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Las suegras también son gente

Por Oscar Domínguez Giraldo

Tal vez no haya una palabra más pronunciada en español – en todos los idiomas- que madre o mamá. Desde pequeños la tenemos ahí no más. Pero también, pocas voces están más pobremente definidas en los diccionarios.

El de la Real Academia Española es avaro a morir: Mamá: “Voz equivalente a madre, que usan muchas personas, y especialmente los niños”. La definición de madre tampoco emociona: “Hembra que ha parido. Hembra respecto de su hijo o hijos”. Para el Larousse, madre es “mujer que ha tenido hijos”. Y mamá es “madre en el lenguaje de los niños”. Nada que hacer frente a la definición de Ana Milena, una nena de cinco años: “La madre es la piel de uno”.

Preferibe recordar lo que de ellas escribió la escritora francesa Margarita Duras: “En la maternidad, la mujer deja su cuerpo a su hijo, a sus hijos. Están sobre ella como sobre una colina. La comen, tamborilean sobre ella, duermen sobre ella y ella se deja devorar. Duerme a veces mientras están sobre su cuerpo”.

Las suegras también son mamás … sin poesía, se merecen toda nuestra perplejidad. Como dijo un poeta hablando de la letra eñe: las suegras también son gente.

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El día de la madre es un buen pretexto para recordar que el matutino, el meridiano, el vespertino y el eterno femenino pasa – a regañadientes- por las suegras.

La sola palabra pronunciada así no más, sin contexto, espanta. La humanidad ha sido cruel, despiadada, injusta con ese colectivo. El oficio de suegra parece negarle a la mujer otros atractivos propios del eterno femenino.

Pero las suegras también tuvieron sus quince años. Lo recuerda Serrat: “Recuerde, antes de maldecirme, que tuvo usté la carne firme y un sueño en la piel, señora!”.

Jesús reivindicó esa desacreditada condición y curó de fiebres a la suegra de Pedro, el primer antecesor de Francisco.

El refranero popular es menos poético con las suegras y afirma “que son como las yucas: buenas … pero enterradas”. Se les reconoce que son buenas… en el fondo.

Las suegras son madres sin prensa, o con pésima prensa. Carecen del Chapulín Colorado que las defienda.

Ellas tienen la culpa porque cuando asumen su papel de tales quedan reducidas a una isla rodeada de antipático egoísmo por todas partes. Ahora, por más que detesten a la nuera o al yerno, idolatran a los nietos en nicho aparte. Celebran cuando nacen los nietos porque entonces empiezan a ennietecer que es una forma de dejar de envejecer.

Nadie les reconoce capacidad de amar. Jamás renuncian a la posesión que creen tener sobre su prole, así ésta decida contraer matrimonio.

“Qué vivan las suegras. Pero que vivan lejos”, es otro apunte del habla popular que proclama el bajo índice de sintonía de estos especímenes.

Mejor volver a Serrat: “Ese con quien sueña su hija; ese ladrón que os desvalija de su amor, soy yo, señora”.

Todos llevamos un repertorio de suegras en nuestro prontuario sentimental. Los hay que se entendieron mejor con las suegras que con la novia. De pronto ellas toleraban el trato con los yernos para conocer más fácilmente sus reales intenciones.

Cuando se lo proponen, las madres políticas son diplomáticas y calculadoras Talleyrand de tacón alto.

Operan a manera de sicólogas sin tarjeta, hechas en casa. Una suegra sabe hasta para remedio.

En los días de la madre, hay consenso general para no menear la complicada condición de suegras. Tampoco se menciona la soga en casa del ahorcado.

“Dichoso Adán que no tuvo suegra”, dice la sabiduría popular. O la ignorancia.

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Antes había cierta distancia con ellas. La novia recibía en la ventana. O en la sala, cuando el sujeto ese había hecho méritos. Y empezaba a dar puntadas matrimoniales. Hoy la muchachada se tutea con las suegras, les dicen por su nombre, y se despiden de ellas de beso.

Desde siempre ha existido una doble moral frente a este gremio. Se las adula durante el noviazgo y se las vilipendia al llegar a la tierra prometida del altar. De novios, son un mal necesario porque son aliadas ante el suegro exigente que solo admite príncipes azules para su hija.

Sin suegras cómplices habría más de una bella vistiendo santos. Suegras hay que fueron precursoras de la liberación femenina. Hicieron la revolución a costillas de sus hijas. Eso no lo ve el machista ojo masculino.

Menos mal no han pensado en armar sindicato. Una suegra sola es una central única de trabajadores cuando se trata de defender los intereses de sus vástagos.

Mejor despidámonos con Serrat: “Yo sé que no soy un buen yerno, soy casi un beso del infierno, pero un beso, al fin, señora…!”.

Madrastras

Las madrastras han tenido tan mala prensa como las suegras. Pero pese a que no “registran” bien, crece la audiencia de madrastras. La razón es sencilla, perogrullesca: hay más madrastras porque cada vez son más frecuentes las separaciones.

En el pasado había más tolerancia hacia el matrimonio. Era un fin en sí mismo. Y había más respeto por lo religioso. Se tomaba casi al pie de la letra que el matrimonio era hasta que la muerte los separe, según la fórmula sacramental.

Hoy las mujeres casi asumen el matrimonio como un episodio más en sus vidas. Wilde vuelve a tener razón: “Los hombres se casan por cansancio; las mujeres por curiosidad”.

Y como han hecho presencia vigorosa en el mercado laboral, ya no aguantan el chantaje económico que suponía el hecho de que el marido, a la par que aportaba todo en el campo económico, se reservaba el derecho a la infidelidad y otras licencias masculinas propias de una sociedad machista.

Imposible encontrar un poema, ni bueno ni pésimo, en su honor. Apenas un adagio de ribete autoritario las recuerda: “A madrastra, la palabra le basta”.

Cargan con la peor fama desde cuando el francés Perrault creó dos ogros en el oficio de madrastras, y las puso a vivir en sus cuentos de Blanca Nieves y la Cenicienta.

No tienen día fijo que las recuerde para agradecerles sus aportes a la causa. El día de la madre les declaran el alzheimer.

Tienen bien ganado espacio en la historia. Para empezar, la mujer más bella del mundo faraónico que se bañó en el Nilo, Nefertiti (“la bella ha llegado”), mujer de Amenofis IV, fue criada con todos los juguetes por la segunda esposa de su padre.

El célebre Taj Majal, de la India, fue construído a la muerte de la hermosa Arjumand Banu, mejor conocida como Mumatz Majal, quien heredó dos hijos del anterior matrimonio de su marido. Los crió como si fueran de su cosecha.

Leonardo Da Vinci es considerado el hombre más perfecto que ha producido la humanidad.

Pues bien, Piero, su padre, tuvo a Leonardito por fuera del libreto matrimonial, con Caterina, una campesina. Piero trajo a Leo a casita para que su mujer lo criara.

Jacqueline Kennedy fue madrastra famosa de los hijos del multimillonario griego Aristóteles Onassis.

La sensual Angelina Jolie, una boca con cuerpo de mujer, es madrastra varias veces. En sus ratos de ocio fabrica –o evita- petacones con su esposa Brad Pitt.

Para la sicóloga Lucía Náder, conocida por sus programas en radio y televisión, la madrastra es “tal vez el personaje más oscuro: Pero no todas las madrastras son malas madrastras. Muchas de ellas podrían funcionar como buenas amigas de los hijos de su esposo. El día que ellas asuman el rol de amigas y no de mamás, ese día no habrá problemas. Cuando asumen el rol de mamás, o el rol de competidoras del afecto del marido se vuelven castigadoras, maltratadoras, dañadoras…”.

Carlos Enrique Ramírez, sicólogo médico especializado en siquiatría en la Universidad Javeriana y sicoanalista de la Sociedad Colombiana de Sicoanalistas, dice a propósito de la proliferación de madrastras, que las esposas de hoy son menos tolerantes a las dificultades inevitables de la convivencia de pareja.

“Hay más rivalidad con el esposo y menos sometimiento al hombre que se ha vuelto menos imprescindible, entre otros motivos, porque a veces la mujer aporta más en lo económico”.

Sostiene Ramírez que “antes, los hijos eran un inconveniente para la separación. Tanto las mujeres como los hombres lo pensaban mucho antes de separarse cuando tenían familia. También existía la influencia de lo religioso. Las mujeres eran muy devotas, ahora no lo son tanto. Pienso que en la escala de valores, la maternidad y la familia ya no están en el primer lugar. Para una mujer gerente, ministra, es más importante y prioritario eso que la familia”.

Suegra

 

Ramírez considera que las parejas son conscientes de que “una relación no puede mantenerse a través del sometimiento y la agresión, que se impone manejar los ingredientes del amor, la responsabilidad y la consideración por el otro, en vez de los ingredientes del miedo y la hostilidad”.

Esta situación, de todas formas, tiene el inconveniente de que los vínculos se están rompiendo más rápidamente lo que genera consecuencias negativas en los hijos que son los que pagan los platos rotos.

En Colombia, son connotadas madrastras, aunque no ejercen como tales, Amparo Rodríguez y Dalita Navarro, segundas esposas de los expresidentes Turbay Ayala y Belisario Betancur. También pertenece al gremio, Lucrecia Ramírez, segunda esposa del gobernador de Antioquia, Sergio Fajardo, y quien prohíbe que se le llame primera dama.

Y la periodista Pilar Tafur, madrastra del terrible Daniel Samper Ospina, suele escribir con su marido sobre literatura y música, principalmente. (Samper, padre, dijo alguna vez que para ser feliz, un hombre necesita tener una buena exmujer y una buena mujer).

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