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Lunes del ajedrez

Por Oscar Domínguez Giraldo

Imagen abc.es

Los aficionados al juego que es una ciencia (gracias, Capablanca) estamos de plácemes: en Berlín, la capital alemana, se disputa desde el 10 hasta el 28 de este mes el torneo de candidatos (son ocho). El ganador enfrentará por el título mundial en noviembre al actual campeón, el noruego Magnus Carlsen. Retomo esta conversación sobre el juego de los trebejos con el maestro Elkin Obregón. La charla fue publicada en la revista El Malpensante de julio de 2015.od

Elkin Obregón: Conversación sobre el ajedrez

Elkin Obregón
Imagen Universo Centro

Un par de cartas separadas por dos décadas conforman la correspondencia entre un poeta y un ajedrecista alrededor del juego que los trasnocha. Entre recuerdos familiares, partidas antológicas, anécdotas de grandes maestros y referencias de la literatura y el cine transcurre este intercambio en torno a las piezas y el tablero.

 Apenas 22 años y monedas he tardado en responder una carta que me envió Elkin Obregón, soltero de profesión, lector, caricaturista, cronista del viejo Medellín, tardío lector de Julio Verne, cineasta, traductor del portugués, columnista de ley, poeta, cofundador de la librería Palinuro. Lector, siempre lector.

La carta de Obregón, escrita a mano, tiene que ver con el ajedrez, un juego que menciona Cervantes en Don Quijote, con quien ha terminado pareciéndose el anacoreta urbano. He convertido su carta en un pretexto para entablar un diálogo sobre el ajedrez. Dejo resaltados  fragmentos de la carta; mis anotaciones van entre paréntesis:

ELKIN OBREGÓN, EO- Medellín, 4 de octubre de 1993

Ilustre Óscar:

(OSCAR DOMINGUEZ G. ODG.- Maestro Elkin: cartas escritas a mano no llegan todos los días. Si llegan, como la tuya, luciendo el traje a cuadros blancos y negros del ajedrez, hay que guardarlas en urna triclave. La conservo desde hace 22 años entre las páginas de una enciclopedia sobre ajedrez. El correo electrónico enterró las cartas manuscritas. Habrías servido para monje benedictino, esos seres castos de profesión, copistas que jugaban ajedrez en sus ocios teológicos. Tu letra es clara como un relámpago y legible como la Verdana doce puntos que suelo utilizar. Los carteros de hoy solo entregan prosaicas cuentas de servicios, áridos extractos bancarios, notificaciones de un juzgado que nos busca por pisotear incisos, o de las autoridades que nos persiguen por violar normas de tránsito. Nada que huela a poesía, ternura, amistad, nostalgias, volvió a llegar. Vivimos el bostezo de los buzones. En casa, gracias a una hermana coleccionista de olvidos, conservamos las cartas dibujadas que mi padre le escribía a su frágil Dulcinea, María Genoveva, nuestra fallecida madre –93 años tenía–. Eran cartas en tinta negra, como los trajes con los que se casaron en Montebello una fría madrugada de 1942. Lástima no conservar el encabador con que el novio se despedía de su amada con metáforas como esta: “Y sin más recibe en la humilde queja de un suspiro mi doliente corazón”. También conservo las cartas de mi madre que empezaban siempre así: “Recordado hijo”, y por ahí se metía. Un párrafo después ya me estaba tirando línea: manéjese bien, estudie, no pelee, no juegue tanto fútbol, mérmele a su ajedrez, no se junte con malas compañías, rece al levantarse y al acostarse, no olvide confesarse y comulgar, lea, respete a los mayores.… Y están mis cartas a mi novia-mujer que hay que leer en compañía de adulto irresponsable. Del ajedrez de mi vida sentimental conservo cartas de algunas novias, todas bellas. Con el perdón de las feas, no tuve puntería para ellas. Mi primer amor me despacha hacia el olvido con un encabezado que me dañó el desayuno de todas mis vidas. Dice con su caligrafía de pianista perfeccionada acariciando nocturnos de Chopin: “Óscar, ex amigo, ahora simplemente conocido”. Guardo esa carta de destitución fulminante en el libro Taquigrafía Gregg simplificada, de pasta dura, colores rojo y amarillo pollito, en el que nos enviábamos la correspondencia gracias a la complicidad de una hermana mía. Ambas eran “capullos de azucena” que estudiaban en el Colegio de la Presentación, de Envigado, donde estudió Mercedes, la esposa del Nobel de Aracataca, de cuyo nombre no hay que acordarse. A las azucenas las educaban para llegar vírgenes al altar. Terminé robándome ese libro de taquigrafía. Otra chica que se ponía el perfume Caron de su hermana –como yo las gafas Ray-Ban de mi hermano para parecer misterioso e interesante ante el hembraje–, me notifica: “Sufrirás, todo el que me hace sufrir padecerá”. Y otro amor, para no alardear más, se queja dulcemente porque deserté para irme a Bogotá detrás de “esa mona”. Me envió de regalo un beso, un papel estampado con el pintalabios. “Rouge”, como se llama en el tango de Larroca. Todas cartas escritas a mano, como la tuya, ilustre monje urbano Elkin, tomador de tinto o guaro, fumador insigne e insomne, cronista, cineasta, dibujante que nació con un lápiz en la mano, según leo en una muy buena entrevista que te hicieron en Nexos, revista de estudiantes de periodismo. La foto es del carajo: quedaste parecido a don Quijote, de perfil. Jesús el Nazareno también escribió a mano. Lo hizo en el episodio de la mujer adúltera que solo narra san Juan. Vendería mi alma a Dios por saber qué escribió Chucho. Sospecho lo que escribió: “Estos tipos tienen huevo: ¿cómo voy a condenar a este churro?”.)

EO.- Recibí tu envío. Perdóname que no te haya acusado recibo hasta hoy. Digamos (mentir no cuesta nada) que ha sido por falta de tiempo…

(ODG.- Mark Twain aconseja no dejar perder el arte de mentir. Para obedecerle, mentimos siempre que rezamos el Padrenuestro: “… y perdónanos las ofensas como nosotros perdonamos a los que nos ofenden”. Mi tocayo Wilde dejó dicho: “Mujer que no miente no tiene futuro”. En ajedrez hay una forma encubierta de mentir: cuando sacrificamos una pieza para pulir un mate. O unas tablas.)

EO.- Me quedé con las ganas de saber quién es el autor del cuento sobre el ajedrecista Francis Bacon. Y también de saber de qué libro proviene la fotocopia, porque no creo haber leído nunca (incluyendo ciertas ediciones de Colcultura) un texto con tantas erratas…

(ODG.- Le monté la perseguidora al autor del cuento que mencionas pero no llegué a ningún Pereira. Este precario Sherlock Holmes de las fotocopias tampoco logró indagar un carajo.)

EO.- Me dice Luis Fernando Calderón que estás recopilando escritos –novelas, cuentos, poemas, ensayos, etc.– que aludan al ajedrez.

Imagen portada Revista El Malpensante

(ODG.- También colecciono ajedreces. Llegué a unos 40. La joya de la corona es uno fabricado por Cementos El Cairo, antes de que fuera engullido por Argos. Mi padre y varios tíos camioneros trabajaron en El Cairo, movilizando bultos de cemento a Medellín y carbón desde Amagá. Así que mi familia ha contribuido a la grandeza de Argos. Me tocó un magnífico ajedrez, regalo del presidente de la vieja cementera, Germán Botero. Tengo ajedreces que hablan chino, mexicano, francés, libanés… Ahora, como mencionas a L. F. Calderón debo decir que a él le debo haber sido universitario. De los malos, pero pasé por la Universidad de Antioquia. Fui estudiante en una escasez de aspirantes que hubo en la facultad. Cualquier día lfc me llamó a casa, donde dormía uno de mis guayabos existenciales. Acabó con mi siesta de vago dedicado a mover piezas en el club de ajedrez Maracaibo, o en el Metropol, del abuelo Herbert Geithner, fumador alternativo de Pielroja y Lucky Strike cinco letras. Tanto el “Maracas” como el Metropol eran réplicas maiceras de cafés europeos como el parisino La Régence del que copiaron la receta: billar y ajedrez que algo deben tener el uno del otro. Eran habitués de ese lugar Rousseau, D’Alembert, Diderot, Robespierre. El gran Philidor los volvía hilachas a todos. Hay derrotas que enaltecen. Calderón me informó que había cupo para mí en la Escuela de Periodismo –bello nombre– que dirigía don Alfonso Lopera, quien fuera director de El Obrero Católico. Entre los compañeros de pupitre en esa época en que todos éramos inmortales recuerdo a platudas como Pilar Santamaría, delgada cual alfil, Marcela Le Marie, pintora y escritora, arisca como un caballo en cinco alfil, la flaca Gabriela Soto Hoyos, de Cartago, quien después “degeneró” en abogada y se matrimonió con el alemán Peter, el boyaco Carlos Ballesteros, Darío Giraldo, de nariz quevedesca. En un curso más avanzado estaban Alba Lía Medina, Luz Magnolia Uribe –“ella sola era un mitin”–, la leona Lucía Restrepo, Beatriz Villegas, otra platuda Mary Nicholls, el abuelo Juan José García Posada, ajedrecista clandestino, casi vergonzante. Cuando ingresé a la U todavía debía química, física y trigonometría del sexto que hice sin honores en el Colombiano de Educación de don Nicolás Gaviria, como tú, Elkin, fumador excelso de Pielroja, delgado como silbido de monja. La única materia que gané fue literatura y eso porque tu tocayo el gordo Elkin Restrepo se apiadó de mí y me subió a tres raspao dizque porque tenía idea de redactar. Ese fue mi diploma de grado. Creo que le pagué con creces a la U los pocos semestres que me aguantó en sus predios: fui miembro de su equipo de ajedrez en unos juegos universitarios en Barranquilla. Quedé de segundo mejor tercer tablero. No voy a explicar ese galimatías, pero así fue. Tengo el diploma. Nos entrenó el finado maestro Carlos Cuartas, un Fischer criollo que pronto se salía del libro. Fueron célebres sus desafíos contra Miguel Cuéllar Gacharná, boyacense el hombre. En un insólito enroque amoroso, el finado maestro de Bello se quedaría –a mis espaldas– con una novia mía. Cierta oposición decía que Cuartas y yo nos parecíamos físicamente.)

EO.- Te envío dos curiosidades (aunque supongo que las tienes) tomadas del libro de Arrabal sobre Fischer.

(ODG.- A propósito del escritor español, no he vuelto a leer sus crónicas ajedrecísticas en ABC, de Madrid. Lástima. Eran de lo mejor. Arrabal vive al día sobre lo que sucede en el mundo de los trebejos. Debe conocer el ADN del nuevo genio del ajedrez, Fabiano Caruana, 22 años, número tres del mundo con 2.803 de Elo, el ego de los ajedrecistas, italoamericano quien ya derrotó al campeón mundial, el noruego Magnus Carlsen –2.876 de Elo–. Sería un manjar leer algo sobre esas partidas en la pluma de Arrabal. El español cuenta que una vez entrevistó a Borges, el de los dos sonetos al ajedrez –que a ti no te parece que aludan al juego–, y le preguntó por qué rezaba si era ateo: “Porque se lo prometí a mamá”, le respondió Borges. El eterno no-Nobel de Literatura de pronto traducía autores ingleses en compañía de su madre. Ella le capaba las palabrotas. O las cambiaba por otras inofensivas, castas. El “último delicado”, como lo llamó Cioran, agachaba la cerviz. En su visita de tres días a Medellín –18, 19 y 20 de noviembre de 1978–, invitado por el alcalde Jorge Valencia Jaramillo y su esposa Beatriz Cuberos, Borges les confesó a los periodistas Jairo Osorio y Carlos Bueno que el ajedrez logró interesarlo alguna vez. “Sí, el ajedrez sí. Mi padre fue también un buen ajedrecista. Aquí también alguien pierde y alguien gana, pero no es más importante que el juego en sí, que es lo interesante. No importa que ganen las piezas blancas o negras. Sería más lindo si se pudiera inventar un juego donde nadie ganara ni perdiera. Pienso que el mayor mal de nuestra época es el nacionalismo”. Don Jorge Luis tenía alborotado el complejo de Edipo. En esto se parece al ex campeón mundial de ajedrez Gary Kasparov, quien a sus viajes siempre iba acompañado de mamá Kasparova y de su infaltable almohada. Y de pronto de su novia, como sucedió la única vez que estuvo en Bogotá donde habló sobre liderazgo. Kasparov suspendió (¿¡) unas simultáneas que debía dar en Bogotá cuando se enteró de que yo sería uno de los rivales. Pero no suspendió la rueda de prensa en la que dijo que si no hubiera tenido rivales de la calidad de Anatoly Karpov no habría sido campeón del mundo. Arrabal ganó el Premio Nadal de Novela en 1982 con La torre herida por el rayo: el campeón mundial de ajedrez muere en un accidente de helicóptero y el segundo y tercero clasificados juegan una partida para definir al sucesor. De Arrabal hice el tránsito al maestro Leontxo García, de El País, viejo amigo del fallecido Boris de Greiff, el nuestro. El español es uno de los pocos diarios que le da cierta beligerancia al juego que nos hermana por lo alto a sus devotos. Los diarios publican anoréxicas notas interiores, por ejemplo con motivo de la muerte del maestro internacional Óscar Castro. Mi otra biblia ajedrecística es el portal ChessBase. Le debo al maestro Boris, que de la diosa Caissa goce, haber jugado contra el campeón mundial Boris Spassky. El ex magistrado antioqueño Javier Henao Hidrón le sacó tablas. El ruso tuvo que esperar 28 jugadas antes de enviarme a la ducha. Menos mal perdí porque donde le hubiera ganado habría tenido que cambiar de barrio, amigos, religión, equipo de fútbol. De Kasparov y de Spassky tengo sus autógrafos. De los siete campeones mundiales que han visitado Macondo conocí a los dos ex. Los demás campeones que nos dieron con sus huesos fueron Alekhine, Max Euwe y las féminas Nona Gaprindashvili, Zsuzsa Polgar y Zhu Chen. Antes de cerrar este paréntesis imposible no mencionar el lúcido y lucido perfil que Cabrera Infante hizo en sus Vidas para leerlas de su paisano el dandy Capablanca, quien jugaba al ajedrez cuando no estaba haciendo el amor. Capa fue utilizado por el gobierno cubano como arma diplomática. Lo mismo harían luego los rusos con sus campeones. Nadie sabe para quién trabaja. Para Elisa, de Beethoven, se usa para promocionar paletas en la calle.)

EO.- Estrujándome la memoria alcanzo a recordar estos: un ensayo de George Steiner, “Muerte de reyes”, incluido en el libro Extraterritorial.

Una novela policíaca de S. S. Van Dine, llamada The Bishop Murder Case, y que juega, según creo recordar, con los dos significados de la palabra “bishop”.

 (ODG.- Me quedo con Una partida de ajedrez, de Stefan Zweig, lo mejor que he leído en ajedrez-ficción. Del libro de Herr Stefan fusilo lo siguiente: “…el único juego que pertenece a todos los pueblos y todas las épocas y del que nadie sabe qué dios lo legó a la tierra para matar el hastío, aguzar los sentidos y estimular el espíritu”. En mis preferencias le respira en la nuca La defensa, del asaltacunas del Nabokov, un creador de problemas de ajedrez, según me lo anotaste en una ocasión. En mis exploraciones, he encontrado insólitas menciones al ajedrez, entre otros libros, en El arte de amar, de Ovidio, quien les recomendaba a las mujeres que fueran “hábiles y prudentes” en el juego del ajedrez como instrumento para conquistar al bobo sapiens. Cervantes, en el capítulo 32 del Quijote, nos sorprende con una pasajera mención al juego: “… y así como se consiente en las repúblicas bien concertadas que haya juegos de ajedrez, de pelota y de trucos, para entretener a algunos que ni quieren, ni deben, ni pueden trabajar, así se consiente imprimir y que haya tales libros”.)

EO.- Un cuento de Agatha Christie –por desgracia olvidé su nombre– donde un crimen está íntimamente relacionado con una partida de ajedrez.

(ODG.- No es ningún cuento, pero las Farc suelen permitir a sus forzados huéspedes que jueguen ajedrez, una de las formas de ejercer la libertad. Y la belleza. El sacrificado gobernador Gilberto Echeverri cuenta en su conmovedor libro Bitácora desde el cautiverio –EAFIT– que no solo jugaban ajedrez sino que los prisioneros solían tallar verdaderas joyas en madera. Uno de esos ajedreces se lo envió el Ratón Echeverri a su nieta Camila pero nunca llegó a su destino. Entréguenselo, malandros, o les echo encima a Caissa, patrona del ajedrez, que no respeta pinta cuando se le sube la bilirrubina. Ingrid Betancourt y Clara Rojas inventaban fugas mientras manipulaban las liberadoras piezas en la selva profunda. Y Óscar Tulio Lizcano nos ha contado que una tarde Isaza, su carcelero farquiano, mientras manipulaban los trebejos, le notificó que esa noche enrocarían corto. Y se fugaron. Tampoco es cuento pero el ajedrez generó el primer gran conejo de la historia: el rey Bahir quiso pagarle al sabio hindú que inventó el ajedrez para él y le pidió la cuenta. El sabio se la pasó en granos de trigo: 18.446.744.073.709.551.615, que se lee así, según mi asesor de cabecera: 18 trillones, 446 mil 744 billones, 73 mil 709 millones, 551 mil 615. Cuando los matemáticos del monarca echaron cuentas en el ábaco de pedal descubrieron que no tenía con qué pagar, como los borrachitos agradecidos.)

EO.- Hay otro cuento, que no creo que esté publicado en libro, y que sería maravilloso recobrar. Te doy las “pistas”, a ver si tú, con tus conexiones periodísticas internacionales, logras esa hazaña (en cuyo caso te rogaría que me enviaras una copia):

El autor es (nada más y nada menos) que Guimarães Rosa. Corresponde a su época “prehistórica”, cuando Guimarães era un ilustre desconocido de 22 años. El cuento se llama –el título aparece en griego– “Xponoe xai anatkh” (“Chronos kai anagke”, “Tempo e destino”). Fue publicado en la revista O Cruzeiro, con fecha 21 de junio de 1930. Lo encabeza una frase de presentación de los editores: “A mais extraordinária história do xadrez já explicada aos adeptos e não adeptos do tabuleiro. Num conto de João Guimarães Rosa”. Sé estos datos, porque tengo una copia facsimilar de la primera página, publicada en un libro póstumo del autor.

(ODG.- Maestro Elkin, esa tarea nunca la hice. Tú mismo lo encontraste, tradujiste y publicaste en la Revista de la Universidad de Antioquia, donde los aficionados lo pueden rastrear. Qué pena. Tampoco hice a tiempo la tarea que me pusiste de indagar sobre la vida y milagros de Henrique Costa Mecking, el Fischer de los brasileños de los años sesenta, y quien perteneció a la élite trebejista. Solo ahora que te escribo hablé con el tío Google y me informó que una enfermedad, la miastenia, marginó a Mequinho –63 años– del tablero, se hizo cura católico y escribió el libro Jesucristo me salvó la vida.)

EO.- En cuanto a poemas, solamente recuerdo uno de Eliseo Diego, que se llama, creo, “Ajedrez” (los dos famosos sonetos de Borges no me parece que aludan, realmente, al ajedrez).

(ODG.- Quien sí se ocupó del ajedrez, y harto, apreciado Elkin, fue el Nobel García Márquez. Ocho palabras tiene la frase del crío que consideró la primera piedra de lo que sería su Nobel de Literatura: “El Belga ya no volverá a jugar ajedrez”. Según cuenta en Vivir para contarla, la pronunció un domingo al abandonar con su alcahuete abuelo la casa donde habían visto el cadáver del suicida europeo que había pasado a peor –¿o mejor?– vida gracias a una sobredosis de cianuro después de ver la película Sin novedad en el frente. Para no desertar solo, le administró a su perro idéntico menú. El Belga y el coronel disputaban partidas de ajedrez “mudas e interminables” en presencia del niño que en el fondo debió celebrar el suicidio del rival de su abuelo. De regreso a casa, el coronel narró la salida de su nieto como una genialidad. “Hoy me doy cuenta, sin embargo, de que aquella frase tan simple fue mi primer éxito literario”, escribió Gabo en su autobiografía. La familia del coronel no solo aplaudió la metáfora del pequeño, sino que, a medida que la repetían ante familiares y visitantes, le iban sumando arandelas. Las versiones fueron tantas y tan disímiles que “terminaban por ser distintas de la original”, cuenta el fabulista. Esa capacidad de distorsionar la realidad sería básica en su formación de narrador. En El general en su laberinto, Bolívar juega al ajedrez con fray Sebastián de Sigüenza que se dejaba ganar. También se enfrentaba con el general O’Leary en “las noches muertas del Perú”. Gabo cubrió la partida de ajedrez que jugaron Boris de Greiff y el pianista vienés Paul Badura-Skoda en casa de Fernando Gómez Agudelo. Otto de Greiff ponía la música. “La larga noche de ajedrez de Paul Badura-Skoda”, fue el título de la crónica que escribió para El Espectador el creador de Aracataca. En reciprocidad, Badura le regalaría a Gabo la sonata más larga de Beethoven, “Hammerklavier”.)

EO.- Queda mucho en el tintero: el ajedrez en el cine, por ejemplo,

(ODG.- las mencionadas novelas de Zweig y Nabokov fueron llevadas al cine. En la del austríaco, el verdadero héroe es un desconocido Dr. B., más sensible y capacitado que el campeón mundial. En la cinta, Mario Adorf es el campeón y Curd Jürgens el retador. En la del ruso, Luzhin aprende solo las reglas del juego y se perfecciona reproduciendo las partidas que encuentra en las revistas. Le pedí al cineasta Sergio Cabrera luces sobre películas relacionadas con el ajedrez del que dijo Capablanca que es una ciencia que parece un juego. Respuesta del hijo de Fausto Cabrera, quien se aficionó al cine viendo doce veces en Pekín la película Ascensor al cadalso: “Tengo en mi pobre memoria tres títulos de películas que tienen el ajedrez como elemento protagónico, El séptimo sello, obra maestra de Bergman donde el protagonista se juega su vida con la muerte en una partida de ajedrez; Searching for Bobby Fischer, de Steven Zaillian, que nada tiene que ver con Fischer sino con niños ajedrecistas, y un documental que estuvo nominado al Oscar, de Liz Garbus: Bobby Fischer Against the World. Cabrera le debe al ajedrez su primera incursión en el mundo audiovisual. Ocurrió cuando tenía siete años, en tiempos de la dictadura del general Rojas Pinilla, tan aficionado al juego que ordenó emitir por la Televisora Nacional un programa sobre este deporte. Dicho y hecho: el responsable era el maestro argentino Pedro Martín y el presentador del espacio Fausto Cabrera, padre de Sergio. El niño apareció en algunos programas enseñando a mover las piezas. Cuenta el ex guerrillero del EPL que el general Rojas invitaba a su finca a su taita y a Martín a hablar sobre ajedrez. Y a jugar. Los llevaban a su finca en helicóptero. “Ellos, asustados, aceptaban la invitación”, comentó el director de Todos se van, su última película. A un pedido de Rojas, Martín, quien se nacionalizó colombiano y representó al país en dos olimpíadas, solía reconstruir las partidas Rojas-Cabrera. Con Cuéllar Gacharná, Luis Augusto Sánchez, Martín de tercer tablero y Guillermo Restrepo, participaron en la Olimpíada de Moscú en 1956, recuerda el memorioso ex magistrado y ajedrecista Javier Henao Hidrón. El maestro antioqueño Emilio A. Caro G. cuenta que otro invitado del general a jugar era su paisano boyacense Miguel Cuéllar Gacharná. De pronto el general hacía tablas con su paisano. No hay que patear la lonchera.

EO.- o en la pintura (es una lástima que Botero no sea aficionado).

(ODG.- Confiemos en que el paisano Botero, que ya se ocupó hasta del circo, haga su propia perestroika en pintura y nos regale obesos reyes y reinas, peones travestis cuando coronan, oblicuos alfiles y encopetadas torres. Por lo pronto, contentémonos con recordar que el francés Marcel Duchamp, artista plástico de altísimo vuelo y gran ajedrecista, le dedicó 25 de sus trabajos. El holandés Lucas van Leyden nos regaló La partida de ajedrez. El francés Henri-Eugène Campan dejó El ajedrecista. Y un autor anónimo “muy conocido”, NN, pintó un cuadro en que dos monjes juegan. Y mientas Botero se decide a hacer un tardío homenaje al mundo blanco y morocho de las piezas, recordemos algunos grandes compositores y músicos hermanados por el juego: Leonard Bernstein, Shostakovich, Prokofiev, Rostropovich, Dizzy Gillespie, Ray Charles, Ennio Morricone, David Bowie, quien de pronto jugaba ajedrez con la actriz francesa Catherine Deneuve, bella de día, de noche, a todas horas.)

 EO.- lgún día, ojalá próximo, nos tomaremos unos guaros, en honor al tema. En espera de ese día, o de esa noche, recibe un abrazo de tu fiel lector. Elkin Obregón.

(ODG.- Este lector tuyo en El Colombiano, El Mundo, La Hoja, Universo Centro, se despide pidiéndote disculpas por haberte escrito largo, pero no tuve tiempo de escribirte corto, como dijo alguna vez un regular jugador de ajedrez, Napoleón Bonaparte, en carta a Josefina. Carta manuscrita, como la tuya, que ha inspirado este larguero. Que la diosa Caissa te guarde.

Óscar Domínguez, servidor.)

 

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