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Marceau pasó por aquí

Por Oscar Domínguez Giraldo

El columnista le hace un homenaje al silencio artístico de Marceau. Foto archivo particular ODG
El 22 de septiembre, hace once años con sus días y sus noches, agarró el silencio y se fue.
Nacido un 22 de marzo de 1922 en Estrasburgo, Francia, Marcel Marceau, heredó la pantomima de los griegos quienes no sólo produjeron Demóstenes que masticaban piedritas para poder hablar de corrido, como ciertos oradores. También hubo Demóstenes y Platones del silencio, del gesto.
Marceau nos dio varias veces con su arte en Colombia: en 1957, 1989 y en 2005, cuando anunció su retiro definitivo del silencio que convirtió en otra de las bellas artes.
La última vez estuvo presente a través de la Compañía “Mr. et Mme. O” en el Teatro Colón y en un Taller de Teatro Gestual (Teatro Delia Zapata), convocados a instancias de la embajada de Francia.
Algo empeñé para ver en acción al señor Marceau.
El mimo es el imitador por excelencia. El papel carbón de la realidad. Marceau es el silencio cuando éste es más elocuente que la palabra. Con un gesto suyo editorializaba en voz baja sobre los achaques de la humanidad.
“El silencio es algo que existe en el interior de uno mismo. Para mí el silencio es una música interior. Es necesario para encontrarse a sí mismo y para encontrar la paz”, filosofaba.
Como al “más grande mimo contemporáneo” no le peinaron mimos cuando estaba niño, se dedicó a ellos. Debe ostentar una marca mundial no reconocida por el Guinness, como el hombre que más ha hablado sin caer en la tentación pedestre de pronunciar palabras. Nuestros políticos criollos deberían hacer un cursillo intensivo de Marceau.
Después de perseguirlo por el escenario uno se pregunta: ¿La lengua para qué? Dan ganas de empeñar esa lengua. O de prepararla alcaparrada. O de imitarlo precariamente como lo hago en este retrato en el que estoy acompañado de un aprendiz de pirata, mi hijo Juan, en su fiesta de grado de bachiller.
Si el papa es el Messi de Dios, Marceau es el papá de Bip, su personaje inolvidable, el Sumo Pontífice de los mimos. Él solito es una escuela porque tiene la sospecha de que, salvo sus paisanos de la Academia Francesa, el resto de los mortales somos mortales. Así la muerte sea por una sola vez y para siempre, como suelen decir los que todavía están vivos.
No hay que acreditar carné de intelectual puro ni impuro para disfrutarlo. No es sino mirarlo con los ojos del asombro.
Los niños sí que lo paladean. Al fin y al cabo un mimo es un mago a partir de sus gestos. Esto lo saben los “locos bajitos” que son los dueños de la imaginación.
Los adultos nos gastamos medio cerebro tratando de traducir lo que quiso decir el mago Marceau, o inventando aplausos para llenar los vacíos que a veces nos produce el oficio de este Pierrot sorprendente.
El matinal, el matiné, el vespertino y el nocturno de la pantomima pasa por este hombre que moldeó el silencio con sus manos, como si fuera de barro.
Si quiere disfrutar el mejor de los goces estéticos, déjese masajear el alma y su ventrílocuo el corazón con gestos que van desde una “certaine sourire” hasta su antípoda la lágrima. O sea que en su oficio refleja lo que sucede a cada minuto en la aldea global.
La pantomima es el verdadero esperanto: lo sentimos cuando en tierra extraña nos volvemos mimos para solicitar un plato de comida con las ganas, el gesto, el hambre, o simplemente los dedos.
En ese instante hacemos un fugaz reencarnación en M. Marceau. Menos mal que el artista no se entera de que estamos estropeando su arte universal mediante el cual vuelve visible lo invisible y viceversa.
Su rostro vestido de blanco dispara metáforas por todos los poros. No es un hombre. Parece una manifestación por todo lo que ejecuta.
De pronto se ayuda con música, generalmente de Mozart, su preferido. O con un chorro de luz que le ayuda a desaparecer. O a reaparecer, a la manera del mago David Copperfield quien admite que se copió de su arte.
Cuando este BIP – tan VIP – pasa, es el mimo Chaplin – su primera gran influencia- el que pasa-. O Buster Keaton, otro de sus gurúes. O Étienne Decroux en quien reconoce su mayor maestro “porque uno no puede ejercer un arte sin haber tenido un maestro”.
Marceau globalizó el arte del silencio. “Yo pienso que toda la vida es un mensaje. En todo lo que hacemos estamos mostrando lo que se hace en el mundo”, comentó en una entrevista hecha en otro anuncio “definitivo” sobre su retiro.
Ha dicho que “cuelga” el gesto como esos toreros nostálgicos que generalmente vuelven al ruedo. Ojalá pase siempre lo mismo con M. Marcel. Paz sobre su eterno silencio. (Estas líneas han sido ligeramente retocadas. En la foto con mi hijo Juan Fernando hace por muchos años…).

 

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