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Levantar el velo

Por Carlos Alberto Ospina M.

Imagen blogspot.com

Una de las grandes ventajas de la igualdad es el derecho inherente de la mujer a vivir la sexualidad, abierta o encubierta, de la forma más placentera posible. Superadas décadas de ocultamiento y falso puritanismo religioso, la mujer, en la búsqueda de la identidad, decide cuándo, dónde, cómo, y hasta con qué o quién, realiza sus experiencias íntimas. Ahora, las vestiduras se rasgan, no por el inculcado desliz, sino para atrapar momentos irrepetibles de excitación.

 

Otrora, el autoerotismo era sancionado con la expulsión de la iglesia, mientras que, por debajo de muchas sotanas, sacerdotes y monjas, ardían en el infierno del apócrifo, diría, hipócrita celibato. Miles de seminarios conciliares fueron cárceles, y aún lo son, de andrógenos disparados por jóvenes en proceso de formación. Los conventos son recintos que no clausuran los vaivenes de los estrógenos y la progesterona, hormonas ineludibles en presencia del creador. Por eso, la posición del misionero es una abdicación. Produce estupor, pensar en la “inquisición sexual” practicada durante centenares de años con el fin de obligar a la mujer a adoptar una posición de cadáver sin movimientos involuntarios ni manifestaciones del crujir de los dientes en señal que algo se tensa, para luego explotar de delirio. Ese estremecimiento sólo era aceptable con la otra, la amante, o la prostituta de turno. Quién lo creyera, aún en el siglo 21, persiste la sociedad de la ablación, como práctica cultural, y todavía, como control sicológico y emocional de la mujer.

 

A cierto tipo de hombres se les cae el ego, y también otra cosa, cuando viven u observan, la condición privilegiada de la mujer que es capaz de alcanzar un espectro insondable de sensaciones, literalmente, desde sus genitales hasta la cabeza, a la par que está habilitada para sacudir el mundo durante varios orgasmos. Por esto, la sociedad machista encumbra los falos grandes y las enormes hazañas cinematográficas, en detrimento de la habilidad de percibir y aplaudir ese privilegio de la naturaleza. Desde la visión heterosexual masculina, la sensibilidad se constituye en un truco de seducción; en lugar, de una visión integral del cuerpo y la mente del género femenino.

 

 

El cerebro es el órgano más importante a conquistar. Allí radica la génesis de las emancipaciones femeninas. Los centros nerviosos se sitúan en la posición más dominante para conseguir el afecto y cautivar la orden mental de excitación sexual. Creo, que estamos leyendo el manual al revés. ¡Mejor dicho! Es preciso abandonar los estereotipos y los cartapacios para estimular ese universo individual tan complejo y disperso. Hay que partir por aceptar que las reacciones satisfactorias de la mujer superan, en número e intensidad, a las del varón. Indiscutible, los genitales de ambos acumulan sangre; no obstante, la liberación femínea es un conjunto de elementos complejos: deseo, estimulación, empatía, afecto, excitación, relajación, contracción, bienestar y ciclo menstrual, entre un amplio arcoíris de posibilidades. El hombre en su mayoría, “siente” en blanco y negro, la estrechez de su éxtasis. En la escala evolutiva del placer, somos el símbolo visible de la eyaculación.

 

Los sex shop y su variado catálogo de “juguetes sexuales” traen un recado explícito de cero subordinación masculina. A nivel implícito, es un mensaje que supera el apremio comercial, para plantear la exploración del enmarañado cuerpo femenino. ¡Para nada! es fácil lubricar las estructuras tullidas y cómodas del hombre, máxime cuando la programación se centra en los órganos externos. Con el pasar del tiempo, algo se ha avanzado, en razón a que el “menú del día” fue reemplazado por otra opción, “A la carta”, por medio de las distintas plataformas de internet. Facebook, el cibersexo y las Apps propician los contactos de carne y cartílago a domicilio. ¡No es para escandalizarse! las cosas se llaman por su nombre, y en especial, ahora que el acceso virtual facilita la comunicación clandestina, espiada o no, entre personas dispuestas a tener sexo casual. Al respecto, levantar el velo que cubre esa inevitable realidad, trae consigo nuevas reglas de juego.

 

La red social fundada hace 13 años por el joven, Mark Zuckerberg, es señalada de incitar más de 28 millones de separaciones en el mundo. De acuerdo con la revista Cyber Psychology and Behaviour Journal, el 95% de los usuarios de Facebook, buscaron a sus exparejas a través de esa red. El 30% dedica más tiempo a mirar y espiar la vida de sus contactos, en vez de tener relaciones sexuales. En Estados Unidos e Inglaterra los divorcios están a la orden del día. La práctica del sexo en línea, el voyerismo y los pactos abiertos de infidelidad, originan el 20% de las separaciones. La virtualidad facilita los encuentros, la promiscuidad, los mensajes cifrados, las insinuaciones y las aventuras ocasionales. En definitiva, estamos en presencia de un nuevo tipo de adicción que es convergente a la pornografía, al abuso de las interacciones y a la depresión. Así mismo, facilita el incremento de los conflictos en pareja y posibilita la creación de grupos online para una comunidad de mujeres interesadas en explorar su potencial sexual.

 

 

La colectividad mojigata acelera a más de 180 pulsaciones por minuto, no como consecuencia de un orgasmo, sino por ruborizarse en virtud del atrevimiento femenino. Éste es objeto de infinidad de “memes”, chistes y clasificaciones jocosas a partir de las muecas, los jadeos, los sonidos guturales y demás ruidos de la oralidad producto de la excitación. Es necesario advertir, a los oidores vecinos que, por favor, se abstengan de utilizar el Nuevo Código de Policía con base en la supuesta perturbación del orden público, el exceso de volumen o el maltrato a un ser vivo que, se muere de goce, en la habitación contigua. Tal vez, se trata de una expresión de placer, “eres un animal”; o quién sabe, un reclamo de cama. ¡Ah! de igual manera, es inevitable algún Solo perpetuo o una súplica divina, atravesada a las 3 a.m.

 

La cultura occidental redujo el hedonismo “al placer por el placer”. Más bien, consiste en una doctrina ética de origen griego que busca que el hombre sea feliz desarrollando los sentidos. Al parecer, aquel asunto sí era de género. La mujer ganó esa partida al ser potencialmente multiorgásmica y en particular, porque cuenta con la destreza sexual para encadenar una respuesta inmediata, erotizada y sensual. La satisfacción de la mujer no está determinada por la proeza del número de orgasmos ni los contrastes anatómicos, simple y llanamente, es el resultado de su momento de bienestar personal.

 

Nota pie de página – Enfoque crítico. Del mito a la realidad femenina. La sexualidad dejó de ser una respuesta fisiológica contenida. Aquí y ahora es una decisión que asciende al monte de venus, se desliza hacia el órgano de mayor estimulación, hasta llegar al cerebro y terminar en una caricia. Es ella, la mujer, quien decide el destino de su placer.

 

A propósito del orgasmo, “Algunas mujeres lo viven con una sensación de bienestar, a veces, se dice de elevación e incluso de una mínima pérdida de conciencia, con una sensación como de irse de este mundo”, resalta Esther Corona Vargas, asesora de la Organización Mundial de la Salud (OMS) y secretaria para las Américas de la Asociación Mundial de Sexología (AMS).

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