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La terrible noticia

Editorial Diario El Tiempo, Bogotá

Imagen elmundo.com

Este viernes 13, al mediodía, el presidente de Ecuador, Lenín Moreno, confirmó la terrible noticia de que habían sido asesinados los tres periodistas del diario ‘El Comercio’ secuestrados por delincuentes narcoterroristas –el frente Óliver Sinisterra–, disidentes de las Farc que se negaron a participar en el proceso de paz con el Gobierno. El cobarde crimen fue recibido, sobre todas las cosas, como debe ser: como una afrenta imperdonable contra la libertad de expresión y una nueva prueba de la vulnerabilidad de los periodistas latinoamericanos que se juegan todo por contar lo que está sucediendo. Pero pronto empezaron a aparecer voces sensatas que llamaban a los dos países a tomarse esta tragedia como una señal de que ha surgido una nueva causa común.

En un principio, ante la ausencia de noticias de los tres periodistas secuestrados el pasado 26 de marzo, entre la desinformación y la angustia, la noticia se llenó de voces de lado y lado que mostraban el asunto como un problema del otro. En Colombia se insistía, sin asomo de ironía, en que el comandante del frente en cuestión era ecuatoriano. En Ecuador se repetía que aquel comandante, alias Guacho, había sido de las Farc. Este hizo vivir a los ecuatorianos una incertidumbre a la cual no estaban acostumbrados y reabrió las heridas del bombardeo del campamento de ‘Raúl Reyes’, hace ya diez años.

Aquí hay un ataque contra todos. Contra la libre expresión. En un enérgico comunicado, la Sociedad Interamericana de Prensa, reunida el viernes en Medellín, dejó muy claro que “los pueblos de Ecuador y Colombia, y el periodismo de toda América Latina, han sido ultrajados por este tipo de crimen inhumano y atroz, que creíamos desaparecido de la región”. A continuación hizo un pedido a las autoridades correspondientes para que “no hagan ninguna concesión al terror y, frente a él, todos los países y las instituciones actúen con la máxima celeridad y energía, con respeto a los derechos humanos, para capturar a los criminales y someterlos a la justicia”. En la misma misiva se hizo una exhortación urgente a los presidentes de la región que participaron en la VIII Cumbre de las Américas, para que este brutal asesinato no quede impune. Por último, calificó la tregua pedida por los asesinos para entregar los cuerpos de las víctimas como reveladora de “la extrema cobardía y el ostentoso desprecio por la vida de esos narcoterroristas”. Por su parte, la Fundación para la Libertad de Prensa se refirió al asunto como “un crimen feroz contra la prensa” y “una vergüenza” para todos, pero, sobre todo, dio luces sobre la deficiente actuación de los gobiernos de Colombia y de Ecuador a la hora de proteger la vida de los reporteros.

El cobarde crimen fue una afrenta imperdonable contra la libertad de expresión y una nueva prueba de la vulnerabilidad de los periodistas latinoamericanos que se juegan todo por contar lo que sucedió.

Quizás sea esa la conclusión: el llamado a la unión de las dos naciones, pues el aciago momento exige una decidida acción conjunta. En ese tono, el presidente Juan Manuel Santos ha ofrecido al presidente Lenín Moreno toda la experiencia de Colombia en la lucha contra las organizaciones criminales –y para ello ha enviado al ministro de la Defensa a Ecuador–. Lo cierto es que, teniendo en cuenta lo que podría suceder si estas bandas criminales de disidentes siguen su marcha en ambos países, resulta clave la comprensión conjunta del entramado de una frontera abierta al Pacífico en donde operan redes transnacionales de narcotráfico.

En nombre de los tres periodistas asesinados a sangre fría, de la libertad de prensa –siempre amenazada– y de la pobreza y la destrucción que se han estado causando en la frontera, es este el momento preciso para convertir en una causa común de Colombia y Ecuador la lucha contra estas organizaciones ilegales y bregar para que este infame crimen no quede impune. Es el momento de fortalecer y multiplicar nexos positivos entre los dos gobiernos, las autoridades locales, las etnias compartidas, las universidades, los actores fronterizos, para evitar la recriminación mutua y comprender de verdad la complejidad del problema.

Se trata de un episodio sumamente doloroso, de la tragedia de dos países y tres familias con el alma en vilo, de la barbarie de unos criminales que no fueron capaces de portarse a la altura del proceso de paz, que terminó hace dos años, y fueron sordos a los ruegos para que se les respetara la vida a los tres periodistas secuestrados. Es, sin duda, el momento del duelo y de la solidaridad. Pero, ya que de aquí en adelante hay que recuperar los cuerpos de las tres víctimas para seguir honrándolas y evitar que vengan nuevas, también es la oportunidad para que Colombia y Ecuador creen el frente común que cabe esperar de dos vecinos en la Historia.

“No nos vamos a dejar amedrentar”, dijo, en su alocución de este viernes, el presidente Moreno. Se refería a su gobierno, a su pueblo. Pero si las cosas salen como tendrían que salir, dentro de poco podrá repetirlo en el nombre de ambos países.

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