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Las hermanitas Calle

Por Oscar Domínguez Giraldo

Caracol TV, Las Hermanitas Calle Foto colombianostv.com

Había conocido, enterito, a un Papa, Juan Pablo II, cuando vino a Colombia. Le tomé retratos a García Márquez en Estocolmo. En su salsa, en la Casa Blanca, conocí a un cultivador de maní: Jimmy Carter, presidente de Estados Unidos.

Pero algo le faltaba a mi hoja de vida: conocer a las hermanitas Calle, los íconos de la música guasca o de carrilera, pura poesía montañera, popular, cuya historia se cuenta ahora por televisión.

Foto pbs.twing.com

Foto pbs.twing.com Las niñas protagonistas de la telenovela puesta al aire por Caracol TV esta semana

La carrilera llega a los pueblos donde escasean Neruda, Rubén Darío, Vallejo, Quevedo y Villegas, Valéry. Nadie los echa de menos.

Hace muchos aguaceros oí cantar a las hermanitas Calle, en vivo, con inspirado acento: “Estoy oji hundido, en los meros huesos, todito culiseco de tanto sufrir, y vos, jarretona, echando barriga, durmiendo con otro y burlándote de mi”.

Esa música fue banda musical en mi niñez en Montebello, Santa Bárbara e intermedias. Soy música de carrilera que ronca. Mi padre enamoró a mi madre con esas melodías. Nadie me ha podido decir de quien esta canción que le cantaba a su bella en alguna serenata:

“Hoy vengo a ti por primera vez,

Con mi voz a perturbar tu dulce sueño,

Ya que no pudo mi amoroso empeño

A tu insensible corazón vencer.

Y si me amas, vengo a que me digas,

Como es cierto el alba de la aurora,

Pues mis labios amorosos no te mienten

Ni te puede engañar mi corazón”.

Mi madre, felizmente, comió cuento: fuimos nueve hijos.

La velada con las Calle transcurrió en el viejo barrio bogotano de La Candelaria. Agotada la boletería. (Aprovecho el paréntesis para confesar que, escuchándolas, se me “piantó” más de un lagrimón).

El escenario no fue precisamente una cantina atiborrada de borrachitos besuqueadores que al final abrazan hasta el gato y niegan la cuenta. No, cantaron en la clausura del Festival Centro, auspiciado por la Alcaldía de Bogotá, en el teatro de la Fundación Gilberto Alzate Avendaño, llamada así en memoria del personaje caldense que fue candidato presidencial y un escritor para quitarse el sombrero… y hasta la cabeza.

La velada transcurrió a palo seco. Ni falta que nos hizo el trago para escuchar al dueto que irrumpió hace casi cincuenta años, según le contó al respetable Fabiola Calle, una de las hermanitas.

El teatro queda en la ciudad vieja, cerca de donde el poeta José Asunción Silva se suicidó disparándose un nocturno en el corazón. Cerca están la casa donde nació el “Divino” Vargas Vila, quien tuvo el extraño honor de estar prohibido para todo católico, y la Biblioteca Luis Ángel Arango que alguna vez le arrancó expresiones de admiración a Susan Sontag.

Las gordas que cuelgan en las paredes del museo Botero, escucharon encantadas – y gratis- el promocionado concierto. Porque lo podemos llamar así, sin ruborizarnos.

Vimos y escuchamos al 50% de las Hermanitas Calle, de Ciudad Bolívar, Antioquia, donde nacen los argentinos del suroeste. En 2003 Nelly, la otra hermanita, se abrió del parche de la vida. (“Hermanitas Cállense”, les dice cierta envidiosa oposición).

Mary Cañas la remplazó esa noche con todos los juguetes. Algo se comió que la puso maluquita ese domingo. Pero se alivió cantando: “Si no me querés, te corto la cara, con una cuchilla de esas de afeitaaaar…“.

Hubo asistencia miti-miti: mitad jóvenes, mitad proUstáticos. Todos unidos por el cordón umbilical de la carrilera, llamada así porque en el antier, a los discos de 78 rpm (revoluciones por minuto, para los que acaban de llegar a la vida) los transportaban en ferrocarril.

Lo cuenta la musicóloga Ofelia Peláez, quien se proclama “gamín de ferrocarril” porque en sus años tiernos se la pasaba montando en estos bellos cachivaches.

Los discos eran producidos en Nueva York y Medellín por los Bedú, como les decían, y Ramírez Johns. Del resto se encargaban los vendedores y su majestad el tren.

No pude quedarme en el teatro para escuchar a los Goldes Boys con quienes bailamos en nuestra “jodentud”. Tenía que regresar rápido al cambuche a poner los pies en agua caliente con sal para mitigar esa enfermedad incurable que nos nivela por lo alto a ricos y arrancados, ateos y plomeros: la nostalgia.

Dimos las gracias y nos volvimos noche en la tarde bogotana al ritmo de: “Gaviota traidora, si estás decidida, no lo pienses tanto, y echate a volar” .

Y recordando otra estrofa de la canción que le cantaba mi padre a su frágil Dulcinea montebellense:

“Ayer te ví en medio de mis bellas,

Brillando cual jamás brilló ninguna;

Como brilla entre todas las estrellas

La refulgente y solitaria luna”.

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