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Luis Carlos Gonzáles, poeta del humor

Por: Jorge Emilio Sierra Montoya (*)

Jorge Emilio Sierra Montoya, nuevo miembro de la Academia Colombiana de la Lengua. Foto librosyletras.com

Fragmento de mi disertación sobre la poesía de Luis Carlos González al posesionarme, el pasado 24 de octubre, como Miembro Correspondiente de la Academia Colombiana de la Lengua.

Como otros autores románticos en diferentes épocas, desde William Sakespeare hasta José Asunción Silva, Luis Carlos González tuvo, además del sentimiento trágico de la vida al decir de Unamuno, poemas de humor, comunes al autor de “Romeo y Julieta” en su “Comedia de las equivocaciones” y al de los Nocturnos en sus “Gotas amargas”, obras inconcebibles en ellos para muchos de sus lectores. El amor y el humor, ciertamente, son pasiones cercanas, que en ocasiones se funden como en la tragicomedia, donde la risa y el dolor están juntos.

Luis Carlos González, el poeta de "La Ruana". Foto amazonas.com

Luis Carlos González, el poeta de “La Ruana”.
Foto amazonas.com

Más aún, el maestro de “La Ruana” se parece, por tanto, en sus jocosas “Carajadas” (que por momentos provocan estruendosas carcajadas), a su tocayo Luis Carlos López -El Tuerto López-, el poeta mayor del humor en Colombia y América Latina-, al coincidir en su amor a la tierra natal: Cartagena y Pereira, pero también en hacer evidentes sus vicios y defectos, los aspectos y situaciones que allí mueven a risa y, en general, una visión crítica, por momentos demoledora, que se opone por completo al carácter idílico, romántico, tanto de “La Ciudad Heroica” como de “La Perla del Otún”. Ambos son románticos que caen en lo trágico y lo cómico en forma simultánea. Veamos esto en detalle, con varios ejemplos.

“Ya no soy el romántico trovero / que tu pasado, con pesar, evoca”, confiesa el poeta en diálogo imaginario con su amada, el cual se cierra con un brochazo de humor negro, bastante fino: “Y añorando el placer de nuestros días, / soñamos con las nuevas alegrías / de otros besos de amor en otros labios”.

En “Gota de ayer”, la nostalgia se repite, estando de regreso en una taberna: “Aunque todo es igual, todo ha cambiado; / nuestro rincón es resto abandonado / de naufragio de sombras sin sentido”, para terminar con otra escena jocosa, como quien se niega, bañado en alcohol, a pagar una deuda en el bar: “Y ocupa nuestra mesa solariega / nuestro recuerdo que, borracho, alega / una cuenta de amor con el olvido”.

A lo anterior se suman pasajes en torno a típicas escenas aldeanas, relacionadas con el amor: el marido que anhela ser infiel “a los sesenta”, pero sólo genera celos infundados en su angustiada esposa; el pretendiente que defraudó a su novia cuando ésta lo “sorprendió comprando un entretenedor”, y el viejo aspirante a ser don Juan Tenorio, cuyas conquistas juveniles son “apenas un poquito de malos pensamientos”, cuando no una aburrida visita a quien no interesaba sino jugar tute y parqués mientras le daba “chocolatas, galletita y pastel”.

El académico Sierra Montoya. Foto lapatria.com

El académico Sierra Montoya.
Foto lapatria.com

Es aquí precisamente, con estas breves crónicas en verso, donde la poesía humorística de Luis Carlos González puede compararse con la de Luis Carlos López, el querido cultor de “Los zapatos viejos”. No por algo distinto él escribió un soneto en su honor, “con curiosa amargura: ¿Qué hizo el tuerto famoso, su famoso fusil…?”.

De hecho, la Cartagena de El Tuerto se transforma (por la alquimia del verbo de que hablara Rimbaud) en Pereira, como es fácil apreciarlo en su poema “Bobópolis”, título que manifiesta sin rodeos su crítico mensaje:

Es mi cándido pueblo el edén del catarro; / sus callejas soportan -además de cemento- / vagos, cheques, embargos, mucho tanto por ciento / y un montón de cacharros.
Cada mes hacen ferias: invasión de zamarros / y jumentos montando semejantes jumentos; apabullan sus plazas -donde sobran asientos- borsalinos sin testas y botines en barro…

Porque en este mi pueblo -y es verdad que da grima-, / por carencia de escuelas y caprichos del clima, / se da el bobo y el mango, pero así, por racimos.

Es otra pieza maestra, como salida del genio cartagenero, perdido en las breñas de Caldas: un pueblo cándido, víctima de “el edén del catarro”, con sus callejuelas repletas de vagos, colimbas y comerciantes, donde abundan las ferias ganaderas, los bobos y los mangos, aquellos centenarios árboles de mango que todavía adornan la plaza principal con el imponente “Bolívar desnudo” de Arenas Betancur.

En síntesis, Luis Carlos González es pereirano raizal, amante de su terruño, pero se mofa del pueblo, al que llama “Bobópolis”; rinde culto a la vida local, con espíritu cívico, pero hace burlas de la celebración del Día de la Raza, del hecho de ser colombiano y hasta de legendarias figuras históricas, como Manuelita Sáenz; ataca, con dureza, la injusta desigualdad social, aún contra los curas que predican la pobreza sin aplicarla, y adora la naturaleza, pero cuando va al campo, no soporta el ruido de las chicharras, ni halla “tales turpiales”, y, para colmo de males, debe cargar “el agua en dos tarros porque no hay manantiales” y agotar sus “cigarros, espantando mosqueros”.

Se burla, sobre todo, de sí mismo, como poeta, de quien dicen “los de casa” (o sea, en su familia) “que soy buen haragán y mal tiplero”, cuya “pobre canción, voz alienada”, revela que le “falta un tornillo a la anticuada / máquina de escribir con que la escribo”, acaso sin admitir que a quien le falta un tornillo es a él.

Por último, ridiculiza a sus críticos, que nunca faltan, en el simpático soneto que les dedica al iniciar sus “Carajadas”:

Leyó mi verso el crítico y al rato, / con ademán postizo de erudito, / jalándose del pelo lanzó un grito / que malogró la siesta de mi gato.
Pontificando -sordo pichicato- / con sapiencia servil de hiposulfito, / sobre la mansedumbre de mi escrito / fijó su suficiencia de clorato.
Su cátedra, ¿por qué? Vaya el secreto: / no ser abstracto, todo lo concreto; / ni ser caro el amor, siendo barato.

¿Cómo quedó, después, nuestro terceto? / Yo tranquilo, escribiendo este soneto, / y furiosos, el crítico y el gato.

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