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La tumba de Gardel

Por Oscar Domínguez Giraldo (De mi diario de Buenos Aires)

La tumba de Gardel en el cementerio de "La Chacarita", Buenos Aires. Foto lavozdelinterior.com.ar

Un fatigado tren nos lleva por 180 centavos a nuestro fúnebre destino, el cementerio de La Chacarita. En la taquilla de la estación Retiro un aviso invita a ahorrar tiempo. Eso quiere decir que hay que dar exacta la plata del pasaje. El viejo armatoste nos deja en un sitio despoblado. Al lado de la carrilera vemos a un grupo de recicladores que se dedican a matear. Nos ignoran olímpicamente.

Carlitos Gardel nos espera, sonriente, desde su eternidad de bronce. “¡Qué solos se quedan los muertos!”. Sobre todo los lunes. En su mausoleo esquinero, el Morocho del Abasto está íngrimo solo. Mejor, así lo tendremos para nosotros no más. Nos graduamos de acaparadores. Lamentamos que la tumba de Evita Perón sea más taquillera que la de Gardel. “Debe ser por el día”, comentamos en voz alta, para “información” y desagravio del cantor.

No le falta a Carlitos su cigarrillo sin prender entre los dedos. Tiene otro, fumado ya por el viento. Placas de admiradores suyos, muchos de Medellín, le dan gracias por su arte. A estos agradecimientos, sumamos los nuestros. Somos de la tierra donde tuvo la coquetería de morir. Es una lícita forma de hermanarnos. “Igualado HP”, me dirá el Zorzal desde su sitio más allá de las estrellas.

Para un devoto del tango como el suscrito, visitar el mausoleo de Gardel es como si se me hubiera aparecido la Virgen. Los malevos del viejo Guayaquil o de Manrique pueden estar celosos, envidiosos. Donde me vean, me sacan puñaleta. Como no hay música, intento tararear alguno de sus tangos. Arranco con “El día que me quieras”. (En el Mausoleo, deberían programar conciertos grabados en la voz del Zorzal. De nada por la idea).

El parsimonioso reloj se aproxima a las cinco en punto de la tarde, hora en que los muertos de La Chacarita se van a dormir dentro de su sueño eterno. Muchos colegas de Beppo, el gato de Borges, “blanco y célibe”, ronronean por la fúnebre pasarela. Ha quedado chuleado el encuentro con la leyenda. Eso si que no falte la foto al lado de Carlitos que acompaña estas líneas.

Noche en la Esquina Gardel (Del diario)

Subimos al bus y de entrada “olemos” que hay mayoría europea. Nos recibe el golpe de ala, el sobaco huérfano de jabón, agua y desodorante. Nuestros primermundistas compañeros dirán que el agua es para regar las flores.

Instalados en la Esquina Gardel, en El Abasto, separan las parejas. Marido y mujer, fugazmente divorciados, son colocados frente a frente. No me tocó al lado ningún príncipe en decadencia. Tampoco me acompaña una actriz del cine porno en servicio activo.

A mi diestra mano, se “parquea” un ruso posperestroiko. A la siniestra, un gringo descomunal de Nebraska, casado con una mexicana diminuta, Evelinda. Con Richard me entiendo a punta de solitarios infinitivos suyos y de signos manuales míos. ¡Qué exquisito inglés hablan mis dedos!

Antes de ordenar la “cena” nos invitan a tomarnos fotos con las bailarinas. Vemos lo que viene (pesos por posar) y nos negamos. Las bellas nos desarman con sonrisas y el mazamorreo de caderas. Toca dejarse retratar con la sonrisa-no sonrisa que para estos casos guardamos en el disco duro. La foto costará 45 pesos (= 45 mil pesitos de los nuestros. Dimos papaya. Bueno, de eso también se trata la vida).

Los platos tienen nombres de tangos de Gardel. Mi señora se decidió por “Tomo y obligo”: Un salmón que no era tal. Salmón que se respete debe nadar contra la corriente y ser de color salmón. Éste era blanco. “Es un salmón enrazado en sierra”, comenta mi “dulce enemiga”.

Le metieron gato por liebre. Se lo hizo saber al mesero. El hombre se quejó del conejo gastronómico ante el chef. Segundos después trajo la sentencia inapelable: el salmón es salmón del océano Atlántico. Chef locuta…

Ordeno “Mano a mano” (empanadas), de entrada, y de plato fuerte, “Por una cabeza” (matambre de cerdo). De postre, “Anclao en París”

La función se ha iniciado con videos que recorren la historia del tango. Gardel monopoliza las imágenes. “Anclao” en gallinero, me toca mirar el show de lado. Termino la velada con tortícolis, a punto de estrenar mi Assist-Card.

El hollywoodesco espectáculo nos roba aplausos para diestros bailarines, cantantes que se creen reencarnaciones de Edmundo Rivero, y una orquesta en la que “sollozan” dos bandoneones.

El pianista nos hace recordar a Rodolfo Biaggi, “Manos Brujas”. Una bella porteña, con “voz de sombra”, nos alebresta con “Malena”.

El cantante líder es un plagio al carbón de Carlitos Gardel. Luce traje negro impecable, sombrero aguadeño gardeliano, despectiva forma de mirar – la misma de agarrar el cigarrillo- y pelo engominado, tieso como mano de santo. Mejor dicho, a lo Humphrey Bogart.

También el tango es eterno, mientras dura. Regresamos a nuestra olorosa ONU, el bus, que nos devuelve al cambuche. Dormidos, Morfeo nos sorprende con serenata: “Mi Buenos Aires querido…”.

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