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Los zombis, la cenicienta y el mico de los medios de comunicación

Por Germán Rey* (razonpublica.com)

El gobierno se vio obligado a retirar el proyecto de ley que debilitaba la televisión pública, que ha venido conquistando las audiencias ante la mala calidad de la televisión privada. Pero la amenaza seguirá rondando.

El muerto viviente de los medios colombianos

Así como en las películas truculentas en donde la metáfora habitual es la resurrección sorpresiva del muerto—que sólo debe levantarse de su catafalco para que se oigan los gritos del respetable—la historia de los medios de comunicación de Colombia es, en parte, una historia de muertos vivientes.

Quizás la figura es muy dura para referirse a los medios tradicionales, especialmente a la prensa escrita y a la televisión abierta, pero la historia menuda de estos años nos ha demostrado que los dos medios han pasado por uno de sus períodos más turbulentos, del cual no saldrán indemnes sino transformados.

Aun no acaban de oírse las voces de las seudo plañideras llorando el fin de los periódicos y las revistas cuando uno de los íconos del periodismo se levantó de la tumba: el New York Times, que aumentaba suscriptores después de una dura veda impuesta por los servicios de internet. El problema no está saldado y tendrán que hacerse muchas más maromas para encontrar caminos en un modelo de negocio que terminó hecho trizas.

Quedaron atrás los años cuando la televisión paralizaba ciudades, trastornaba el horario de la gente y competía con las pasiones colectivas.

Pero la vida rozagante de la televisión—al menos de cierto tipo de televisión—fue mucho más corta que la de la prensa escrita. Cualquier persona con algunos años encima puede ser testigo de su nacimiento, auge y caída.

Quedaron atrás los años cuando la televisión paralizaba ciudades, trastornaba el horario de la gente y competía con las pasiones colectivas. Esta se fue marchitando poco a poco: la publicidad empezó a huir, los ratings a caer en picada y las prácticas audiovisuales a cambiar drásticamente.

Los libros de contabilidad comenzaron a vestirse de rojo, tanto así que ahora se necesitan gerentes de crisis, especialistas en resucitar zombis, para canales de televisión emproblemados. Pero todo parece indicar que estos gerentes entrenados para recuperar empresas perdidas van a tener muchas más dificultades de las previstas.

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Una zapatilla para la princesa

Televisión pública.
Televisión pública.
Foto: Autoridad Nacional de Televisión

Entretanto, como en una película de sentimientos desbordados, a la cenicienta empezaba a calzarle la zapatilla. Porque no nos digamos mentiras, en el baile de los negocios y las veleidades “la princesa” eran las televisiones comerciales que se paseaban orgullosas por el salón, así les apretaran un poco los juanetes.

Encumbraban políticos, hacían noticia de lo que deseaban (últimamente de violaciones, secuestros, robos en las calles y otros casos de comisaria), perdonaban personajes a todas luces criminales y transmitían tandas de melodramas en horario triple A.

Hoy lo siguen haciendo, pero el espectáculo es cada vez más lamentable: los noticieros se han deteriorado hasta límites impensables, haciendo que la gente ponga pies en polvorosa hacia la babel de internet o decida hacer un ayuno que les permita recuperar algo de la sensatez perdida.

Hace unos años un famoso director de noticias me dijo que su objetivo era montar a los televidentes en una montaña rusa de la que no pudieran bajarse, pero a la montaña rusa se le han aflojado los goznes y oxidado los pernos.

Las franjas de telenovelas se han llenado de biografías de cantantes tristes, cuando no de narcos del terror, a las que se suman las tribulaciones de la señora Fazilet y sus hijas, todas obras dulzonas provenientes del imperio de Erdogan.

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Entretanto la televisión pública ha ganado experiencia con buenas gerencias y un sentido de la programación que no intenta copiar los desastres que ocurrían en la televisión comercial.

Ya han transcurrido cerca de 70 años, tiempo suficiente para asentar las lecciones aprendidas y algunos gestos interesantes en la historia del medio:

  1. Definir a la televisión en general como un servicio público.
  2.  Inventarse un sistema mixto donde participan el Estado y la iniciativa privada que por concesión recibe espacios y franjas en lo que consideraba un bien público: el espectro electromagnético.
  3. La creación temprana de una televisión pública a la que se le otorgó específicamente el ámbito de lo educativo y cultural.
  4. La creación de los canales regionales durante el gobierno del presidente Belisario Betancur, un verdadero acierto en un país centralizado.
  5. Diversificar Señal Colombia y producir sus formatos institucional y de memoria.
  6. Encontrar un sistema justo de financiación de la televisión pública a partir de los beneficios que tenían las televisiones privadas (programadoras y canales).

Los privados no aceptaron de buena gana la presencia de la televisión pública, sobre todo no aceptaron su sistema de financiación, pues, en su opinión, entraba a saco en sus bolsillos de comerciantes.

Los tiempos cambiaron la visión del Estado que, en palabras del Norbert Lechner, era “demasiado grande para las pequeñas cosas, y demasiado pequeño para las grandes” y desde siempre buscaron todo tipo de estrategias para acrecentar los números de sus balances. Y llegó la oportunidad.

La televisión pública quiere estar en el baile

En el gobierno Santos ya se había empezado a transformar la televisión con una medida que critiqué en su momento.

Se llevó a cabo la reforma constitucional que permitió reemplazar la Comisión Nacional de Televisión por la Autoridad Nacional de Televisión y se produjo lo que llamé “el síndrome del cuerpo fragmentado”, con terribles precedentes históricos y simbólicos desde los tiempos de los Comuneros. En vez de una, terminamos con cinco entidades encargadas de supervisar la televisión.

El paisaje de la televisión se fue rediseñando rápidamente: la pauta publicitaria empezó a diversificarse, los ingresos de los canales privados disminuyeron, el liderazgo de las producciones colombianas en el mercado internacional se resquebrajó, las audiencias descendieron y la competencia aumentó.

La oferta de cable aumentó con la llegada de grandes capitales como los de multimillonario mexicano Carlos Slim. Los computadores y, sobre todo, los teléfonos móviles comenzaron a recibir las descargas, muchas de ellas informales y piratas, de los usuarios y los servicios de TOT como Netflix o HBO, que se apoderaron de una parte importante del mercado.

Sobre esto, los datos de la reciente encuesta del DANE sobre calidad de vida son definitivos:

  • El 96,5 por ciento de colombianos tiene teléfono celular, con una gran penetración rural (del 92,6 por ciento).
  • Un 44,3 por ciento tiene computador en sus hogares y un 52,5 por ciento posee Televisión LCD, plasma o LED.
  • El uso de teléfono celular inteligente es de 71,2 por ciento, y las personas de los cinco años en adelante que usan el internet comprenden el 62,3 por ciento.
  •  En zonas rurales el consumo de internet ascendió a un 37 por ciento, cinco veces más que en 2016, lo que confirma una indudable tendencia positiva.
  • El 81,7 por ciento que usó internet lo hizo a través de teléfono celular. Otro 47,5 por ciento accedió desde su computador fijo y el 33,7 por ciento desde su computador portátil.

Un proyecto con micos

programas televisivos.
programas televisivos.
Foto: Gobernación del Norte de Santander

Pero lo más grave no es lo que ha pasado sino lo que va a pasar. Lo que hoy son signos relativamente leves, muestran tendencias que pronto serán las dominantes.

Los que piensan ingenuamente que las clases populares son audiencias amarradas a la televisión abierta es porque no se enteran de las prácticas de consumo de medios que se están adoptando inclusive en las zonas rurales.

Por eso es interesante lo que acaba de suceder con el proyecto de ley que estaba a punto de ser votado en el Congreso. Los legisladores y los lobistas intentaron tramitar sigilosamente una ley que, bajo el ropaje de crear una autoridad convergente de las comunicaciones, decretaba la muerte de la televisión pública mediante la extinción del fondo para el desarrollo de la televisión y su reemplazo por una hucha indiscriminada de los dineros que ingresan por televisión y telecomunicaciones en el país.

La televisión pública es una opción que la ciudadanía estima y defiende

Este proyecto fue defendido con fervor por el presidente de la Cámara Colombiana de Informática y Telecomunicaciones Saúl Alberto Yohai como “la gran salvación de la televisión pública”. Ahí se armó la de Troya y el zombi demostró que se podría levantar así no tuviera la fuerza del pasado.

De paso se comprobó que la televisión pública no es un cadáver exquisito, sino un lugar de confluencia social de creadores, productores de televisión, organizaciones no gubernamentales, instituciones y audiencias a quienes no miden los ratings; también es el lugar de historias (algunas veces difíciles o desenfocadas), experiencias y una relativa tradición.

Después de años de supremacía de la televisión privada, se demostró que la televisión pública y regional tiene vitalidad, se acerca a los temas locales, puede diferenciarse y está experimentando en contenidos.

La televisión pública es una opción que la ciudadanía estima y defiende:

  • Programas como “Los puros criollos” dan sopa y seco a punta de creatividad, humor y otra forma de acercarse a los problemas de la gente.
  • Los noticieros regionales cuentan realidades con mucha mayor sabiduría y diversidad que la de los cansados sistemas informativos comerciales.
  • En la entrega de premios se empiezan a oír cada vez más los nombres de dramatizados y trabajos de ficción realizados con ideas y talento local.
  • Entretanto Señal Memoria, junto con el Museo Nacional y Patrimonio Fílmico, promueve un proyecto de salvamente del patrimonio audiovisual colombiano.
  •  Señal Institucional se encarga de exponer ante los colombianos el trabajo de instituciones como el Congreso.
  • Los ciclos de cine de Señal Colombia y sus transmisiones de conciertos de música son un bálsamo entre tanta narrativa única, tanta autocracia de la programación.

La convergencia es fundamental y necesaria. Pero no cualquier convergencia, sino una que considere las posibilidades de inversión de las tecnologías, su dimensión económica, el impulso a la innovación y la conectividad.

Y no solo eso. Debe rescatarse el sentido público de las tecnologías subrayando su valor social y cultural, la necesidad de inclusión, la defensa de la creatividad, el estímulo a los jóvenes productores, la producción de contenidos que reafirmen la diversidad simbólica del país y su circulación no solo desde el centro sino desde sus regiones y su conexión con las grandes reformas que necesita nuestra sociedad. No es un problema simplemente de cables de fibra óptica, informática y antenas en las ventanas.

Hasta el Ministerio de las TIC le sacó el cuerpo al orangután que estaban creando en el Congreso y pidió retirar el Proyecto de ley. Fue cuando salió el ponente por televisión prometiendo el oro y el moro. Pero ya el zombi había salido a cantar sus verdades con una fuerza increíble.

De todas formas, hay que tener cuidado porque en este país también existen proyectos de ley zombis que en cualquier momento se levantan ayudados por micos interesados para hacer desastres con los bienes públicos.

*Investigador y profesor en la Maestría de Comunicación de la Universidad Javeriana.

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