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La tarde de los rezos y los llantos de Armín Torres

Por Guillermo Romero Salamanca

Armin Torres Foto elestramedios.com

Es jueves 20 de septiembre del 2018 y hace 3 días se cumplieron 30 años del famoso Conciertos de Conciertos, del 17 de septiembre de 1988 en El Campín de Bogotá. Armín Torres, el empresario artístico, ríe ahora mientras ve un video alegórico al tema. “!Qué pesar!. Me sacan siete segunditos y tenía tanta verdad que contar de ese épico concierto”, dice mientras desayuna con trozos de papaya, queso manchego, tostadas de plátano verde y café negro sin azúcar.

–Flaco, me dice, ¿por qué no come más frutica?

Mery Ciro, su esposa, acerca un fólder con la condecoración que hace unos días le entregó el Congreso de la República por petición del senador Juan Manuel Galán.

Armin Torres
Foto pantallazos.com

Es un reconocimiento por su actividad como organizador de más de 1.500 conciertos que congregaron más de 10 millones de personas. “Era una época en la cual un artista podía hacer 30 presentaciones en una gira en Colombia”.

Quizá otra condecoración, la de la Cámara junior, que le otorgaron hace 40 años le impulsó a conquistar un nuevo trabajo: el de organizar eventos artísticos. Primero fueron orquestas para empresas, luego pequeños espectáculos y después grandes conciertos.

–¿Se acuerda flaco cuando traje a Leonardo Favio?

–Si, claro.

–¿Usted trabaja en Colprensa o en Periódicos Asociados?

–En Colprensa.

Eran una época en la cual los empresarios artísticos se podían contar con los dedos de una mano y cuando Armín exponía en el restaurante “El Poblado”, donde vendían unos fríjoles con chicharrón y que al barramejo le parecían del “otro mundo”, sus planes para mostrar al ídolo argentino. “Lo llevaré al hotel Tequendama y luego al hotel Nutibara de Medellín y al Inter de Cali”. Soñaba con traer al país también a Rapahel, José José, José Luis Rodríguez “el puma”, “Julio Iglesias, Paloma San Basilio, Rocío Durcal y al compositor Antonio Prieto.

En esa oportunidad le preguntamos, ¿quién es Antonio Prieto?

–Flaco, ¿no sabe quién es Antonio Prieto?

–No sé.

–Flaco, el de la Novia.

–¿Cuál novia?

Y entonces Armín, después de engullir dos cucharadas de fríjoles comenzó a cantar: “Blanca y radiante va la novia, le sigue atrás un novio amante, y que, al unir sus corazones, harán morir mis ilusiones. Ante el altar está llorando, todos dirán que es de alegría, dentro su alma está gritando: Avemaríaaaaa”.

–¿Se acuerda?

–No.

–Flaco, ese es un ídolo. Ha grabado más de mil canciones. “uff”

Un año después vi los carteles que anunciaban a Antonio Prieto. Lo vi en una discoteca de Unicentro.

–Armín, ¿qué le gustaba de ser empresario artístico?

–Conocer a los llamados ídolos y que no eran unos seres humanos tan corrientes como cualquier otra persona, para mí, eran extraterrestres. Fíjate que los médicos, los ingenieros y otros profesionales tienen reemplazo, los artistas no. Si la gente va a escuchar a Raphael es porque lo anhela y no se puede salir con otro artista.

Uno, en esa época, se hacía amigo de ellos, departía en comidas donde se sinceraban, eran infidentes, contaban sus realidades económicas, hablaban de sus sueños. Ahora no, eso se acabó. Una vez contraté a Rocío Jurado. Llamé a Manolo Sánchez que era su mánager y le pedí que ella viniera a Colombia para realizar una promoción. Hablé con Jimmy Salcedo y dijo que le haría un musical. Ella llegó en la mañana, después de un viaje de once horas desde Madrid. A Jimmy le gustaba hacer sus musicales en la noche. Llegamos como a las 8 y empezaron a grabar a las 10. Se terminó como a las dos de la mañana y nos fuimos para el hotel Tequendama. Al llegar allí, me dice Rocío: “Armín tengo un hambre atroz”.

–¿Y a esa hora sí había atención en el hotel?

–Nada. Y me fui hasta mi apartamento, que quedaba en el Edificio Bavaria, ahí cerca y organicé una bandeja con jamón serrano, quesos, fruticas, pan…y mucho amor. Le puse una servilleta encima. Cuando llegué esa mujer se puso feliz. Y después me dice: Armín, necesito un favor, tengo un dolor en la espalda por el estrés, consígame a un masajista. Esa noche fue mi debut y despedida como masajista. Esa era la vida con los artistas, eran personas que se volvían como los hermanos de uno o grandes amigos que me llamaban a las 2 de la mañana porque no tenían con quien hablar. Yo era muchas veces su confidente, su asesor, su sicólogo, su consultor en muchas vainas hasta sentimentales.

Otras veces lo llamaban tarde de la noche para que les hiciera espaguetis a la carbonara. Y lo cierto es que le quedaban precisos: de buen sabor y al dente.

–¿Camilo al fin le pagó después de su negación de presentarse?

–Si, claro. Eso fue bochornoso. Eso fue en marzo de 1985. Todo estaba organizado. Salón Rojo del hotel Tequendama a reventar y cuando mando por el artista, me dicen que estaba borracho en el cuarto y no se podía ni parar. La gente ya se puso incómoda y de mal genio y su asistente me dijo que estaba indispuesto por la disfonía y por la altura de la ciudad. Para apaciguar los ánimos les dije que la cuenta del consumo ya estaba pagada y que les devolvía el valor de las entradas. Lo que pasaba era que Camilo se asustaba para cantar y entonces se tomaba un güisqui, pero luego seguía otro y otro. El hecho es que un mayor del Ejército dijo que lo detenía y que se lo llevaba para la cárcel por estafa. Yo le refuté: ¿A quién está estafando? ¿A usted que ni siquiera pagó la boleta y entró gratis? No venga a dañarme la gira. Al otro día los músicos me defendieron ante Camilo y me propusieron hacer la presentación al jueves siguiente. Nos fuimos para Cali donde hizo un espectáculo inolvidable y al volver a Bogotá, la presentación salió a reventar.

–Con José José le pasó algo parecido.

–Lo grave de él era que en ese momento ya no cantaba nada. Tenía apagada totalmente la voz. Fue su debut y su despedida en Colombia. Gran persona.

–Fueron muchos conciertos.

–Se trabajó bastante. Rocío Durcal, qué gran artista. Paloma San Basilio, inolvidable, toda una joya de la perfección. Raphael, un profesional completo. Vicente Fernández, un espectáculo. Juan Gabriel, todo un personaje. José Feliciano, complicadito. Ana Gabriel, nerviosa, pero con una mánager muy especial.

–Luis Miguel…

–Noooo, ese es un irresponsable. Él no tenía respeto por los empresarios artísticos. Tenía un montón de gente que no permitía que nos acercáramos siquiera a su habitación. De pronto lo veía uno todo borracho corriendo por ahí por el hotel. Una locura completa. Cantaba bien y seleccionaba excelentemente sus canciones. En su sano juicio era un joven normal. Como profesional, muy inmaduro.

–¿Y Jerónimo?

–Ja ja ja ja ja. Inolvidable. El día que llegó a Colombia para promocionar sus canciones y para hacer sus espectáculos, me había divorciado. En el aeropuerto le dije: “hermano, no tengo donde vivir, vamos y arrendamos un apartamento en el hotel Continental. Y nos fuimos para una suite. Me dio conciertos gratis durante dos meses. Todas las noches cantaba con su guitarra sus nuevas composiciones.

–¿Cuál era su reto?

–Vea flaco, a mí me llamaban todos los días los mánager de artistas que cantaban baladas, salsa, rancheras, en inglés, en ruso, en japonés…Gente de Europa, del África, de Estados Unidos. Una vez fui a México para hablar con una de las personas que manejaba a Frank Sinatra. Nos sentamos a mirar números. No. Resultaba imposible. Eran cifras mayores. Pero Frank sí quería venir a Colombia. Miramos una cosa y otra, pero sólo se hubiera podido hacer un espectáculo en Bogotá y salía costosísimo para ese momento. Nadie hubiera pagado 500 mil pesos por boleta en ese año.

–Bueno, lo sacan en seis segundos en un especial sobre los 30 años del Concierto de Conciertos.

—Lo grave es que no mencionaron a tanta gente que hizo un gran trabajo como Giovanni Lanzoni; Jorge Vásquez, q.e.p.d. el sonidista; Alberto Garzón, coordinador de la logística; Mery Ciro, mi esposa, con sus ocho meses de embarazo, esperando Luis Felipe. Además, ella se cayó en pleno concierto. Tuvimos momentos de pánico pensando en algo grave. Fabio Rodríguez, coordinaba los permisos con la ciudad, la seguridad, los bomberos. Julio Correal que coordinaba los detalles con los artistas.  Leonidas Núñez, gran colaborador. ¿Quiere más café?

–Si, claro, pero con queso.

“Vea, comienza su relato Armín. En las reuniones sociales se hablaba en ese momento de organizar algo para que el alcalde de Bogotá, Andrés Pastrana hiciera un evento para los jóvenes, pensando en que podría ser una buena plataforma para una futura candidatura presidencial.  Felipe Santos, su gran amigo, creativo y en ese momento ejecutivo de publicidad de El Tiempo, era un apasionado por el tema de los conciertos. Comenzó a madurar la idea y su trabajo fue importante para encontrar los patrocinadores y la promoción.  Los artistas le pedían que los vinculara al evento y lo veían como algo grande, pero tenían temor por la producción: se requería entonces un empresario de experiencia. Me llamó y me dijo: “Armín necesito que te metas a organizar este concierto”.

“Nos fuimos para la alcaldía y quien nos atendió fue el doctor Luis Alberto Moreno, qué tipo tan capaz. Hubiera sido un gran presidente. Ese sí. Nos reunimos con él y me contaron que tenían la idea de organizar un concierto de grandes proporciones, me mostraron un listado de sus realizaciones, sugerí unos cambios y que uno de ellos es que me dieran el control total del evento. Los dos se miraron y me dieron carta blanca. Así armamos un gran equipo y fuimos concretando a los artistas.

“Unos fueron más fáciles de conseguir, pero al final se cerró el cartel en la mejor forma posible. Compañía Ilimitada, Pasaporte, Océano, Franco de Vita, Timbiriche, José Feliciano, Los Prisioneros, Los Toreros muertos, Yordano y Miguel Mateos. Para la promoción radial se vinculó Fernando Pava y la Súper Estación y se contó con el patrocinio de Coca Cola. Nosotros manejábamos todo desde mi oficina, en el edificio Bavaria del Centro Internacional”. Eran cien personas moviéndose de acá para allá.

“Pasó de todo. Bogotá no estaba preparada para un evento de esta magnitud. No terminaba una llamada cuando recibía otra. Todos los artistas querían estar allí y montones de amigos y conocidos deseaban estar en primera fila. No había en Colombia una tarima para las exigencias de los artistas y tocó organizar con andamios, un escenario medio decente. Cuando todo parecía marchar sobre ruedas y estábamos a 17 horas de empezar, es decir, el 16 de septiembre, me llama Felipe Santos y me dice: “Armín, tenemos un problema. Los artistas no quieren cantar porque no les gusta el sonido”.

“Tráigalos ya para la oficina”, le contesté.

–¿Y le llegaron todos?

–Claro. A la hora llegaron todos y me ratificaron que, con ese sonido, no cantaban.  No hay el equipo suficiente y con 50 mil personas, no contentas y que no escucharan bien, podríamos tener una tragedia de grandes proporciones. Yo les dije: Ah bueno, eso me tranquiliza porque son ustedes quienes analizan la situación. Ese es el equipo que hay en Colombia. Tranquilos. Mañana citamos a una rueda de prensa y decimos que no hay concierto porque no hay las mínimas condiciones y si no es apto, no lo hacemos.  Miren que esto ya es una noticia mundial y es un evento de gran apertura para muchas cosas. Tranquilos. Váyanse a dormir y mañana nos vemos a las diez”.

“Felipe se quería morir. A los de la alcaldía les parecía desastroso”.

Armín toma un aire, consume otro pedazo de papaya y sigue con la historia.

–“Flaco. Tan pronto salieron cogí el teléfono y llamé a Los Ángeles, a Nueva York, a México, a Puerto Rico y a Caracas y no había forma de tener otro equipo en menos de 24 horas.  Eran momentos angustiantes. Empecé a rezar. Seguía pensando y de pronto me acordé de unos muchachos Ortiz en Guayaquil. Los llamé y justo ese día no estaban trabajando ni rumbeando. Les conté mi problema y les manifesté que de dinero no habláramos porque lo que pidieran sería justo. Había que salvar el espectáculo”.

“Espere tomo agua”, sostiene ahora, 30 días después y parece tener la misma angustia.

“Los convencí para que cargaran 50 toneladas de equipo, se fueran de inmediato hasta Pasto y tomaran el primer avión de Avianca en la mañana. Los tipos aceptaron y se pusieron a la tarea. Aún no lo creo. Yo mientras tanto, hablé con amigos en el Ministerio de Relaciones Exteriores para que no les pusieran problema en la frontera y con Avianca para reservar los cupos de ellos y la carga en el avión. No dormí. Era rece y rece. En Bogotá organizamos la logística con camiones en la pista el aeropuerto y para que llevaran los equipos para el estadio El Campín. Fue toda una maratón. El reloj corría muy rápido. Se contó con el apoyo de la Policía que puso motocicletas y les abrieron paso. Eso era como una novela, pero dramática. Llamadas acá y allá. La gente colaboró al máximo y a las diez de la mañana estaba el sonido más espectacular y totalmente montado. Cuando llegaron los artistas para dar la rueda de prensa y oyeron eso, les parecía increíble. Felipe Santos se me acercó y me dijo: “Armín, no lo puedo creer. Esto es increíble”.

“A las cinco en punto de la tarde comenzó el espectáculo. Nunca había rezado ni llorado tanto por un evento cuando oí a Compañía Ilimitada con la primera canción”, recuerda ahora Armín. Y la gente se gozó el concierto. Treinta años después siguen hablando de ese día. Muchos se ennoviaron, otros descubrieron un nuevo mundo. En fin. La historia del espectáculo en Colombia se partió ese día en dos: antes y después del Concierto de Conciertos.

–¿Y lo de Guns N’ Roses?

–Flaco, deje algo para el almuerzo…

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