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“Lo que se ve no se pregunta”

Por Julio Sánchez Cristo

Homenaje a Juan Gabriel Foto Agencia EFE

Esta magistral respuesta a algún periodista sobre su sexualidad podría ser la explicación que todos buscamos sobre el fenómeno irrepetible que marcó la vida de millones de hispanohablantes fascinados por la magia de sus letras, esos escalofríos de amor y desamor que nos sacan desde una lágrima hasta una sonrisa.

Definitivamente, lo que se ve en Juan Gabriel no se pregunta.

Ese tímido y solitario joven creció en la pobreza de Juárez, una ciudad fronteriza donde el sueño americano está a la vuelta de la esquina, y lo que hizo extraordinario a este poeta de nuestra generación fue reafirmarlo y, de paso, reafirmarnos en nuestra identidad, en ese mexicano que todos llevamos en el corazón.

Su carrera comenzó y terminó varias veces, pero jamás se acabó. Vivió la cárcel, fue señalado en algún momento de traición a la patria por una declaración equívoca a favor de Estados Unidos. Vivió la homofobia, tuvo amantes misteriosos, tuvo esposas que no lo fueron, hijos, mamá consentidora y un padre que murió cuando el nació. Tuvo soledad, problemas de impuestos, avión, casas, fincas, trajes de 8.000 dólares, en fin, no le faltó ingrediente a su leyenda, pero lo que no veíamos era su genialidad para unir en cualquier estrato social a toda una familia, abuelos, tías, padres, hijos, empleada del servicio y hasta el cura.

¿Cómo un solitario buena gente logra durante 45 años inventarse 1.800 canciones? A lo mejor su sencillez le ayudaba. Tuve la oportunidad de hablar con él alguna mañana (Escuche la entrevista: Julio Sánchez Cristo habla con el “Divo de Juárez”, Juan Gabriel) y me encontré con un hombre enamorado de todo y de nada que no tuvo problema en susurrar a mis oyentes “Querida” y “Déjame vivir” a capella, como si estuviéramos en la sala de su casa en Cancún o en Santa Mónica, donde murió.

Desmenuzando las letras de algunas de sus canciones podríamos encontrar el sentido oculto de su vida: sus hijos. Ellos representaron su permanente reto para intentar ser aceptado en una sociedad machista y cruel, que jamás pensó en Alberto Aguilera II y su nieto, Héctor Alberto Aguilera, ambos con problemas de conducta; Joan Gabriel, también con líos. Héctor Alberto murió de una sobredósis después de su detención. Iván Gabriel, ahijado de Isabel Pantoja; Hans Gabriel, músico; y Jean Gabriel, cineasta.

A lo mejor lo que no veíamos es que cinco muchachos podían ser su verdadera razón de vida. “Probablemente ya de mi te has olvidado, y sin embargo yo te seguiré esperando…” “Cuando tú estás conmigo es que yo digo que valió la pena todo, todo lo que yo he sufrido…” “No sabía de tristezas, ni de lágrimas, ni nada, que me hicieran llorar. Yo sabía de cariño, de ternura, porque a mi desde pequeño eso me enseño mamá…”.

Y así podríamos seguir recordando sus magistrales letras, construyendo todo tipo de hipótesis sobre aquello que deambulaba por su mente y por su corazón en tantas noches y amaneceres escribiendo en un papel, tarareando, grabando en soledad ensayos de verdaderos himnos que hoy impregnados de nostalgia, a pesar de su partida, no se apagan. Por el contrario, hoy esos himnos toman la fuerza reservada para los grandes, que cuando aterrizan en otra dimensión se fortalecen aún más.

Esa fue su fascinación. Mantenernos siempre interrogándonos sobre ese tic tac, ese latido de cada compás, de cada estribillo, que une generaciones, sin distingo alguno.

(Puede oír las entrevistas dando clic sobre cada nombre)

El día de su muerte coincidieron Juanes, Marco Antonio Solís, Carlos Vives, Victoria Aguilar, John Fogerty, Mayte Lascuraín, Angélica María, Claudia de Colombia, Zona Prieta, Francisco Cordero y Shaila Dúrcal en advertir que estábamos despidiendo no solamente a “tremendo talento”, sino a un hombre modesto y buena persona.

En la mezcla de sus angustias y dolores siempre triunfaba la desilusión como chantaje permanente a un ultimátum de sentirse solo, de querer proteger a alguien o de simplemente recordar como hubo momentos mejores en los que florecían azahares, aunque no tenían olor. Es la permanente contradicción con el tiempo de soñar o estar despierto, suspirar o no respirar, confundir un atardecer con un amanecer, o sencillamente ir por ahí viendo los mejores tiempos pasar, como quien mira fijamente desde la ventana de un tren correr el paisaje sin verlo.

El cronista mexicano Carlos Monsiváis, antes de morir, escribió: “ahora Juan Gabriel cautiva o conquista el escenario, varía de ritmos, elogia pasiones contrariadas y satisfechas, y no disimula su entusiasmo por ser el mismo, el niño del orfelinato, el adolescente que soñaba, la celebridad, el joven que no aprendió a escribir música y retenía para mejor oportunidad el tumulto de melodías y letras que iba urdiendo, el triunfador perseguido por la homofobia, el hijo adoptivo de millones de jovencitas, el fenómeno para muchos incomprensible, que ahora, a petición popular repite Querida y sonríe con íntima y publica satisfacción”.

Difícil una respuesta más inteligente del gran Juan Gabriel: “lo que se ve no se pregunta”. Veíamos todo, pero no sabíamos nada.

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