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Lo que no puede pasar

Por: Héctor Abad Faciolince, Diario El Espectador, Bogotá

Imagen blogspot.com

Algo que ocurrió en los procesos de paz del pasado, lo que frustró el sueño de convertir a Colombia en un país sin conflicto, en un país donde pudieran convivir pacíficamente los desacuerdos políticos, fue algún acto violento, planeado o espontáneo, de alguna de las extremas: la derecha o la izquierda.

Todo pacto, todo apretón de manos entre el Gobierno y los subversivos, puede ser visto como una rendición. Según la extrema derecha, del establecimiento al terrorismo; según la extrema izquierda, de los ideales populares a la burguesía. Pactar es de blandengues; los valientes, los leales a un ideal, luchan hasta la muerte, sin ceder ni una coma.

Estos fanáticos que todo lo ven en blanco y negro, para quienes todo acuerdo significa claudicar, decepcionados, son capaces, o al menos hasta ahora siempre han sido capaces, de hacer una locura que produzca un aborto general: con tal de aguar la fiesta de una paz posible, de un sueño que al fin podemos acariciar, propician o cometen un acto demente. Un atentado, un secuestro masivo, una acción salvaje que desate el miedo, la zozobra, la sensación de rechazo en la población. Asesinan a un jefe guerrillero, a un líder carismático de la derecha, a un militar, a un negociador de paz, a un opositor importante, a un ministro o un obispo, ponen una bomba en un sitio o en un evento simbólico de alguna ciudad… Y con eso tienen para que el país vuelva al desconcierto y pida mano de hierro contra una violencia amorfa, oscura y cuyo origen nunca queda claro. Los enemigos de un país en paz han sido capaces, incluso, de atentar contra los propios aliados, para poder acusar a los del otro bando.

Esto es lo que no puede pasar. Una victoria del No en las urnas sería parte de un proceso democrático legal. La verdadera derrota del acuerdo sería que recrudeciera la violencia. Lo que la seguridad de un Estado convencido de las bondades de un acuerdo de paz tiene que prevenir y evitar en la medida de sus fuerzas son las vías de hecho. Está claro que hoy hay un gobierno seguro de que nos conviene vivir en paz. Pero la tradición de la violencia colombiana es al menos tan larga como nuestro sueño de concordia. Y es comprensible que lo más difícil de prevenir, siempre, sean las locuras del fanatismo, los coletazos violentos de la desesperación. No es que los dañinos sean muy creativos, sino que hacer mal y destruir es muchísimo más fácil que construir y crear.

Cuanto más sube la espuma de la paz, mucho más suben también los espumarajos de rabia de los iracundos. Mejora el porcentaje del Sí en las encuestas, y al mismo tiempo carcome la rabia de quienes conspiran contra toda conciliación. El lenguaje sube tanto de volumen que ni siquiera se requiere una orden para que algún exaltado prenda la chispa en un ambiente saturado de gas. Basta ese lenguaje exaltado y falso que llama dictadura a las ganas de reconciliación, convivencia y libertad.

A nadie le gusta perder, pero hay perdedores mucho peores que otros, y lo peor que podría pasar a estas alturas de la historia del país sería un coletazo de violencia. Invocar como posible un acto de terror no es propiciarlo, al contrario: siempre me ha parecido que imaginar lo más grave es la única forma de evitarlo, de prevenirlo, y lo peor en este momento sería que ocurriera un magnicidio. El asesinato de alguna persona prominente, bien sea de la izquierda o de la derecha, del establecimiento, o de la élite huérfana del poder, o una supuesta venganza justiciera contra un desmovilizado en cese al fuego, o a un grupo vulnerable en el campo o en la ciudad, cualquiera de estos escenarios, lograría alimentar la sensación de que aquí no pelecha la paz, de que la tierra colombiana es estéril para la convivencia pacífica y la discusión democrática de las diferencias políticas, y de que nuestro único camino posible es el de un conflicto armado perpetuo y de mediana intensidad. Esos ríos turbios donde ciertas especies son más hábiles para cazar y matar.

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