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La ponencia de Gaona

Por Oscar Alarcón Nuñez, Diario El Espectador, Bogotá

La masacre de la justicia Foto portafoliocultural.com

A la misma hora en que se iniciaba el holocausto del Palacio de Justicia, el magistrado Manuel Gaona Cruz se aprestaba a defender ante sus colegas de la Sala Constitucional de la Corte Suprema su ponencia sobre la exequibilidad del tratado de extradición con los Estados Unidos.
Le había correspondido el estudio porque el reglamento de la época establecía que el reparto de las ponencias se determinaba de acuerdo con el orden en que se fueran presentando las demandas en la secretaria.

Hábilmente, los demandantes (los extraditables) se ubicaron en la secretaría y, a través de testaferros, presentaron dos demandas intrascendentes primero para que la de la extradición le correspondiera a Gaona. Cuando a éste le llegó el negocio comenzó a leerlo y descubrió, por la redacción, que el verdadero autor de la demanda no era quien la suscribía sino que se trataba de un “amigo” suyo que, de pronto, había garantizado que él “hacía el trabajo” con el magistrado escogido. Gaona, muerto de la rabia, fue a la oficina del litigante y le dijo todo lo que se le puede manifestar a esa clase de mal nacido y terminó manifestándole que “hasta hoy usted fue mi amigo”.

Magistrado Manuel Gaona Cruz Foto Ambito Jurídico

Magistrado Manuel Gaona Cruz
Foto Ambito Jurídico

Esta historia me la contó el mismo Gaona, quien fue mi maestro y amigo hasta la muerte, tanto que antes de que lo mataran me envió un mensaje escrito a través de un magistrado que escogieron los rehenes para dialogar con el Gobierno, mensaje que hasta hoy no me lo han entregado.

Pues la ponencia de Gaona, con toda esa sapiencia que lo caracterizaba, era contraria a las pretensiones de la demanda. Antes de la fecha trágica tuvo oportunidad de hacerme largos comentarios sobre el trabajo que preparaba y no dejaba de lamentarse de la condición humana de personas que pretendían traficar a costa de su trayectoria profesional.

La ponencia de Gaona quedó convertida en ceniza como los cientos de cadáveres del Palacio de Justicia. La demanda se reconstruyó, luego del holocausto, y el hábil abogado consiguió que la Corte Suprema de Justicia declarara inexequible el tratado de extradición.

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