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Libre albedrío

Por Carlos Alberto Ospina M.

Collage de El Espectador

La capacidad de reflexionar, la facultad de decidir y el actuar obedecen a la necesidad de cada persona de acertar o no. En algunas facciones se habla de democracia e inclusión a partir del concepto discordante, retrograda y coercitivo que apunta a forzar el carácter del otro sin posibilitar una mirada diferente. Del espectro insondable de las creencias espirituales se abre paso el fundamentalismo, excluyente e irrespetuoso, carente de pureza, ejercido a nombre de los ciudadanos. Falso amigo de la veracidad, vendedor de bisutería barata y cofradía de encrespados parásitos sociales.

 

Estos organismos, en verdad, viven a costa de otros. Discuten sobre el sentido de la observancia a través de “los matices de los sucesos” y al mismo tiempo, no reproducen la gama de colores a la hora de aceptar la diversidad ideológica o la discrepancia de opinión. Aquí la primera ambigüedad dado que pluralidad significa la representación de toda la sociedad civil y no solo las minorías, cualquiera que sea su naturaleza. “Eres un apasionado, un inconsciente, un extremista, un arrodillado al establecimiento, un hp, un …”. Sí, un sartal de agresiones verbales, sicológicas y a veces, físicas, por el hecho de disentir u obrar de acuerdo con la reflexión interior.

 

La firmeza de carácter y el libre albedrío son libertades escasas que determinan la voluntad individual. Ejercer ese derecho autónomo implica desafiar la razón e ir en contravía a las tendencias o las modas de supuestos nuevos imaginarios colectivos. Desconfío del mandato imperativo que pretender negar la existencia particular con el fin de subordinar e instaurar el régimen amorfo, por fuera de la otra mayoría, no tan visible ni mediática.

 

El discurso cacofónico de estar “cansados del estado de las cosas, de la violencia de unos y las miserias de otros” cae en el vacío conceptual al momento de enfrentar la discusión sin satanizar al tercero. Tras comprender el significado elemental que la humanidad avanza, destruye, retrocede y se vuelve a reinventar en razón a la diversidad de pensamiento, la combinación creativa, las rupturas ideológicas, los cismas religiosos, las creencias, las supersticiones, la política, el arte, la literatura, la intransigencia de los demás y la bondad ajena; en definitiva, el ser humano absorbe distintas fuentes de conocimiento para facilitar la coexistencia. Darse baños de pureza con el líquido hirviendo equivale a rechazar e impedir el debate de la distinción.

 

El fanatismo encarna la ausencia de claridad, la desaparición del juicio recto y la intención vulgar de desechar la historia, impidiendo ver con precisión la evidencia del presente. El fanático no reconoce los principios éticos ni pasa el examen, a prueba de agua, en relación con la solidez de los valores morales. Por lo tanto, está lejos de acatar el fondo de la Declaración Universal de los Derechos humanos y también, distante de honrar la palabra.

 

Por estos días, la novela bizantina interpreta infinidad de pasiones contrariadas, discursos de pan y de vino, descripciones del paraíso prometido y debates con carácter de venganza letal. En debida forma, este género ilustra el expediente de cómo el odio le gana a la voluntad, la retaliación somete a la capacidad de discernimiento, el poder económico derrota a la rama judicial y el diálogo de sordos implanta el engaño. La regla general en medio de los ardores políticos desbordados consiste en no imponer el silencio; más bien, saber escuchar sin sujeción ideológica. Por lo demás, no tengo por qué estar de acuerdo, simplemente, ejerzo la “Potestad de obrar por reflexión y elección” *, libre albedrío. (*Servicios lingüísticos, Real Academia Española © Todos los derechos reservados).

 

Enfoque crítico – pie de página. El historiador presidencial de la plataforma informativa Axios, Michael Beschloss, plantea la siguiente posición maquiavélica: “Para casi toda la historia de los Estados Unidos, incluso los presidentes con opiniones firmes se han dado cuenta de que parte de su trabajo era intentar unir al país. Comenzando con el discurso inaugural de Donald Trump, sugiere un punto de vista opuesto: que unir al país no es parte de su trabajo, y que él piensa que un presidente se vuelve más poderoso si se divide”. El dictador romano, Julio César, fue más contundente en la estrategia, “divide y vencerás”.

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