito sea una mujer y en el caso de “Die liebe in den zeiten der cholera” (“El amor en los tiempos del coléra”, en alemán) comentó que para escribirlo “me presto anécdotas aunque he sido más feliz que Florentino Ariza”, el paciente enamorado que espera  toda una vida a Fermina Daza.

    El mundo acaba con uno

    Afirmó que su última novela la hizo pensando en la vida, en la vejez y en la muerte. “¿Qué pienso de la muerte? Que es el único acontecimiento sobre el cual no podré escribir”, lamentó el Nobel.

    En la entrevista aclaro que su obsesión no es el amor, sino la vida.

    “Lo que me obsesiona es que la vida se acabe. La muerte acaba con la vida, el mundo se acabo con uno. Claro que sigue, pero para uno se acaba. Mi muerte acabará con el mundo mío. Seguirá el de otros”, subrayó el escéptico escritor.

    Se remitió al origen de su obra y reconoció que surgió de confrontar sus recuerdos con la realidad de su pueblo, Aracataca, al que regresó un día en compañía de su madre.

    “Descubrí que entre la realidad y la nostalgia estaba la materia prima de mi obra”, recordó.

    El prolífico autor de obras periodísticas y de ficción, siempre sonriente a lo largo de la entrevista, enfatizo que “el solo hecho de escribir bien es un acto revolucionario”.

    La incomprensión de Europa

    En el campo político, afirmó que en América Latina, cada instante de su realidad es un momento político y sostuvo que “el problemas más serio para nosotros es la incomprensión de Europa. Se miran en el espejo y quieren que nosotros seamos iguales a ellos sin tener en cuenta el largo camino que han recorrido para llegar donde están”. Recordaba así  su discurso en Estocolmo cuando recibió el Nobel.

    También aclaró que el peligro para América Latina no está en la Unión Soviética como cree Europa, sino que está más cerca: radica en problemas de identidad cultural y de independencia.

    Contó  que actualmente puede escribir hasta diez páginas diarias (antes una o dos) y que los momentos de mayor felicidad los tiene cuando está escribiendo.

    “Lo más emocionante es escribir lo que uno quiere escribir. Todos los días deseo que amanezca para levantarme a escribir.

    En ese momento encontrará hojas limpias y flores amarillas que habrá colocado sobre el escritorio su esposa a quien está dedicado su último libro: “Natuerlich fur Mercedes”, Para Mercedes, por supuesto.

    Guiño de Gabo a Alemania

    Un inmigrante alemán que tocaba el órgano de la Catedral y que daba clases de música a domicilio, fue el enlace entre Florentino Ariza y Fermina Daza, personajes centrales de la novela.

    Los alemanes han agradecido el guiño de Gabo al país incorporando a su novela a uno de ellos, agotando la novela.

    Fue el telegrafista Thugut, colega del padre del fabulista, quien envió a Florentina Ariza a casa de Fermina Daza, a llevar un mensaje para su padre.

    Ariza se encontró con la mirada de Fermina  que “fue el origen de un cataclismo de amor” que terminó 51 años, 9 meses y 4 días después.

    Thugut “tenía una perinola de querubín que parecía un capullo de rosa”. De él se decía que “usaba una pomada de veneno de víboras que enardecía la silla turca de las mujeres”.

    El boom de García Márquez no sólo ha llegado a la canasta familiar de los hambrientos lectores sino que penetró el reino de las postales: la carátula del libro es reproducida en una bella postal que recorre el país como su mensaje de amor.

    En alemán, Thugut significa el hombre que lo hace bien. También quiere decir el bien intencionado, moralmente.

    Rudy Netzelmann, un guía berlinés que practica el exquisito deporte de leer la obra de Gabo en español y en alemán, encontró en el apellido Thugut una connotación amarga e irónica, al mismo tiempo. Y vio en el novelista el deseo de ridiculizar al personaje.

    Editores alemanes le han hecho al Nobel el extraño homenaje de sacar ediciones hechizas que se venden a 10 marcos.

    Hay otro ingrediente alemán en la novela que no ha pasado inadvertido para los ávidos lectores de este lado de la vida.

    Un tío de Florentina Riza, León XII, a la altura de Gamarra, apostó una vez con un agrimensor alemán que “era capaz de despertar a las criaturas de la selva cantando una romanza napolitana desde la baranda del capitán”. El alemán ganó la apuesta.

    León era partidario de que el negocio de la navegación pasara a manos de empresarios del interior. “Este ha sido siempre un negocio de matacongos. Si lo cogen los cachacos se lo vuelven a regalar a los alemanes”.

    El mismísimo Ariza, en materia de navegación, prefería seguir los consejos del comodoro alemán, Juan B. Elbers “que había estropeado su noble ingenio con la desmesura de su ambición personal”.

    Pero el alemán estrella en la novela es Thugut de “cuyo destino no se tuvo una noticia cierta”.

 

Email this to someoneTweet about this on TwitterShare on Google+Share on LinkedInShare on FacebookPrint this page