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Lunes de ajedrez: El reloj

Por Oscar Domínguez Giraldo

Imagen shopify.com

El reloj de ajedrez juega dos partidas a la vez, con blancas y negras, en una especie de tas-tas ajedrecístico. Es como comer a dos carrillos, o hacer el amor dos veces al mismo tiempo.

 

Al principio, en las partidas normales, los rivales apenas reparan en el reloj. Lo tocan con la punta del dedo para tirarse la pelota el uno al otro, en una especie de ping-pong.

Los relojes de ajedrez nacen con los mates contados. Cuando cumplen su tarea, entran en un merecido sabático.

 

Foto archivo particular ODG

En las partidas rápidas (blitz), los relojes son los reyes del tablero. Los jugadores casi son ilustres N.N. Piensan más en el reloj que en el contradictor que tienen de espejo.

En esta modalidad del ajedrez el reloj marca segundos angustiosos de donde penden -y dependen- ambos jugadores, pues cuando caiga, la banderita roja habrá dado su inapelable veredicto. 

A los chambones los (nos) inhibe este artefacto. Sentimos que nos mira, nos acosa, nos causa pánico escénico en una especie de “bullyng” de segundos.

Sentimos como si el reloj nos estuviera pidiendo papeles. Nos recorta la imaginación. Coarta el libre desarrollo de nuestra personalidad.

Terminada la partida, el reloj se va de vacaciones. No es que sea la flor del trabajo. Hace su oficio y a bostezar. Ningún reloj de ajedrez ha muerto de estrés.

En realidad, no da la hora, monitorea jugadas. O da una hora que no es la de carne y eternidad que todos llevamos en la muñeca.

Por lo pronto, los relojes de ajedrez parecen del signo libra pues no se inclinan hacia ninguna parte.

Los relojeros cobran dos veces cuando les llevan relojes de esta catadura. Es justo, porque tienen que trabajar el doble. Y fajarse para que los segundos del uno no vayan a dar donde el otro, como esos años que se quita una mujer y que van a dar adonde alguna de sus amigas (dicen los chinos).

Una cosa tienen en común los dos relojes: el mismo imperceptible tic tac, idéntica banderita y la misma música que nadie sabe cuál Beethoven la compuso.

La hora del reloj de ajedrez no se da: se oye, se siente, se ve. La de estos cachivaches es una música que no necesita del director que le diga cuándo debe entrar. O callar.

A muchos relojes de ajedrez les gustaría encarnar algún día en reloj de arena. Hay murmullo de arena en el pasado, presente y futuro del reloj del ajedrez. Deberían habilitarlos para medir partidas de ajedrez. Ganaría el romanticismo, así el pragmatismo salga derrotado 5-0.

Están sin acabar de inventar estos relojes arte-factos. En eso se parecen a los celulares y a los hombres. Por ejemplo, carecen del dispositivo que les permita alegrarse o sufrir con el triunfo o la derrota.

El tiempo también juega ajedrez; puede definir una partida. Por eso, como no tenía nada más que hacer que dar la hora, se alegró cuando le pusieron oficio: jugar ajedrez. O por lo menos ponerle límites a una partida.

No, no me trama el oficio de reloj del ajedrez. Lo que no me impide decir en mi peor inglés: Caissa save the watch.( Publicada originalmente en El Colombiano. Fotos tomadas del libro Ajedrez, 2000 años de historia, Grupo Anaya, editorial)

 

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