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Lunes del ajedrez: Ajedrez para la paz

Por Oscar Domínguez Giraldo

El ahora ex comandante "Santrich" en la partida de la paz en Colombia. Foto El Tiempo

Casi sin excepción quienes, después de haber estado secuestrados, regresan “a la civil”, después de haber sufrido (algunos pocos gozado) de un forzoso sabático por cuenta de los alebrestados en armas, cuentan que entre sus mínimos y liberadores pasatiempos estaba el ajedrez. También el parqués, el dominó y las cartas daban tranquilidad en medio de la zozobra. Había en las partidas de los retenidos (léase secuestrados) un tufillo antideportivo: los secuestrados querían demostrar que, al menos para el ajedrez, eran mejores que los farcos y trataban de ganar a toda costa. En ambos bandos había buenos, o mejor, esforzados jugadores.

Anguleto y la paz

Autoretrato del maestro Guillermo Anguloa.
Foto archivo particular

El maestro Guillermo Angulo (Anguleto lo bautizó su amigo Nobel), fue el encargado por el entonces presidente Belisario Betancur de escoger a los doce amigos más próximos a García Márquez para que lo acompañaran a Estocolmo a recibir el premio, enfundado en su blanco liquiliqui, que él insistía en llamar “cotoneta”. Con razón, Gabo se negó a escoger sus doce mejores amigos aduciendo: “del décimotercero en adelante, me van a odiar”. Y el presidente, por razones políticas, tuvo un pensamiento similar. Entonces al alimón dijeron: “Que los escoja Anguleto, que tiene el cuero duro”.

       De Anguleto (al que llamaban anacrónicamente durante el secuestro “el abuelo”, 17 años antes), se enamoraron perdidamente sus carceleros en un extraño gambito del síndrome de Estocolmo. En distintos campamentos donde iba sembrando jardines de orquídeas la joya de la corona lúdica era el pacífico guachaqueo de los dados del parqués, llamados “las muelas de Santa Apolonia”. Así me lo contó el abuelo tardíamente primerizo, a los noventa, por cuenta de Martín Angulo Camargo, el neonieto. Angulo conoció esa guerrilla por dentro y, sin quejarse dice que lo trataron bien y que aprovechó su “paseo ecológico” para conocer esa “otra Colombia” inexistente para el Estado, sin caminos, sin luz y sin esperanza:

         Todas las noches se jugaba ajedrez y había buenos jugadores en ambos            bandos, sin aproximarse ninguno a Capablanca. El desafío dejaba de ser         deportivo y adquiría un significado de guerra, de pelea entre buenos y            malos y los secuestrados ponían todo su esfuerzo para ganar, apoyados   por los otros secuestrados que hacían barra para que los visitantes       consiguieran el triunfo. Era, como decían nuestros secuestradores, una   pelea entre las Farc y la civil. (También a nuestro arroz blanco, sin adornos,    lo llamaban con desprecio “el arroz de la civil”, ya que para ellos no tenía      comparación con el “arroz guerrillero”, que se aderezaba siempre con fideos     fritos).

         Viendo el entusiasmo de los “muchachos” por el ajedrez y el parqués, Angulo proponía —recién regresado de su paseo—, esta fórmula simple para lograr la paz:

            Bombardear a los guerrilleros con escaques, caballos, reinas, reyes, alfiles,        peones, torres; tableros de parqués y dados a la lata. Abandonarían ipso    facto las armas y correrían a buscar los productos lúdicos.     

         Asegura el maestro Angulo (un joven cuasinonagenario que nunca ha jugado ni pisingaña) que su receta de bombardear los campamentos no alcanza a superar la de Lisístrata, quien les propuso a las mujeres de Atenas cerrar las piernas hasta que hicieran la paz. Y se salieron con la suya.

         En la apertura matinal, los guerrilleros saludaban al maestro Angulo con una orquídea en la mano derecha y en la izquierda, un siniestro kaláshnikov, listo para afinar la puntería si les tocaba conjugar el verbo matar, en el que eran duchos. No por nada, a su líder máximo le decían Tiro Fijo. (A quien Dios, en su infinita sabiduría, tendrá en su lugar apropiado, convenientemente alejado de la Paloma, para que no le vaya a disparar).

         Angulo, corrector impenitente (él dice que lee sólo por tratar de encontrar errores. Cuando no se topa con ninguno, queda decepcionado), políglota, periodista, diplomático, ex director de Ciudad Viva y ahora jardinero, tiene a “México lindo y ¡qué herido!” (Roca dixit), como su segunda patria. Nada le es ajeno; además de fotógrafo, también es cineasta, egresado del Centro Sperimentale di Cinematografía di Roma en Cinecittà,donde igualmente estudiaron —casi al mismo tiempo— Fernando Vallejo y Gabriel García Márquez .

         “Lafar” casi le paga para que se quede en sus campamentos. Además, de conversador insigne e insomne, Angulo, el hijo de la Negra Peláez, les enseñaba inglés con acento anoriseño e italiano con sonsonete romano.                                                                             Cuando Anguleto me dijo que García Márquez, en sus memorias, contaba que su primera gran frase solo tenía seis palabras y las pronunció siendo niño: ”El belga  no volverá a jugar ajedrez”, le dije que era noticia vieja y que, como ajedrecista, era lo primero que había gozado de Vivir para contarla. Y agregué que muchos otros personajes, además del belga, juegan ajedrez en sus obras. Uno de ellos es el Libertador Simón Bolívar. Según nos cuenta El general en su laberinto, a Bolívar “poco le faltó para hacerse un maestro jugando con el general Daniel Florence O´Leary. en las muertas noches de la larga campaña del Perú. Pero no se sintió capaz de ir más lejos. “El ajedrez no es un juego sino una pasión” —decía—. “Y yo prefiero otras más intrépidas’”.

         Como el maestro Angulo no califica (para su desgracia) entre los ajedrecistas: era un mero observador, pero no secuestrado-ajedrecista), hagamos un repaso a la carrera de otros que sí, por el secuestro, estuvieron conectados con el ajedrez.

       La excandidata presidencial (hoy teóloga), Ingrid Betancur, escribió en sus memorias:

            Vimos un juego de ajedrez en la esquina de un amasijo que hacía las veces       de mesa. La existencia del juego me pareció inesperada y sorprendente, en      medio de este mundo cerrado. Lo miramos con deseo como si fuera un           objeto prohibido. Sin embargo, una vez delante del tablero, el pánico me          ganó la partida. Nosotros éramos esos peones.

       Clara Rojas, su compañera de fórmula política y de cautiverio, en su libro Cautiva, cuenta que:  

            Durante esos meses jugué asiduamente al ajedrez… Había adquirido el don      de la paciencia y estar frente al tablero me permitía abstraerme durante un      tiempo de las noticias y hacía que el tiempo pasara más rápidamente. El tablero de ajedrez nos permitió crear un pequeño espacio donde no teníamos encima los guardias, pues pensaban que estábamos distraídas jugando. Así, simulando que estábamos concentradas en las piezas, fuimos ideando, diseñando y concretando nuestro plan de fuga.

Portada del libro de Mónica Savdié
Mónica Savdié convirtió en obra de arte el secuestro de una persona cercana a sus afectos. Y creó este libro para contar la historia a partir de la estructura de la famosa partida de ajedrez La siempreviva, joya de la corona del juego.

         Mónica Savdié, una artista y escritora colombiana, de origen rumano, convirtió en obra de arte la pesadilla que vivió un empresario secuestrado, cercano  a sus entretelas.

         Savdié se valió de la estructura de una famosa partida de ajedrez, La Siempreviva,algo así como el Circo del sol en 64 escaques, que se jugó en Berlín en 1852, entre Adolf Anderssen y Jean Dufresne, para narrar en su libro La Partida ese secuestro, que afortunadamente tuvo desenlace feliz. Por la sutil combinación que tejió Anderssen se considera una de las más bellas partidas en la historia.

         Savdié precisa:

            Recurrí al ajedrez como estructura narrativa, porque el protagonista del   relato talló él mismo las piezas del juego-ciencia durante su cautiverio. Ese         es el motivo. En un comienzo yo narraba episodios de su cautiverio,         refiriéndome a cada pieza que él tallaba. Al terminar la historia me di cuenta          de que tenía un reguero de piezas pero ninguna partida. Entonces me puse   en la tarea de buscar una que pudiera utilizar como estructura y cuya       apertura fuera de peón-peón, caballo-caballo y encontré La         Siempreviva. Ahí comenzó un apasionante y delicado ensamble de una            historia con una partida…

         Pero el amigo de Savdié no fue el único en tallar sus propias piezas: otro secuestrado (según los secuestradores, prisionero de guerra), el norteamericano Mark Gonsalves, admitió que, cuando jugaban ajedrez con unas piezas labradas por él, se sentía libre al jugar con sus compañeros de infortunio. Cuando jugaban, sentían que engañaban a sus carceleros, que los creían presos, mientras el ajedrez los hacían sentir libres, lejos y sin ataduras.

 

         La más dramática tallada de piezas es la que cuenta en su libro Bitácora desde el cautiverio (EAFIT) Gilberto “el Ratón” Echeverri Mejía, asesinado por las Farc. Relata que los secuestrados no solo jugaban sino que algunos tallaban sus propias piezas (verdaderas obras de arte), en madera.

         Echeverri dejó un mensaje, casi testamento: “Para Camila [su nieta] tengo un microajedrez fabricado de chonta por dos amigos; espero llevarlo el día de nuestro reencuentro”.

         Ese ajedrez, tallado en su mayor parte por el cabo Francisco Manuel Negrete —otro de los sacrificados—, fue  encontrado entre las pertenencias de Echeverri pero nunca llegó a su destino.

       Ya pasado algún tiempo, la paz va tomando cuerpo, con las Farc ahora echando discursos y tratando de hacer política, en vez de echar bala. Falta convencer a los retrecheros elenos de que la paz es mejor que la guerra y, además, acaba con los molestos zumbidos de los mosquitos y de las balas. Ojalá del posible acuerdo salga el fin de los bombardeos. Aunque sean, hipotéticamente, lúdicos.

A ver si empezamos a morirnos en orden, primero los padres. Lo ordena el proverbio egipcio: En la paz, los hijos entierran a los padres, en la guerra, los padres entierran a los hijos.

 

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