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Los dos de “Macondo”

Por Oscar Domínguez Giraldo

Gabo, el Nobel y los autografos. Foto archivo ODG

Estos dos colombianos llegaron hace treinta y cuatro años a Estocolmo con motivaciones diferentes a presenciar la entrega del Nobel a García Márquez. Lo hicieron con cargo a su caja menor. Se les prendió el bombillo y arrancaron. No tenían zapato que los apretara en casa.

El coronel ® Nolasco Espinal Mejía, veterano de la guerra de Corea, quería tomarse fotos con el Nobel García Márquez. Retratarse al lado de las figuras es su forma de pasar a la historia. No importa adonde haya qué viajar. (Y se tomó la foto como se aprecia en la foto: es el de bufanda).

Nacho Martínez (de sombrero y bigote, derecha), residente en Nueva York, iba a hacer las pertinentes relaciones públicas ante los rostros de madera de la Academia sueca con el argumento de que para ganarse un imposible Nobel al que aspira con un libro sobre monseñor Miguel Angel Builes, primero había que echarse al bolsillo a los miembros del severo sanedrín que adjudica el premio.

Casi siete lustros después frente al “pelotón de fusilamiento” del olvido, el coronel Espinal, experto en la lucha a machete cuerpo a cuerpo, sigue viviendo de su biografía y de sus nostalgias. Por la época del Nobel, Nacho dirigía un programa de radio de RCN en la Gran Manzana. Le he perdido el rastro. Me lo saludan si se lo topan por ahí en Nueva York o en Santa Rosa de Osos, su terruño.

Espinal iba siempre a bordo de una bufanda descomunal que casi le daba la vuelta a la manzana. A Nacho no le entraba ni el magníficat, meteorológicamente hablando, con su liquilique boyacense: una ruana blanca toreada en mil heladas neoyorkinas.

En su maricartera, al coronel Espinal le cabía de todo. Llevaba hasta fotocopias de sus condecoraciones de veterano de guerra. Nacho llegó con un carriel de piel de nutria en cuyos bolsillos misteriosos llevaba el secreto para preparar la segunda trinidad bendita paisa, la bandeja, en su restaurante El Triángulo, de Nueva York, algo así como la ONU de las empanadas antioqueñas en esa época.

Se decidió por el negocio de comida cuando descubrió que a los colombianos les encanta alimentarse de nostalgias. Con ese cuento no se llenó de plata porque siempre despreció a aquellos pobres diablos que lo único que tienen es dinero. Pero los dividendos que le ha reportado ese Wall Street de la gastronomía que es su restaurante, le han permitido darle al vuelta al mundo unas 79 veces, una menos que Phileas Fogg, personaje de Verne.

De su negocio no salía el maestro Guillermo Angulo, el cónsul en Nueva York que fue invitado a escoger los doce mejores amigos del Nobel para que lo acompañaran en su soledad acompañada de Estocolmo. Todavía me preguntó por qué me negrió…

Con el inglés pedestre que manejaba, tres veces peor que el del presidente Uribe, a Nolasco no le alcanzaba ni para ponerle la mano a los taxis suecos. Se defendió con el esperanto o braille que se habla con las manos.

Lo habló la noche que trató de convencer a una bailarias de estriptis del cabaret Le chat noir, de que el matutino, el meridiano y el vespertino del sexapil latino pasaba por su escueta anatomía. (El otro compinche en Le chat noir, fue el vallecaucano Bernardo Sánchez, también extraviado de mi radar).

Nacho hablaba un fluido inglés de Santa Rosa de Osos. Decía thank you o bye-bye y volaban en todas direcciones pedacitos de chicharrón, morcilla o chorizo. El suyo, como el de su paisano Bernardo Hoyos, ya recogido por el silencio, es un inglés sin pretensiones, ni pronunciaciones rebuscadas para impresionar a la galería.

En su empeño por hacerse tomar foto con el Nobel, Espinal se ganó la fama de ser un espía de la CIA. Lloró a moco tendido cuando se filtró la sospecha de su espionaje. Sólo cuando fue absuelto de cargos por el entorno del iluminado de Aracataca, le volvió el alma al cuerpo. Como fue mi compañero de habitación en el Amaranteen para ahorrar costos, juro por los cucaracheros que hacen nido en nuestro balcón, que nunca le ví arrestos para ser espía, una de las formas de la traición. Lo único sospechoso que le vi que todas las noches dejaba lista la maleta para partir en caso de emergencia.

El diminuto Nolasco colaba en los más inverosímiles lugares, sin tarjeta de invitación. Fue algo así como el enviado especial del coronel Aureliano Buendía a la tierra de Olafo, El Amargado. Además del grado militar, a los dos les tocó esperar en vano: la pensión nunca le llegó al coronel Aureliano. Nolasco nunca alcanzó el generalato. Le faltó ropita y un poco de aristocracia. Y esa no se la daba su condición de nacido en San Pedro de los Milagros, Antioquia.

El protagonismo de Nacho Martínez, de bigote dalilesco, era diferente. En su condición de cantante de ópera rock, otro de sus modus comiendi, llegó repartiendo sonrisas y besos, y agitando su sombrero bombín, ametrallado de escudos de todos los países. En par segundos, era de los más conocidos entre la pandilla de Macondo. En segundos se hizo conocer de la élite del Grand Hotel que alojaba a Gabo y a su séquito.

Nacho fue el primero en descubrir que la música que tocó la orquesta en honor del Nobel durante la entrega de los premios, era el Intermezzo Interroto del concierto para orquesta de Bela Bartok, el músico preferido de don Gabo.

Y si el coronel habló hasta dormido contra el general Camacho Leyva que le embolató el generalato, Nacho habló más de Monseñor Builes, Obispo de su Santa Rosa natal, que del Nobel de Aracataca.

La explicación es fácil: con un libro que dizque pensaba escribir sobre Builes, Nacho asume que será el segundo Nobel colombiano. Ni siquiera respetó el turno de dos ilustres paisanos suyos con más méritos: el transeúnte Rogelio Echavarría y el poeta Darío Jaramillo Agudelo. Nacho es un Borges al revés: él mismo se candidatizó al Nobel, pero sin escribir una sola palabra. Y “ve” hasta por los codos. Han pasado los años y de aquello, la biografía de Monseñor, nada.

Nada que se hace el anuncio del segundo Nobel (de literatura) para Colombia. Lo que me ha hecho pensar que, más bien, Nacho estaba pagándole a Monseñor Builes el favor de que éste le perdonara los pecados que cometía como especulador en empanadas, sin cargarle la mano a la hora de la penitencia. También les perdí el rastro. (Esta nota ha sido actualizada).

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