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Lo de Santrich y la DEA

Por Antonio Caballero, Revista Semana, Bogotá

Imagen farc-ep.co

 

Tan caÍdos como Santrich del zarzo me parecen Martínez y Santos, que se tragaron sin parpadear el ‘indictment’.

Sin duda tienen razón los dos: los jefes de la Farc cuando dicen que lo de Santrich es un montaje de la DEA, y la Fiscalía cuando dice, siguiendo informaciones secretas de la DEA, que Santrich está haciendo negocios de droga en flagrante incumplimiento de los pactos firmados. No le creo nada a Jesús Santrich. Pero tampoco les creo nada a la DEA ni a la Fiscalía de Néstor Humberto Martínez, uno de cuyos patrones de devoción es la DEA. Y me parece que el presidente Santos se precipitó en su arrodillamiento al aceptar las afirmaciones de la DEA como “pruebas contundentes y concluyentes”, según dijo en su breve discurso antes de pasarle la palabra al fiscal para que transmitiera las informaciones u opiniones de la DEA de los Estados Unidos.

No sé si los militantes o los jefes de las disueltas Farc han renunciado al narcotráfico. Pero sí creo que han renunciado a la guerra. En cambio la DEA no ha renunciado a la guerra, por el contrario: de ella vive. Y por vivir de ella es desde hace medio siglo una de las agencias más esenciales, y más criminales, en las que se sustenta el tentacular poder mundial de los gobiernos de los Estados Unidos. Tan importante como la CIA –Agencia Central de Inteligencia– es la DEA –Administración para el Control de Drogas–; y tan propensa como aquella a burlar las leyes, no solo las de los países extranjeros en donde opera, sino las de los propios Estados Unidos. Una y otra utilizan a veces la intervención armada, pero el método más habitual para lograr sus triunfos es el llamado “entrapment”, el entrampamiento. Inducen a alguien a cometer un delito, y a continuación lo capturan, lo juzgan y lo condenan. O sea que solo persiguen los crímenes que cometen ellos mismos. Por eso solo logran “controlar” como pretende su nombre, es decir, interceptar, el uno por ciento (1%) de las drogas que circulan en los Estados Unidos o que les llegan desde el extranjero, burlando a los inútiles once mil funcionarios, a los inútiles cinco mil agentes especiales armados, al inservible centenar de aviones de que dispone la DEA. Es decir que, en fin de cuentas, los dos mil millones de dólares de presupuesto anual con que cuenta la DEA solo le sirven para castigar, en cabeza ajena, los delitos que comete ella misma.

En cuanto al narcotráfico, ha sido siempre obvio que nadie va a renunciar a semejante magnífico negocio –ni los antiguos miembros de las Farc, ni la propia DEA, ni todos los demás– mientras no se legalice, y deje de ser, en consecuencia, un negocio tan bueno como para que pueda financiar a la vez a las Farc y a la DEA, y a todos los demás: a los varios supervivientes cartelitos colombianos (de los cuales el de las Farc era uno solo, y no, ni mucho menos, “el más grande del mundo”), a los hoy grandes carteles mexicanos, y a los ignotos, misteriosamente ignotos, carteles gringos de la droga, cuya pretendida inexistencia siempre me ha parecido inverosímil.

En fin: volviendo a lo inmediato, me parece posible, aunque improbable, que un exjefe guerrillero y hoy representante al Congreso como Jesús Santrich siga metido en el negocio, o haya sido inducido (¿ingenuamente?) a meterse en él por la hábil persuasión de un agente de la DEA disfrazado de narco mexicano. Pero tan caídos como Santrich del zarzo, o en la trampa, o a sueldo, me parecen el fiscal Néstor Humberto Martínez y el presidente Juan Manuel Santos, que se tragaron sin parpadear el indictment del tribunal de Nueva York que reclama la extradición de Santrich: una acusación tan vaga que ni siquiera habla de un delito, sino de la presumible intención de cometerlo, y que además se refiere a actos ocurridos fuera del territorio de los Estados Unidos: en una casa y un hotel de Bogotá, en complicidad con presuntos ciudadanos mexicanos, y con el propósito de “fabricar una sustancia conteniendo una cantidad detectable de cocaína a sabiendas de que podría ser ilegalmente importada a aguas a distancia de 12 millas de la costa de los Estados Unidos”.

Colombia, México, la alta mar: no son ámbitos en los que imperen las leyes norteamericanas (esas mismas que los Estados Unidos son incapaces de hacer cumplir en su propio territorio). Entiendo que el gran jurado neoyorquino, a instancias del juez, se pliegue a lo que le pida la DEA, porque no hay justicia en el mundo más obediente a los intereses de su gobierno que la de los Estados Unidos, en especial en lo referente a la “lucha frontal contra la droga” de la cual vive la DEA y por la cual muere tanta gente en el mundo. Pero ¿por qué van a plegarse también, salvo por cobardía, el fiscal general y el presidente de Colombia? ¿Por qué van a permitir que la guerra de la DEA destruya lo único positivo de los ocho años del actual gobierno, que es el acuerdo por el cual la guerrilla de las Farc dejó las armas?

Espero que no tengan la desfachatez de alegar que ese sometimiento a la DEA es patriotismo.

 

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