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Martes de la luenga lengua

Recopilación de Oscar Domínguez G.

Ciberataque Foto ytimg.com

Quisquillas de alguna importancia

Por Efraim Osorio (La Patria, de Manizales) 

En diciembre del año pasado hablé del verbo ‘defenestrar’, transitivo, y que significa ‘arrojar a alguien por una ventana o echarlo de un puesto o de algún cargo’, nada más. Recordé, inclusive, la ‘Defenestración de Praga’. Lo hice, porque el comentarista deportivo Iván Mejía lo empleó por ‘denigrar’. Esta misma acepción se la da, equivocadamente, el señor Andrés Ospina, de acuerdo con esta cita que de él hace el señor Fernando Ávila: “Lo cierto es que la expresión coloquial popular es ‘patear la lonchera’, uso que registra el Bogotálogo, 2016, de Andrés Ospina, así: ‘costumbre, consistente en defenestrar del empleador, poniendo en riesgo el futuro laboral’ ” (El Tiempo, El lenguaje en el tiempo, 3/5/2017). Si me pareció extraño que el autor del Bogotálogo hubiese cometido ese garrafal error, más extraño todavía, que el gramático Fernando Ávila no lo notara, pues, por lo que le he leído, es muy castizo en sus apreciaciones, y muy obediente de las directrices que para estas quisicosas ofrece la Academia de la Lengua.
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Hay dos términos que, por sus respectivas acepciones, se excluyen: ‘inclemencia’ (del latín ‘inclemens’, ‘in-’,privativo, ‘clemens’, ‘clemente’ -inclemente’, a través de su sustantivo ‘inclementia’), y ‘víctima’ (del latín ‘victima’): el primero es ‘la falta de clemencia’, cuando hablamos, por ejemplo, de ‘las inclemencias del tiempo’, y tiene como sinónimos ‘impiedad, crueldad, dureza, frialdad’; el segundo, en sentido figurado, es “la persona que padece daño por culpa ajena o por causa fortuita”. Según estas nociones, “la vida” no puede ser “víctima inclemente de la muerte”, como lo asegura un corresponsal de La voz del lector en la siguiente oración: “Duele cuando ocurren tragedias en las cuales la vida desaparece y es víctima inclemente de la muerte como la triunfadora absoluta” (LA PATRIA, Elceario de J. Arias Aristizábal, 7/5/2017). Los que escribimos por oficio y por gusto, y quienes lo hacen por deporte únicamente, tenemos la obligación de ‘releer, analizar y consultar’, para lo cual es muy útil hacer ‘borrador’, con el fin de que no nos ocurra lo que le ocurrió al señor Arias, y lo que le sucedió al columnista y caricaturista Vladdo, quien, por no volver sobre lo escrito, supongo, resultó preguntando lo contrario de lo pretendido. Así garrapateó: “¿Por qué quiere impedir que los niños sin padres solo sean adoptados por matrimonios tradicionales conformados por un hombre y una mujer, cerrándoles esta posibilidad a las parejas homosexuales y a las personas solteras?” (El Tiempo, 10/5/2017). Ésta es una de las muchas preguntas que el citado columnista le formula a la senadora Viviane Morales con motivo del malogrado referendo que ella proponía. Yo le hago una sola: ¿No cree usted, señor, que si hubiese releído lo escrito, habría escogido, en lugar de ‘impedir’, el verbo apropiado?
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Hay vicios y corruptelas del idioma viejísimos; otros, de estos tiempos, y muchos, aún por nacer. Entre los primeros, está el empleo de la preposición ‘entre’ como adverbio, en lugar de ‘mientras’, en el que caen escritores veteranos y, en realidad, muy cultos. Dos ejemplos, los dos tomados de El Tiempo: “Entre mayor sea su calidad, mayor es también su capacidad…”. (Moisés Waserman, 5/5/2017). “O sea, entre más normas, menos claridad”. (Alfonso Gómez Méndez, 10/5/2017). “Mientras mayor sea su calidad, mayor su capacidad…”, y “…mientras más normas, menos claridad”, son las formas gramaticalmente correctas de expresar esas ideas, porque en ellas el adverbio ‘mientras’ modifica otro adverbio, ‘más’, oficio que no desempeña la preposición entre’, que puede también sustituirse por ‘cuanto’, ‘cuanto más’. A través de los tiempos, la Academia de la Lengua le ha dado a esta locución diversos nombres, así: hasta 1984 (vigésima edición de su diccionario) sólo mencionaba el adverbio de tiempo, ‘mientras’; en esa edición ya asienta la locución ‘mientras más’, a la que denomina ‘locución adverbial’ (‘cuanto más’), nombre que cambió en la siguiente edición por ‘locución conjuntiva’, y que sólo permaneció hasta el 2014, año en que aparece de esta manera: “Mientras. 2. Coloquial. Cuanto (expresa incremento o disminución). Úsase ante el primer término de las correlaciones ‘más…más’, ‘más…menos’…”. ¿Por qué? Aquí, sí, ¡averígüelo Vargas! Lo único cierto es que no se dice ‘entre más’ sino ‘mientras más’.

Gazapera de Sófocles en El Espectador

Haya, halla, aya

Haya, halla, aya

«En la Casa de la Cultura-museo Horacio Rodríguez Plata de El Socorro, se haya una carta de gratitud escrita por Simón Bolívar…». El Espectador.

Mi amigo Rogelio Guevara Villamil me envió este gazapo aparecido en la sección de opinión. Error muy común en otros tiempos, pero por la insistencia de personas que usan las redes sociales para enseñar, se ha vuelto escaso, por eso omito el nombre de la columnista pues lo atribuyo a una falta de atención. «Haya» es la primera y la tercera personas del singular del presente de subjuntivo del verbo auxiliar haber mientras que «halla» es la tercera persona del verbo «hallar», ‘encontrar’. Reconocer la diferencia es muy fácil. Según mi predecesor Argos, si se puede cambiar por el barbarismo «haiga» sin perder el sentido, como la ge baja, entonces es con la que baja: la ye. Si pierde el sentido o se puede reemplazar por «encuentra» es con la que sube: la elle. «Aya» es un sustantivo femenino de «ayo», ‘la persona que estaba al cuidado de los niños y se preocupaba de su educación’.

Petaloso

Telefónicamente fui informado por mi amiga de Sopetrán Eunice Vahos Trespalacios del revuelo que había en las redes sociales porque un cachifo de ocho años, en el norte de Italia, había inventado una palabra hasta el momento inexistente. Como soy un mal usuario de las redes sociales, tuve parte de la semana la asesoría de mi paisana quien sacaba tiempo para informarme aunque el pueblo festejaba el cuadringentésimo aniversario de la fundación. Sin desvalorar la creatividad de Mateo y menos la excelente cátedra de morfología de don Héctor Abad ayer, esa palabra existe años ha en el Diccionario. Muchos levantarán la voz para contradecirme, pero nuestro Diccionario está hecho de tal manera que para que las palabras compuestas o derivadas sean correctas no tienen que estar en él, basta que estén sus partes: «Pétalo» existe y el sufijo «–oso» existe. Ejemplos: «Perezoso», «mocoso», «gangoso» y muchas más.

gazapera@gmail.com

programa maligno, mejor que malware

 

fUNDACIÓn para el español urgente, FUNDÉ

 

La expresión programa maligno es una alternativa en español al anglicismo malware.

En los medios de comunicación, sin embargo, prolifera el uso de la voz inglesa en noticias sobre ataques informáticos: «Así son los malware que pueden secuestrar nuestros datos», «Cómo saber si hemos sido infectados por el mismo malware que ha afectado a Telefónica» o «España, con más de 5 millones de ataques de malware identificados, se sitúa en el puesto 43 a nivel mundial».

De acuerdo con la traducción que el Oxford Dictionary Online da de malware, este término equivaldr

 

ía en español al ‘programa informático o virus específicamente diseñado para perturbar o dañar un sistema’.

Asimismo, se recuerda que los términos programa maligno y programa malicioso no son sinónimos, ya que programa malicioso hace referencia al que se introduce en un sistema operativo con mala intención pero sin dañar el equipo.

Por tanto, en los ejemplos anteriores lo adecuado habría sido escribir «Así son los programas malignos que pueden secuestrar nuestros datos», «Cómo saber si hemos sido infectados por el mismo programa maligno que ha afectado a Telefónica» o «España, con más de 5 millones de ataques de programas malignos identificados, se sitúa en el puesto 43 a nivel mundial».

Un tipo específico de programa maligno es el que en inglés se denomina ransomware (de ransom, ‘rescate’). Se trata de programas que toman el control del sistema o dispositivo que infectan y piden un rescate para devolvérselo a su dueño. Las formas programa de secuestro o secuestrador y programa de chantaje o chantajista son posibles alternativas en español a ese anglicismo. Así, en titulares como «El ‘ransomware’ se ha convertido en la peste negra digital» podría haberse escrito «Los programas de chantaje se han convertido en la peste negra digital».

Ciberchantaje y cibersecuestro (de sistemas o dispositivos) son formas adecuadas para referirse a la acción llevada a cabo mediante el uso de estos programas.

Se recuerda que si se prefiere emplear la formas inglesas, lo adecuado es escribirlas en cursiva o entre comillas, cuando no se dispone de ese tipo de letra, por tratarse de extranjerismos no adaptados.

 

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